jueves, junio 12, 2014

Siniestra obsesión (1963), de Peter Debry



Pedro Víctor Debrigode Dugi (1914-1982), nombre real que se oculta tras el seudónimo de Peter Debry, está considerado uno de los padres de la novela negra en España. Aunque como todos los autores de novela popular que vieron nacer sus obras dentro del mundo de los bolsilibros practicó todos los géneros literarios habituales en este tipo de publicaciones, fue precisamente este en el que destacó y el más reivindicado por sus seguidores. Si bien algo desconocido comparado el suyo con otros nombres de lo que podríamos llamar el pulp hispano, sí que goza de muy buena reputación. Nunca había leído nada de él y fueron precisamente los elogiosos comentarios a diversas novelas suyas lo que me ha animado a leer esta Siniestra obsesión (1963), la cual prometía no solo una incursión en los pantanos del noir sino también en los del fantástico desde esa portada que muestra una chica no se sabe si asustada o encantada ante la presencia de un relamido heredero del conde Drácula. Y un poco de todo esto hay, pero quizá no sea al final esta la mejor de sus novelas. No me ha gustado nada, en algunos tramos hasta diría que me ha disgustado sobremanera, pero no me rendiré con él. Un autor que llegó a tener una media de publicación de una novela a la semana es normal que no siempre acertara. Y aquí hemos dado sin dudar con una de las fallidas.


Siniestra obsesión mezcla muchas cosas, y todas mal. Si presenta detalles de la novela negra más clásica, sobre todo en algunas características de los tipos que aparecen a lo largo de sus páginas, en esencia debe más al relato tradicional de misterio a lo Agatha Christie, el consabido whodunit o vete a saber quién cometió de verdad el crimen, entreverado todo ello con una historia de vampiros que no puede resultar más desubicada. Y esto debido a las formas de Debry, que es incapaz de provocar la más mínima inquietud ante las apariciones se supone que terroríficas y espectrales pero narradas sin brío, recurriendo al tópico más trillado y sin la más mínima capacidad de crear una atmósfera creíble. Los ataques vampíricos son narrados de forma rutinaria, todo muy circunspecto y sin el más mínimo sentido del humor a falta de capacidad de inquietar al lector. Se pelean más que se funden entre sí la trama pretendidamente fantástica con la criminal, resolviéndose esta mucho antes ofreciendo un final cuando aún tenemos por delante un buen montón de páginas, mostrando así una tremenda descompensación. Ambientada en Inglaterra, sus personajes no pueden utilizar un lenguaje más castizo. No hay forma humana ni vampírica de que estos nos resulten simpáticos, y eso que Debry recurre al modelo de Erle Stanley Gardner con sus Perry Mason y Paul Drake, como el mismo autor reconoce en un bonito gesto en la página 27, para darles una curiosa vuelta. Lástima que también acabe desaprovechando esto. Debry se esfuerza pero no hay manera.


Nos acercamos al final y pasamos entonces a tener más de treinta páginas explicando el soporífero embrollo con el consabido truco de reunir a todos los sospechosos en una habitación. Un rollo anticlimático y pesado, bien es cierto que ya no esperaba nada una vez había llegado hasta aquí, plomizo y sin interés que da la sensación de alargarse hasta el infinito. El fiscal protagonista nos explica el lío y no pueden resultarnos más indiferentes sus palabras. Todo deviene en explicaciones racionales de lo más chusco (un Scooby Doo en toda regla) pero en un tono de seriedad escalofriante. Y eso que la resolución a cómo se hacían pasar por vampiros los malos de la función podría haber dado lugar a unos momentos francamente divertidos y delirantones con esas explicaciones tan chorras: que si proyecciones cinematográficas en la pared con un tubo proyector, lo que quiera que esto sea, un palo en cuyo extremo se ponen un par de agujas y a través de un agujero en la pared se llega al cuello de la víctima… En fin, perdonad que os las cuente, pero es que así la cosa parece que promete, pero no. Ha sido este un primer contacto con Debry de lo más decepcionante. Por tópico, aburrido, contenido y gris hasta la somnolencia.


En la contraportada tenemos el nº 1519 de un coleccionable dedicado a las estrellas de Hollywood, con una esplendorosa Rita Hayworth de la que se especifica su nombre hispano original. Debajo de esta líneas, el anuncio habitual que se solía incluir en estas novelas publicitando otras obras. Siempre las temáticas románticas y del oeste dominantes frente al resto. La colección Punto rojo, de la que Siniestra obsesión es su número 54, estaba dedicada al crimen, el misterio y el terror, todo en un mismo bloque pues todavía eran fechas tempranas en el régimen para mostrar de manera abierta una colección con una cabecera de terror.  




DEBRY, Peter. Siniestra obsesión. Barcelona: Bruguera, 1963. Punto rojo; 54. 121 p.      

martes, junio 10, 2014

La cara del hombre de Saturno (1933), de Harry Stephen Keeler



Jimmie Kentland es un joven periodista del Sun, el único periódico socialista de Chicago, en el cual lleva trabajando solo una semana y ya ha recibido un ultimátum de su director pues le han pisado dos noticias: ¡debe encontrar una primicia en un plazo de siete días o será despedido! Así que aquí vemos a nuestro audaz reportero en busca de esa exclusiva que lo ayudará a conservar su puesto de trabajo. En fin, estamos en el habitual contra reloj con el que el genial escritor norteamericano Harry Stephen Keeler gustaba de embarcar a los protagonistas de sus novelas. La trama se convierte así en un desesperado correr de aquí para allá buscando una solución a lo que sin remedio se acabará convirtiendo en un lío endiablado. El pobre Jimmie se encontrará con que no solo en esta ocasión deberá luchar contra el tiempo a lo largo de las páginas que se sucederán, pero sabemos que todo alcanzará un desenlace feliz. Eso sí: los múltiples caminos por los que discurrirá su vida en los dos o tres días durante los cuales se desenvuelve la historia nos resultarán tan inescrutables como sorprendentes. Tendremos un asesinato imposible con un persa atravesado por una lanza, traficantes de drogas, una oscura trama de chantaje, espionaje, venta de planos y alta traición y los personajes raros típicos de nuestro autor.


La cara del hombre de Saturno (The Face of the Man from Saturn, 1933) pertenece a la época en la cual Keeler publicaba sus novelas en la editorial Dutton, más de una década (de 1927 a 1942) que constituye su etapa de mayor éxito como escritor. La verdad es que ignoro si fue mucho o poco, pero desde luego sí más que el que logró entrados ya los 40. La trama en esta ocasión, aun liosa con ganas, no es tan enrevesada, descabellada y delirante como en otras de sus obras, pero eso no impide que sea disfrutable al máximo y que nos vayamos a librar de la consabida dosis de delirio. La primera vez que la leí me dejé llevar por el título y pensé que el bueno de Keeler se había lanzado con la ciencia ficción, y no es así. Bueno, no y sí, porque en mitad de la novela incluye un relato, siendo esta otra característica de nuestro amado autor (el relato incluido podía ser suyo o a veces de su esposa, Hazel Goodwin, o bien tratarse de un poema o de más de un relato o…), que sí podríamos considerar perteneciente a este género, o al menos colindante con él: La extraña historia del dólar de John Jones. Un pequeño clásico de Keeler cuya inclusión está justificada en la trama, por descontado, pero bien es verdad que de esa manera tan keeleriana de que podría ser este u otro cualquiera. En fin, esta historia del dólar de John Jones es un cuento fantástico, en todas las acepciones del término, que da inicio el día 201 del año 3235 de la Era Cristiana. Es todo un destilado de las maneras de su autor, perfecto para conocer tanto sus virtudes como sus defectos, aunque la trama de puro delirante acaba siendo entrañable, con su estilo tan espeso como absorbente (ayudado sin duda por el estilo del propio traductor, el sempiterno Fernando Noriega Olea, sufrido y brillante porque vaya tarea tenía encomendada, sin duda difícil) y la tesis descabellada de su propuesta, que no es otra que la demostración del triunfo del socialismo a partir del ingreso de un dólar en el Primer Banco Nacional de Chicago en el año 1935. (Dos jóvenes autores de cómic españoles realizaron una curiosa adaptación de este relato. Fue publicado en el número 74 de abril de 2010, AQUÍ, del imprescindible boletín Keeler News. Nos comentan que andan ahora mismo enfrascados en una nueva versión del mismo que completará un álbum de historietas dedicadas al maestro).

Aunque el premio al momento alucinógeno made in Keeler se lo lleva esa descalabrante idea de que París se encuentra rodeada de campos minados para protegerla, en caso de guerra, de ataques por tierra. Estas minas se pueden hacer estallar desde unas estratégicas cámaras de explosión ocultas, las cuales serán el detonante, valga la redundancia, del lío de traición y extorsión al que asistiremos estupefactos debido al tejemaneje que se traen los aviesos malvados de la función con sus planos. Premio repartido ex aequo con la nota incluida en la página 163: un aviso al lector que insta a que nos detengamos e intentemos solucionar el enigma planteado en la novela. No hace falta avisar de que ni os molestéis en intentar esclarecer ni tan siquiera la más exangüe línea de la trama, pues resulta del todo imposible adivinar nada porque, de manera literal, faltan todos los detalles, los cuales Keeler nos empezará a desvelar justo después de este aviso.      


Aunque se multiplican las coincidencias increíbles en su desenlace, como no podía resultar de otra forma leyendo a quien estamos leyendo, no deja de ser una novela “de las más normales” de Keeler en el sentido de que no cae en las digresiones comunes en él. Va al grano, no se desvía de la trama principal ni un ápice (ya sabéis qué quiero decir: hay digresiones, claro, pero sin disparatarse, lo cual no necesariamente es un punto a favor…) y cumple con el final feliz de rigor. La acción se concentra en Chicago, el Londres americano, su panel de juegos favorito, y la trama, como he indicado, es sencilla y está bien hilvanada, no resultando tan enloquecida como, por ejemplo, la hace poco comentada Enbusca de X-Y-Z. Digamos pues que La cara del hombre de Saturno es una novela de misterio más convencional sin dejar de ser una novela de Keeler. Kentland es el protagonista ultratípico en sus obras, un periodista buenazo y bienintencionado con enormes apuros económicos que se ve envuelto en un lío endiablado sin saber cómo y que tiene el tiempo contado para no ser arrastrado por la desgracia definitiva. Keeler mismo fue editor de una revista, 10 StoryBook, y conocía bien los entresijos de este mundo. 


Portada tomada de la excelente página Acotaciones de un lector de folletines.


 Portada tomada de la simpar página Harry Stephen Keeler Society.

KEELER, Harry Stephen. La cara del hombre de Saturno. Traducción de Fernando Noriega Olea. Madrid: Instituto Editorial Reus, 1946. 261 p.    

jueves, mayo 15, 2014

¿Dónde está mi cabeza? (1892), de Benito Pérez Galdós, ilustrado por Lorenzo Montatore



No afirmo nada del otro mundo si digo que hay lecturas que de niños nos marcan. Muchas para bien, pero aquellas que lo hacen para mal las guardamos como si de una afrenta insoportable se tratara. O al menos así hacía yo, que leer era lo que más me gustaba del mundo y encontrarme con un libro que me disgustara me provocaba un dolor especial, como si aquello que suponía tu mayor refugio, tu más leal aliado y compañero, te traicionara sin compasión. Y esto es lo que sentí con dos libros de esos que nos obligaban a leer en la escuela. Uno fue el para siempre ya odiado La Celestina, que todavía hoy me pregunto a qué mente desquiciada se le ocurrió incluirlo en los programas de lectura cuando uno aún no está formado ni sabe nada de la vida (no sé por qué hablo en pasado: sigo sin tener ni idea de la vida). Mejor ni os cuento qué cara se me puso cuando descubrí al fin qué demonios era eso a lo que se dedicaba la taimada viejuna de “coser el virgo”. El otro libro fue Trafalgar, de Benito Pérez Galdós. ¡Madre mía, qué truño, lo que me costó leerlo! Y, repito, para un niño cuya mayor pasión era leer toparse con algo así era particularmente doloroso. Se daba el caso además de que el archifamoso episodio nacional era adorado por los profesores más odiosos del colegio, los que nos pegaban más. Echaban fuego por la boca y demonios por los ojos cada vez que mentaban a “los ingleses”: solo por lo que estos les hacían sufrir yo ya los quería, para qué os voy a contar otra cosa. Por eso en los libros y en las películas, cuando los ingleses ganaban a los españoles, yo lo tomaba como una victoria personal. ¡No podía ser casualidad que, además, los profesores que más admiraba nunca le dieran importancia a estas derrotas del pasado! En fin, creo que con esto queda explicado por qué jamás me he vuelto a acercar a un libro de Galdós ni con un palo.

El tiempo fue pasando. De hecho, ha pasado mucho tiempo. Y entonces conozco a Loren, un genial ilustrador, un buen amigo, y mira por dónde a él le encanta Galdós. ¿Cómo es posible? ¿Cómo a Loren le puede gustar Galdós si Loren es de los buenos? Ay, ay, todo mi sistema de valores quedaba temblequeando, algo empezaba a romperse cuando resulta que Galdós no es solo El Garbancero (como lo llamaban en la época sus detractores porque escribía muchas novelas y todas duras como garbanzos), sino que alguien de tan demostrado buen gusto y mejor criterio es un gran admirador suyo. Recuerdo (seguro que él no) mi cara de sorpresa cuando Loren me comentó que le gustaba mucho Galdós y yo respondí con los ojos como platos: “¿cómo, que te gusta Galdós el Garbancero?” Y él respondió haciendo una apasionada defensa de su obra, mirándome quizá con la misma incredulidad con que yo lo miraba a él: “¿pero cómo diablos no le gusta Galdós a José Luis?”, lo imagino pensando al tiempo que yo discurría justo lo mismo pero al revés. Y ahora llega a mis manos este libro. ¡Un libro firmado por Benito Pérez Galdós e ilustrado por Loren, aquí Lorenzo Montatore! Cómo es la vida, ¿verdad? Y qué poco he aprendido de ella. Pero en esta ocasión he sabido corregir.


¿Dónde está mi cabeza? es un relato que en su momento fue publicado en el periódico El Imparcial en el número especial de diciembre de 1892. Y debo decir que me ha encantado. Un cuento de esos locos y sin pies ni, nunca mejor dicho, cabeza que tanto me gustan. Un Galdós divertido y con un punto delirante que nos narra una historia que solo por su planteamiento ya se nos antoja fantástica: un señor se despierta una buena mañana y, vaya, resulta que ha perdido su cabeza. Pero más que un despertar al más puro estilo Kafka, lo que encontramos aquí es una aventura tan cotidiana en su devenir como desquiciada en su esencia, recordando de manera poderosa a ese otro gran relato que es La nariz (1835-36), de Nikolai Gogol. Una carrera que se mueve entre la estupefacción y la investigación imposible sobre qué puede haber sucedido con la cabeza de marras, magnificado el efecto de comedia al utilizar Galdós la primera persona, resultando así las reacciones del protagonista más impactantes y divertidas. “Yo, yo mismo, reconociéndome vivo, pensante, y hasta en perfecto estado de salud física, no tenía cabeza” (p. 3). Este formal padre de familia que anda enfrascado escribiendo un tratado filosófico de suma profundidad, Aritmética filosófico-social, nos llegará a revelar en su desesperación que a lo mejor donde ha perdido su cabeza ha sido entre las faldas de su amante, la Marquesa viuda de X…  
  
Nuestros amigos de El Verano del Cohete han editado con el cariño al que nos tienen acostumbrados este relato de manera impecable. Solo abrirlo hace que nos sintamos llevados a épocas pasadas: el mismo tipo de papel elegido se nos antoja un acierto maravilloso, dando al conjunto un aire pretérito encantador potenciado hasta el infinito por la labor prodigiosa a la ilustración de Lorenzo Montatore, que aplica unos colores que nos retrotraen de una sola mirada al Madrid castizo y finisecular de Galdós, ese que él también ama, en una conjunción artística que pareciera que no solo ambos comparten el mismo universo, sino también un tiempo común en el cual hubieran estado hablando de cómo realizar y presentar este libro. Lorenzo Montatore enriquece el tono de comedia delirante del texto no solo con sus divertidos y siempre ingeniosos dibujos, sino que enloquece él mismo al colorear las planchas con colores puros y contrastados, rompiendo la formalidad de mantenerlos sujetos a los cuerpos o los objetos, jugando no con lo surreal, sino con una realidad alterada y distinta, una cotidianidad rota por la intrusión de lo fantástico que juega con lo imposible en los límites mismos de la realidad. Una absoluta delicia que nos lleva a pensar que si en la escuela en vez de Trafalgar nos hubiesen mandado leer este cuento, otro lugar bien distinto ocuparía en nuestro corazón Benito Pérez Galdós. Gracias a este libro le hemos abierto hueco. Creo que es lo más bonito que te puedo decir, Loren. Y a vosotros, tripulantes del más brillante de los cohetes.

(De regalo, os dejamos aquí con el vídeo de presentación de ¿Dónde está mi cabeza?, obra de Mayte Alvarado, que me parece deslumbrante por su forma tan perfecta de introducirnos en lo que este nos deparará cuando lo tengamos ante nosotros).




PÉREZ GALDÓS, Benito; MONTATORE, Lorenzo. ¿Dónde está mi cabeza? (Badajoz): El Verano del Cohete, 2014. 32 p. ISBN 978-84-942610-0-8.

miércoles, mayo 14, 2014

EAM # 52-54: Delmer Daves (con un intermedio para la ciencia ficción de cámara)



Ay, un proyecto que me tiene tan absorbido como fascinado ha hecho que haya dejado a un lado de manera temporal mis colaboraciones para la página de cine El antepenúltimo mohicano. Llevo poco más de un mes lejos de sus páginas virtuales y ya me siento incompleto, como si me faltara algo, así que volveré en breve porque me las tengo que ingeniar para poder con todo. Mientras, intentaré poner al día los artículos aquí en el blog, que también es algo que tengo aparcado y no, esto no puede ser. Así que hoy vamos con tres de ellos. Se trata de los comentarios a dos grandes películas del director Delmer Daves que tendrían que haberse publicado en sucesión, pero mi carácter disperso y poco propenso al orden me llevó a introducir justo en medio otro film que resulta difícil de casar con los dos westerns de Daves. Pero así es la vida. El tren de las 3:10 (3:10 to Yuma, 1957) es una fantástica película del oeste, tensa y poderosa, con un Glenn Ford espectacular. Podéis leer qué escribí sobre ella AQUÍ


La otra película que seleccionamos para comentar (pues por iniciativa del director de EAM, Emilio Luna, se acabaron eligiendo estas dos de Daves), fue la no menos excelente La ley del talión (The Last Wagon, 1956), inolvidable no solo por ese personaje genial que es Comanche Todd, en impecable personificación de Richard Widmark, sino también de manera especial, al menos para mí, por esos apaches espectrales que dominaban prácticamente en off todo el relato. AQUÍ.


Y justo en medio, como os decía, incluí una debilidad, un moderno film de ciencia ficción que se desarrolla en su totalidad en el salón de una casa de campo. El hombre de la Tierra (The Man from Earth, 2007) es una maravilla de progresión narrativa que hipnotiza y sorprende por igual. Una gran película envuelta en ropajes modestos escrita en los años 70 por Jerome Bixby y dirigida con precisión por Richard Schenkman. AQUÍ

Pronto volveré. No es una promesa: es una necesidad.

martes, mayo 13, 2014

El año del jardinero (1929), de Karel Čapek



“Hay personas, los críticos en particular, y también los oradores públicos, a quienes les gusta mucho hablar de raíces; proclamar, por ejemplo, que debemos regresar a nuestras raíces, o que tal o cual mal debe ser completamente desarraigado, o bien que necesitamos penetrar hasta las raíces del problema. Pues bien, me gustaría verlos si tuvieran que desarraigar, digamos, un membrillo de tres años.” (pp. 125-126)

Es más que curioso y de todo punto una maravilla ver a dos de los padres de la ciencia ficción europea, los creadores del término hoy universal ROBOT, dedicados uno a escribir (Karel Čapek) y el otro a ilustrar (Josef Čapek) sobre esa pasión en apariencia sencilla y pequeña que es el cultivo y el mantenimiento de un jardín. Una ocupación antigua que ha dado otras muestras de fantásticas obras de plumas tan prestigiosas como la del mismo Horace Walpole (hablamos de ello AQUÍ). Y es que el jardín es ciencia, religión, matemáticas y poesía. Lo minúsculo y cerrado como metáfora de la misma vida, porque lo más pequeño incluye aquí dentro de sí lo más grande: “El jardín nunca está terminado. En este sentido, el jardín se parece al mundo y a todas las empresas humanas.” (p. 119) Y desde esta perspectiva Karel Čapek nos narra en El año del jardinero (Zahradníkův rok, 1929) la vida en ese período de tiempo de un amante de la jardinería, cómo se dividen sus horas, sus días, sus meses, las estaciones y en definitiva cada segundo de su existir en relación con su más absorbente amor: el que siente por su jardín.


El año del jardinero traspira una profunda adoración a la vida y a la tierra que la sustenta, a todo lo que crece pese a los inconvenientes de la propia naturaleza, de pasión por ese suelo apelmazado o poroso, pletórico de humus o arcilloso como una pesadilla que albergará y dará calor a las plantas y las flores. Es una carta arrebatada de deseo y satisfacción de un enamorado eterno no de las nubes y el sol, las estrellas y el cielo, sino de ese tesoro rico e inagotable que es el que rezuma de vida bajo nuestros pies. Uno no puede dejar de leer y querer convertirse en un jardinero a su vez, de tal forma contagian sus palabras, vivir solo para su jardín y toda la belleza fecunda que puede colmar su corazón solitario y feliz. 

Dentro de un estilo de narración coloquial y cercana, Čapek pareciera que se estuviera dirigiendo a nosotros en persona en una charla informal, pero no ajena a la exaltación poética, y practicando en todo momento un humor blanco, ayudado en esto de manera especial por los divertidos y entrañables dibujos de su hermano Josef, que no elude breves fogonazos de crítica certera y deflagrante de la sociedad y del hombre como animal que vive en ella, nuestro autor nos deja perlas brillantísimas y páginas que parecen restallar en su sencilla belleza. Tal así cuando, por ejemplo, nos habla de las lluvias del mes de mayo: la fisicidad exultante de las gotas de agua, el respirar de la tierra mojada, la sensualidad del jardín en ebullición… Lo efímero de la belleza que quizá por eso nos embarga hasta el arrobo mientras permanece: porque es muy breve y tenemos poco tiempo para saborearla y disfrutar de ella. Y sus ocasionales pero no por ello menos acertados disparos sin compasión, como decíamos, a la condición humana, algo tan habitual en su obra: “Así van las cosas: cuanto más nociva es una inmundicia, más vitalidad tiene” (p. 11); “La esencia del sectarismo no es hacer algo con pasión, sino creer en algo con pasión” (p. 101). Y voy a dejar de reproducir citas porque acabaré escribiendo aquí el libro entero.

Será indiferente que vuestro interés por los jardines, por tener uno propio y cultivarlo y mimarlo, sea inexistente: Čapek os hará nacer ese deseo. Tal vez terminéis este pequeño libro y a los pocos días este arrebato desconocido y nuevo sea enterrado y olvidado para jamás nunca volver a florecer, pero en su breve primavera será hermoso. Y aquí yace la grandeza de esta obra y su autor: que nos instará a amar, aunque sea de manera fugaz, la más efímera y al tiempo más eterna de las artes.


ČAPEK, Karel. El año del jardinero. Ilustraciones de Josef Čapek; traducción de Esteve Serra. Barcelona: José J. de Olañeta, Editor, 2009. 144 p. El Barquero; 94. ISBN 978-84-9716-587-7.

lunes, mayo 12, 2014

En busca de X-Y-Z (1943), de Harry Stephen Keeler




“–¡Espera! –dijo Caleb. –¿Sabes tú hacer novelas, Ezra?
–¡Nada de eso Caleb! ¡Ni siquiera vivirlas!” (p. 34)


Pocos escritores encontraréis tan extraños y fuera de lo común como Harry Stephen Keeler (1890-1967). Y no por su devenir cotidiano, un hombre de vida tranquila, amante de su esposa y de sus gatos y de costumbres tan normales como pueden serlo las tuyas o las mías. Lo extravagante y lo original, con lo que esto puede tener de bueno pero también de negativo, se circunscribe a su obra, plagada de historias chocantes donde la casualidad es el motor fundamental de sus tramas. O al menos la resolución de las mismas. Su método de trabajo, explicado con detalle por él mismo en la que sin duda es su novela más popular, Noches de Sing Sing (Sing Sing Nights, 1927), consistía en lo que bautizó como webwork plot, una multitud de tramas disparadas conformando una tela de araña las cuales se unían y resolvían al final coincidiendo en una serie de casualidades imposibles y carambolas fortuitas que igual provocan admiración y asombro que sonrisas por lo disparatadas que en ocasiones pueden resultar. Él lo explicaba de manera mucho más compleja, por descontado, y leyendo cualquiera de sus novelas veréis que así era, pero como resumen orientativo y primer acercamiento a la locura absoluta que dominaba en sus novelas pues más o menos pueden valer mis torpes palabras. En busca de X-Y-Z (The Search for X-Y-Z, 1943), también publicada en EE.UU. en 1945 bajo el título The Case of the Ivory Arrow, pertenece a lo que podríamos definir como la segunda época de su obra, justo cuando deja de publicar en la editorial Dutton: su etapa de esplendor tocaba a su final y sus novelas devienen más desquiciadas que nunca. Las últimas solo encontrarían salida en la editorial española Instituto Editorial Reus, especializada en textos jurídicos, de auto ayuda y semejantes (hasta llegó a editar dos “pobres” tebeos en el año 1947, como nos indican en Tebeosfera, AQUÍ). Así, Keeler tiene novelas publicadas solo en nuestro idioma, aunque por desgracia no todas las que publicó en el suyo están traducidas al español.

En busca de X-Y-Z se abre con los habituales nombres estrambóticos que Keeler utilizaba para sus personajes, siendo el mentado X-Y-Z no un apodo o un sobrenombre, sino el nombre real del hermano del protagonista, Ezra Jenkins, un hermano desaparecido que el bueno de Ezra deberá localizar en cinco días pues si no lo consigue dará con sus huesos en la cárcel. Otro punto de partida habitual en las novelas de Keeler, donde por lo general sus héroes deben actuar a contra reloj. No llevamos ni cinco páginas cuando ya se ha desatado la locura: X-Y-Z ha dejado de dar señales de vida al irse a vivir a la ciudad de Wiscon City, quizá disgustado por un lío de tierras que ambos hermanos poseen en propiedad y en la cual crece, atención, la Ascorbia-B, un tipo de hierba “cuyo alcaloide derivado posee, entre otras muchas cualidades, la de hacer ver a los pilotos aviadores de ojos azules, más que de ordinario en la oscuridad” (p. 10). Solo los dos hermanos tienen los conocimientos necesarios para llevar adelante “su difícil cultivo.” Esto que en principio nos puede parecer un detalle de la mayor relevancia pues… En fin, Keeler despliega todo un arsenal de detalles y subtramas que van formando una red tupida en la que, creedme, uno no logra adivinar hacia dónde va aparte de que Ezra debe encontrar a X-Y-Z. Ezra parte pues hacia Wiscon para buscarlo allí. Su viaje en tren está lleno de encuentros con distintos personajes que, como siempre en Keeler, entablan delirantes conversaciones que no hacen sino liar la trama hasta puntos increíbles pero al tiempo apasionantes: uno no puede parar de leer sorprendido y de continuo desbordado por la apabullante imaginación de nuestro autor, quizá su punto fuerte y su gran valor como novelista.


Permitidme ahora un inciso al más puro estilo Keeler. Su relato The Search of Xeno fue publicado en 1922 en la revista 10 Story Book, de la que Keeler era editor, bajo el epígrafe A Mistery Story by York T. Sibby, nuestro autor usando un seudónimo para publicar en su revista. Casi cuarenta años después Keeler la reescribiría y la titularía Adventure in Milwaukee. Junto a otros dos relatos la envió a su editor español Reus para ver si se publicaban en un libro como Three Short Novels, pero nunca se llegó a editar. Este relato citado al principio ofrece un punto de partida muy semejante al de la novela que nos ocupa, pero el mismo Keeler en una nota a su traductor (“esforzado” traductor) Fernando Noriega Olea le indica que solo hay similitud en eso, en su arranque, pero en nada más. Esto, con muchos más detalles y mejor, lo explica Francis M. Nevins en su artículo On “Adventure on Milwaukee”, publicado en el boletín Keeler News nº 43 (editado por Richard Polt, podéis consultar el original AQUÍ), del cual lo que os acabo de contar en este inciso no es sino un descolorido resumen.    


Pero volvamos con Ezra Jenkins y su recién iniciada búsqueda. No voy a entrar en detalles de la historia, pues no desearía bajo ningún concepto destrozar las sorpresas de una novela que encierra muchas, pero sí os contaré algunas que no importa en demasía conocer y que os pueden servir para haceros una idea de qué tenemos entre manos. Keeler nos cuenta tantas cosas que resulta imposible adivinar cuáles son importantes y cuáles otras ni se volverán a mencionar en la historia. Esto hace que uno procure no perder detalle con la constante sensación de “ay, ay, seguro que aquí se me escapa algo.” Una tontería pensar de esta manera pues en las explicaciones finales no hay apuro: Keeler lo une y lo explica todo. O casi, porque lo que acaba ignorando queda ahí como regalo extra al lector, que queda fascinado por un detalle que a la larga resultará insustancial pero que no deja de ser hermoso quizá precisamente por ello. Un ejemplo perfecto de esto último es la descripción de la plaza donde se encuentra el hotel donde se alojaba X-Y-Z hasta el día de su desaparición: “La plaza de Leipsiger se componía en realidad de una sola casa, reflejada en una serie de espejos invisibles que se reflejaban mutuamente a su vez, de manera que se convertía en toda una línea de casas exactamente iguales.” (p. 82) ¡No me digáis que no es extraordinario! Esta idea me dejó fuera de combate durante un buen rato imaginándome calle tal. Y lo más increíble es que esta idea queda ahí en el aire, sin solución, solo un detalle loco más de ese mundo alucinante donde viven los personajes de Keeler, en el cual se entrecruzan el realismo más detallista con la visión más delirante del mismo. Otro ejemplo, pero este sí fundamental para el desarrollo de la trama, es la imposible habitación de hotel en la que se aloja Ezra al llegar a Wiscon, un cuartucho cuya ventana no tiene estores, ni cortina, ni persianas… ¡ni cristales! Todo el mobiliario es de metal, y dispone de una cuerda sujeta a una anilla para poder salir descolgándose por ella a través del hueco de la ventana hacia la calle. Pero en esta ocasión sí que disponemos de una precisa explicación de su por qué.

Keeler se detiene en todos los meandros imaginables de la historia, dejándonos tan perplejos y confusos como atrapados por la alucinante sucesión de hechos y personajes increíbles (y su obsesión por tunearlos con los más extraños modelos de gafas que uno pueda concebir). Más detalles: Ezra va a buscar a su hermano, sí, pero en su viaje en tren un desconocido le ha entregado una figurita de piedra rosa que representa a un elefante bicéfalo, el cual debe entregar en mano al yogui Ramshee, un místico vidente que lee el pasado, el presente y el futuro en una bola de cristal y que vive, cómo no, en Spirit Lane, una calle en la que solo habitan adivinadores, echadores de cartas y espiritistas. No han pasado ni un par de páginas cuando Ezra recibe una misteriosa nota, se la han dejado en el sombrero sin que él se aperciba, que le advierte seriamente de que ni por asomo se le ocurra entregar la dichosa figurita. En fin, la red de la trama se va formando y si en ocasiones la aventura parece avanzar despacio, en realidad no hay descanso en lo que se refiere a la ingente cantidad de información que Keeler va desplegando a cada párrafo. No hay manera, como he dicho, de saber si servirá todo para algo o no, pero este es el juego: si se acepta, hay que jugar. Y si se decide jugar, creedme que la diversión está asegurada.


Keeler puede fascinar con los sorprendentes, imaginativos y en ocasiones retorcidos trayectos que van conformando las tramas de su historia, pero resulta algo inconsistente en la psicología de sus personajes, quizá su gran punto flaco. Son siempre extraños y chocantes, estrafalarios, pero de personalidades algo opacas, las cuales no logran permanecer en nuestro recuerdo. Es fácil rememorar los giros increíbles y los argumentos locos de sus novelas, pero sus protagonistas suelen desvanecerse en la oscuridad. Este tal vez sea el detalle, no poco importante, que le separa de una más consistente genialidad, si bien la demuestra con creces en otros aspectos. Sus personajes terminan pareciendo sombras con disparatados nombres arrastrados por la trama, aunque esto también tiene su encanto, no dudamos de ello desde el momento en que siempre lo leemos con sumo placer, pero lamentar un poco esta realidad nos dará una idea más acertada y real de su valor como escritor y no llamaremos a engaños ni mistificaciones a aquellos que no lo hayan leído nunca y deseen hacerlo. Dar una imagen desvirtuada de Keeler no ayudará a que se le respete como autor. Hay que amarlo con sus bondades y también con sus pequeñas pegas. Y dicho esto, ojo que debo reconocer que En busca de X-Y-Z alberga en su corazón a dos de los personajes más bonitos, originales y de más probable persistencia en el recuerdo de todos los que he conocido suyos. Uno es el Triple Enigma de la Vida, el torso humano que se exhibe en el circo (sin brazos ni pies, con el cuerpo osificado, ingiriendo veneno en cada función), un hombre de perspicaz inteligencia, culto, formado y feliz con la vida que le ha tocado llevar en un dibujo lleno de humanidad en el cual Keeler brilla hasta la emoción. Y el otro, la asistente negra de este Triple Enigma, Madame Olivia Debrevois, no menos culta que aquél, una poeta con obra publicada y de una sensibilidad y corazón especiales. 

Hay más, mucho más en esta novela de Keeler, sin duda una de sus grandes obras, desde románticas asesinas que despedazan a sus amantes con un hacha hasta criminales que se ocultan disfrazados con una peluca en una habitación (con número fraccionado: 345 ½) de un hospital solo para mujeres y allí son atendidos por un personal que muestra como rasgo común el tener todos un tupido entrecejo… O la trama de la flecha, otra desquiciada delicia. Guarda Keeler para el final algunas sorpresas que, vale, algunas son sus típicas casualidades que nos hacen sonreír tal vez por resultar un poco ingenuas, desde luego atrevidas porque ningún otro escritor se atrevería a recurrir a ellas con el desparpajo que él lo hace, pero también otras que, lo digo con total sinceridad, me hicieron reír de pura felicidad por su imaginación, por cómo demonios resultaba tan genial con alguna de sus salidas, y con su sencillamente brutal detalle metaliterario, todo un gigantesco colofón que es un regalo para el lector. En conjunto, una maravilla de ingenio repleta de explicaciones finales divertidas y satisfactorias que suponen un disfrute absoluto y momentos que me dejaron, y esto no es una metáfora sino una descripción fotográfica, con la boca abierta de puro y feliz asombro. Keeler es un escritor único, ya lo dije al principio, tanto para lo bueno como para, a veces, lo malo, pero que aquí nos deslumbra con todo lo que atesora de bueno. En busca de X-Y-Z es un magistral Keeler. 

  
Imagen tomada de la genial página Harry Stephen Keeler Society.

KEELER, Harry Stephen. En busca de X-Y-Z. Traducción de Fernando Noriega Olea. Madrid: Instituto Editorial Reus, 1946. 494 p. 

lunes, mayo 05, 2014

Barsoom: la revista del pulp y la literatura popular, número 10 (navidades 2009)



Pues aquí estamos con el número 10 de la revista Barsoom dedicado en esta ocasión a los iconos del pulp, por cuestiones de espacio solo a algunos de los más representativos, esos héroes y villanos fascinantes que forman parte ya del acervo cultural y viven en nuestros sueños. Y cómo no, se inicia con un sensacional artículo centrado en uno de los malvados más emblemáticos de la literatura de evasión: Fu-Manchú.

Aunque en la actualidad su poder se ha difuminado un tanto y parece solo pervivir en las películas que se le dedicaron, Javier Jiménez Barco, en El insidioso Doctor Fu-Manchú y otros villanos orientales, ofrece un fantástico repaso a las novelas protagonizadas por el maléfico Doctor de Sax Rohmer, origen y epítome de la amenaza amarilla, todo un lugar común de la literatura pulp. La maldad refinada, los planes más enrevesados, rebuscadas torturas y sabiduría ancestral que en sus imitadores alcanzarían cotas de racismo que el mismo Rohmer jamás llegaría a mostrar de manera evidente. Nunca dejó de traslucir su fascinación por la cultura a la que pertenece el Doctor, un poco a la manera en que otro autor nos mostraría este mundo oriental de novela de misterio y crimen, Harry Stephen Keeler, el cual siempre supo compensar maldad y sapiencia en sus personajes, sin dejar de lado mostrar caracteres nobles dentro de la raza malvada por antonomasia, en la época, a ojos occidentales. Edgar Wallace, Jack Williamson o Robert E. Howard fueron autores que también recurrieron al tópico, y personajes míticos como The Spider o The Shadow tuvieron a su vez que vérselas con villanos de ascendencia tal. Y esto cuando no se trataba de “plagio descarado y premeditado”, según Jiménez Barco, como sucedió con The Mysterious Wu Fang, un Fu-Manchú al parecer bastante más truculento que el original. En fin, un aperitivo suculento que viene acompañado por un relato de Sax Rohmer (Arthur Henry Sarsfield Ward, su nombre real), claro está.


Cuarenta y cinco años después de su creación, Rohmer aún escribió alguna historia protagonizada por su icónico personaje. Así Los ojos de Fu-Manchú (The Eyes of Fu Manchu), publicada en dos partes el 6 y el 13 de octubre de 1957 en la revista This Week. Y todo seguía igual: damas en apuros, héroes aguerridos y peligros mil que se suceden de manera mecánica y con relativo interés. Hasta que hace acto de presencia Fu-Manchú in person y la emoción y la tensión se disparan. Lástima que todo lo que le rodea palidezca tanto ante su presencia.

The Shadow visto por Jim Steranko.

Quiero decirlo ya: a mi gusto, la gran joya de este número de Barsoom es La bahía del chantaje (Blackmail Bay), de Walter B. Gibson (alias Maxwell Grant). Una de las dos historias en formato breve de La Sombra, The Shadow, uno de mis personajes favoritos de toda esta pléyade de héroes increíbles. Este cuento resulta sensacional en su dosificación del misterio, en su cuidada, bien definida y bien descrita localización (una isla) y en las formidables apariciones de La Sombra, absolutamente electrizantes y medidas en su prodigiosa efectividad. Un excelente relato que entiendo que a quienes las aventuras de esta fascinante creación no les interesen lo más mínimo puedan pensar que exagero en mi apreciación, pero creo que podría pasar sin problemas la prueba de mi ceguera ante este personaje. Es un buen relato de intriga criminal, y su oscuro héroe solo lo hace brillar más aún con su grandeza.  

Seguimos adelante comentando las fantásticas ilustraciones de Virgil Finlay mostrando a Tarzán cuchillo en ristre, para en la página siguiente adentrarnos en el primer capítulo de Tarzán: la aventura perdida, la novela de Edgar Rice Burroughs que Barsoom a partir de este número nos irá ofreciendo por entregas. Un “fragmento largo” de El Borak de Robert E. Howard que hará las delicias de los completistas del autor texano y un extenso artículo, Los archivos secretos de Doc Savage, formado por extractos del ensayo Doc Savage: His Apocalyptic Life de Philip José Farmer, cubren el apartado de la revista dedicado a la aventura.


No podía faltar un relato del rey de la publicación pulp Weird Tales, Seabury Quinn, protagonizado por su héroe más popular, Jules de Grandin. De La capilla del horror místico (The Chapel of Mystic Horror), publicado en el número de diciembre de 1928 de la citada revista con una magnífica portada de Hugh Rankin, valdría decir lo mismo que ya dije AQUÍ acerca de Los señores del reino de los muertos. El artículo Las sobrenaturales aventuras de Jules de Grandin de Javier Jiménez Barco es otro fascinante repaso a un héroe pulp como sin duda lo fue el investigador de lo oculto Jules de Grandin. Su origen, su desarrollo y su final incluyendo una indispensable relación de todos los relatos por él protagonizados e indicando cuáles de ellos están traducidos a nuestro idioma. Y una selección de ilustraciones de Stephen Fabian con Conan de protagonista sirve como antesala a un relato del salvaje cimmerio. Aunque el dúo revisionista formado por Lin Carter y L. Sprague de Camp no muestra demasiada imaginación en el desarrollo de la trama de Luna de sangre (Moon of Blood), en realidad los prolegómenos de una batalla y la batalla en sí, pocas complicaciones se traen entre manos, la verdad es que mentiría si no dijera que pese a esto resulta enormemente entretenido. Suplen la posible falla comentada con buenas dosis de acción creíble y una gran ambientación y cuidado en los caracteres de los personajes, con lo cual consiguen trasladarnos de lleno a su mundo y que el relato fluya, si bien sin sorpresas, con efectividad.


El fragmento La senda blanca de Abraham Merritt ya lo comenté AQUÍ. El poema El puerto de H. P. Lovecraft y una breve selección de ilustraciones que nos presentan al héroe Northwest Smith de Catherine L. Moore nos conducen a otro excelente artículo: Acerca de la Legión del Espacio, de Javier Jiménez Barco. Un recorrido por las seis aventuras literarias de la mentada Legión, esos adorables héroes creados por Jack Williamson y que reciben aquí el merecido trato de amor y erudición que merecen. Y nada mejor para acompañarlo que incluir La suerte de la Legión (The Luck of the Legion), el último relato que escribiera Williamson protagonizado por ellos, si bien es la cuarta aventura de seis atendiendo a su cronología interna. Un cuento sencillo y emocionante donde quizá lo más bonito sea ver a nuestros héroes ya mayores pero igual de jóvenes en espíritu que siempre en acción. Fue publicado en el número 19, verano/otoño de 2002, de la revista Absolute Magnitude / Aboriginal Science Fiction.  


El horror de Magallanes (The Horror from the Magellanic) de Edmond Hamilton fue publicado en la revista Amazing Stories en su número de mayo de 1969. Tengo una lectura demasiado lejana de Los reyes de las estrellas (The Star Kings, 1949) como para que me haya resultado fácil ponerme y adentrarme de nuevo en el mundo de esta saga, en la cual esplende de manera especial el villano Shorr Kan, aquí ya aliado de “los buenos”, con toda su socarronería y picaresca, sus frases ingeniosas y divertidas, otro antecedente más de ese Han Solo que nos encanta de Star Wars. Space opera pura y dura, con acción a raudales y batallas sin fin. Un entretenimiento ingenuo tal vez, pero siempre honesto y sin fisuras. Relato nacido casi a contra corriente en pleno apogeo de la renovación del género con la New Wave o New Thing, ese grupo de escritores que llevaron la ciencia ficción un paso más allá, tan lejos que hoy día no se está logrando alcanzar ni por asomo, lo cual hace que podamos admirar a pioneros como Hamilton con más crédito. Ellos al menos dieron paso a sus continuadores, cosa que los que ahora reniegan de ellos parecen no entender. Toda evolución requiere sus pasos, y si estos se dejan a un lado y se olvidan, el género se muere porque se queda sin historia. Y así llegamos al final de este apasionante, como todos, número 10 de Barsoom con una entrega del Capitán Rido y su Legión del Espacio, la versión hispánica de esa variante del género que muchos dan por finiquitado pero que, no hay más que fijarse un poco dándose una vuelta por internet, sigue levantando revuelo a cada noticia relativa a la nueva película de las sagas de Star Wars o Star Trek. Buenos y malos sin zonas grises, como en los relatos de nuestros héroes favoritos. 



BARSOOM: la revista del pulp y la literatura popular. Número 10. Navidades 2009. La Hermandad del Enmascarado. 128 p.

lunes, abril 28, 2014

Relatos de horror, selección 1 (1977)



No todo es lo que parece, no digo nada nuevo afirmando esto, pero es que no se me ocurre otra cosa contemplando la en verdad espantosa portada de este libro y su por el contrario excelente contenido: cinco relatos muy atractivos de los cuales al menos uno de ellos podemos considerarlo una obra maestra sin discusión. La recopilación está asignada al austriaco Kurt Singer, un escritor que además se dedicó a preparar bastantes compilaciones de relatos casi todas ellas dedicadas al género de terror. No he logrado encontrar nada referente al libro original, así que dejo como año el de la edición en español. En uno de los breves textos de presentación de cada cuento se hace una referencia a “nuestra anterior selección”, lo cual siendo esta la número uno nos deja algo confundidos. En fin, imaginamos que habrán tomado de aquí y de allá y hala, palante. No se indica nombre alguno aclarando quién o quiénes pudieran haber realizado las traducciones. Y para rematar, el libro se abre con una “Presentación” firmada por Carlo Frabetti que parece realizada con el piloto automático puesto, breve y escrita, da esa sensación, en menos tiempo del que cuesta leerla. Y es muy poco. Sin embargo, como ya he dicho, es una buena colección de narraciones fantásticas, lo de horror tampoco se ajusta con precisión a la realidad, y encima este libro fue un regalo. Así que le tengo cariño. Una de esas poquitas cosas buenas, que valen por muchas, que me ha dejado este solitario blog, pues gracias a él me obsequiaron con presente tal. Así que, estimada Pato, gracias por este (y otros) que llegaron hasta mí por ti.   


Venga, sequémonos las lágrimas y vayamos al lío. La antología se abre con El crepúsculo de los dioses (Twilight of the Gods), publicado en la revista Weird Tales en julio de 1948 y escrito por Edmond Hamilton (1904-1977) con ese estilo sencillo y conciso pero lleno de fuerza y expresividad tan propio de los mejores pioneros de la ciencia ficción forjados en las publicaciones pulp. Este es un relato muy bonito y emocionante que toma como base la mitología nórdica (Thor, Odín, Tyr, Surtr, Hela, Loki, el Puente del Arco Iris, Asgard…) para construir una historia que bien podría ser el origen de los famosos Relatos de Asgard, los cómics protagonizados por el Thor de Stan Lee y Jack Kirby desarrollados por este último, pura fantasía épica en ambos casos que nos gana sin remedio gracias a su compulsión fabuladora. Si el Thor de dichos cómics contaba con un alter ego en la Tierra, el doctor Don Blake, el Thor del relato de Hamilton tendrá el suyo propio, el oficinista Eric Wolverson, aunque no será del todo consciente de ello, un poco al estilo de tantos personajes pulp tipo los de Edgar Rice Burroughs o Robert E. Howard, que ocultan sin saberlo en su interior una personalidad casi mítica, un héroe o incluso, por qué no, un dios. La obra de Hamilton mantiene su fuerza intacta leída hoy, o al menos yo lo siento así. Quizá no sea el estilista más cuidadoso ni el narrador más fino, pero sabe cómo dejarnos sentados en la silla leyendo sin permitir interrupciones hasta que él decide que hemos llegado al final.


Los señores del reino de los muertos (Lords of the Ghostlands) es una aventura de Jules de Grandin y el doctor Trowbridge, los personajes creados por Seabury Quinn (1889-1969), publicada en el número de marzo de 1945 de Weird Tales. Es sabido que Quinn fue uno de los autores más populares de la revista y Grandin su creación más conocida. Aunque me suelen gustar sus relatos, aquí ya llevaba más de dos décadas escribiendo historias del detective francés de lo oculto y muestra todos los tópicos forjados en una investigación tras otra: bella joven en peligro que en algún momento aparece ligera de ropa, Grandin diciéndole al doctor que no lo acompañe que en esta ocasión (otra vez) habrá demasiado peligro, el doctor contestando de nuevo que le da igual e irá con él hasta el final reafirmando su amistad de colegas en la lucha contra el mal, esos indefinidos despertares en los que siempre uno está al lado del otro en la misma habitación… Y, cómo no, Grandin poniendo fin al problema con sus expeditivos modos. La trama en sí también discurre por caminos trillados: momia egipcia cuyo espíritu posee a una joven (esa bella que en algún momento habremos de ver medio desnuda) de hoy, parte de la narración contando los hechos del pasado en plan seudohistórico, venganzas de ultratumba… No brilla en demasía, aunque resulta agradable de leer, entretenida pero poco memorable.


Si Seabury Quinn era uno de los escritores estrella de Weird Tales, Maria Moravsky (1889-1947) supone todo lo contrario. Nació en Varsovia y emigró a Estados Unidos en 1917. Fue sobre todo poeta, e imprimía sus propios libros (esto de la autoedición no es una cosa de ahora) en una pequeña imprenta que tenía en su casa de Miami a la cual bautizó con el nombre de Fiction Farm. Fue una artista polifacética y su actividad se dividió entre diversas artes y entretenimientos que iban desde sus pretensiones literarias hasta el cultivo de café, vainilla y aloe vera pasando por la cría de patos. Sus incursiones en la prosa fantástica solo fueron una afición creativa más de las muchas que llamaron su atención y a la que se dedicó con pasión pero al tiempo sin exclusividad. Todo esto y más podéis leerlo en la entrada dedicada a ella en el fantástico blog Tellers of Weird Tales (AQUÍ). Su relato La ocupación de los hermanos verdes (Green Brothers Take Over) se publicó en el número de enero de 1948 de manera póstuma. Sus labores en la jardinería y el probado amor a las plantas de la autora resultan más que evidentes en este simpático relato en el cual “los hermanos verdes” se alzan en rebelión contra los humanos, como ya hicieran de igual manera los animales en la novela El terror (The Terror, 1917) de Arthur Machen. Quizá lo más curioso de esta historia sea el punto de vista adoptado, que no es otro que el de la anciana protagonista, algo que no es que sea el colmo de la originalidad pero que desde luego no suele ser lo habitual en un cuento de terror.


Allison V. Harding (1919-2004) tampoco es de las autoras más recordadas de Weird Tales. Sin embargo fue bastante prolífica y habitual en la revista desde 1943 hasta 1951, año este en el que deja de publicar. Su nombre real, aunque permanecen dudas, era Jean Milligan. Creó un personaje que llegó a protagonizar tres relatos: The Dump Man (el Pordiosero). Después de medianoche (The House Beyond Midnight) fue publicado en la revista en el mes de enero de 1947. Es un cuento simpático en el que una joven pareja que acaba de sufrir un accidente es víctima de una macabra equivocación. El sesgo fantástico de la misma nos lleva hasta una extraña casa habitada por los inquilinos más peculiares que cupiera imaginar. Harding mantiene el factor sorpresa acerca de quiénes son estos huéspedes y qué es lo que ha ocurrido en verdad con los recién casados protagonistas durante muy pocas páginas, tampoco es que se pudiera sostener mucho más pues se adivina enseguida, y la autora cambia el registro de intriga y misterio por una alocada y fúnebre persecución. No es nada del otro mundo, valga la mala broma, se echa en falta una atmósfera de ensoñación surreal más potente, algo que la historia parece reclamar y con lo que hubiera ganado en consistencia y en impresión fantástica, pero la opción de hacerlo todo más directo y físico tampoco desagrada.


Resulta curioso que esta antología formada por cuentos publicados en la revista Weird Tales durante el segundo lustro de los años 40 se cierre con una pequeña joya de principios del siglo XX: “Ellos” (‘They’) un relato de Rudyard Kipling (1865-1936) que apareció en la revista Scribner’s en agosto de 1904 e incluido con posterioridad en el libro Traffics and Discoveries del mismo año. En este volumen se incluía también el poema The Return of the Children (AQUÍ podéis leerlo en su idioma original), publicado justo antes del relato y de lectura imprescindible para entender qué pretendía contarnos Kipling en él. En este poema la Virgen María intercedía por los niños muertos para que pudieran ir adonde quisieran y no quedaran retenidos en el Cielo si ese no era su deseo, ante lo que Dios accede pues considera que ya han sufrido bastante como para Él retenerlos contra su voluntad. Con este poético prefacio, no incluido en este libro, nos queda más claro el simbolismo del relato de Kipling, más diáfano su significado. Josephine, la hija pequeña de Kipling, murió de una enfermedad en el año 1899. En “Ellos” queda reflejado todo este proceso de dolorosísima pérdida desde el desconcierto inicial y la ira y la rabia posteriores hasta la aceptación final, el adiós definitivo de su hija con ese beso furtivo que uno de los espectrales niños le da al protagonista en la palma de la mano a modo de despedida. Este ya nunca volverá allí, al hogar de los niños perdidos, una vez ha superado el trauma de la pérdida. No es un relato de terror pese a estar habitado por fantasmas. Todo lo contrario: es un viaje desde el dolor por la muerte de una hija aún niña hasta la resignación y la comprensión de que ahora está en un lugar mejor. Un simbolismo quizá fúnebre en algún momento, es inevitable teniendo en cuenta el luctuoso hecho y los sentimientos que Kipling trata de reflejar, pero que no deja de ser luminoso en su tristeza. Una manera insuperable de cerrar este libro que aquí nos deja sobrecogidos.

P. S.: nuestra gran amiga Couteau Bibliophile, el espíritu genial detrás del blog EN LA LISTA NEGRA, nos ha facilitado la procedencia de cada uno de los relatos que componen esta antología, todos ellos incluidos en recopilaciones orquestadas por Kurt Singer. ¡Mil gracias!

- Weird Tales of the Supernatural (1966): Twilight of the Gods, Green Brothers Take Over.
- Kurt Singer’s Ghost Omnibus (1967): The House Beyond Midnight.
- Kurt Singer’s Second Ghost Omnibus (1967): Lords of the Ghostlands.
- Gothic Horror Book (1974): They.


RELATOS de horror, selección 1. Recopilación de Kurt Singer; presentación de Carlo Frabetti. Barcelona: Bruguera, 1977. 188 p. Libro ameno; 1. ISBN 84-02-05122-7.

miércoles, abril 23, 2014

La noche a través del espejo (1950), de Fredric Brown



“-Doctor, ¿alguna vez se le ha ocurrido pensar que las fantasías de Lewis Carroll pueden no ser fantasías?
-¿Se refiere a que la fantasía suele estar más cerca de la verdad esencial que la ficción que quiere parecer real?- pregunté.” (p. 63) Doc Stoeger demostrando no solo ingenio, sino también inteligencia.

Del escritor Fredric Brown (1906-1972) solo había leído hasta ahora algunos de sus sensacionales relatos de ciencia ficción. Esta nueva edición de su novela La noche a través del espejo (Night of the Jabberwock, 1950) que ha realizado la editorial Reino de Cordelia nos ha dado la oportunidad de poder acercarnos a este clásico de la novela negra, género en el que también brilló Brown, y leerlo a todos aquellos que no disponíamos de un ejemplar de la lejana publicación (1987) de Júcar en su colección Etiqueta negra. Y qué puedo decir: me ha parecido una absoluta maravilla, una obra maestra que me ha mantenido en una nube alucinatoria durante su lectura y que al terminar me tenía levitando con la mirada perdida para el mundo, ese que en esos momentos más que nunca me parecía de todo menos real.


Doc Stoeger es el dueño, director y editor del pequeño periódico local de Carmel City, un pueblo medio perdido y totalmente olvidado del trasiego mundanal de la vida. Más de veinte años sin publicar una noticia importante, una exclusiva que lo haga sentir feliz y satisfecho de su trabajo, es algo que el pobre Doc sobrelleva como puede. Esto es: trasegando whisky cada dos por tres y planteándose por primera vez en su vida vender su semanario (se trata de un periódico de tirada semanal). La vida discurre aburrida y monótona, un día igual a otro y todos en impasible sucesión. Pero una noche, tras terminar su jornada y tomarse los dos o diez copazos habituales en el mismo bar de siempre y hablar con los mismos contertulios que nunca dejan de pasar por allí a las mismas horas, Doc Stoeger recibe una visita. La más extraña visita que pudiera imaginar. Un tipo de aspecto imposible y de nombre más increíble aún, Yehudi Smith, llama a su puerta y le hace una inaudita proposición, una invitación tan fuera de lo común como lo es el hecho de que Smith sea, como Doc, un fanático de las novelas de Lewis Carroll Alicia en el país de las maravillas (Alice’s Adventures in Wonderland, 1865) y Alicia a través del espejo (Through the Looking-Glass, and What Alice Found There, 1871), y que además conozca los dos inencontrables artículos que sobre ambas obras escribiera hace siglos un joven y apasionado Doc. La propuesta de visitar una mansión abandonada y aislada en las afueras de Carmel City, que además goza de la esquiva fama de ser una casa encantada, y de asistir a un cónclave de miembros de la hasta ese momento desconocida organización Las Espadas Vorpalinas, que reúne en sus filas a los mayores no se sabe bien si conocedores o fanáticos, igual significan lo mismo en este caso, de la obra de Carroll, supone el arranque de una noche que devendrá demencial. Y es que a partir de aquí se desata toda una locura de crímenes monstruosos, encuentros con bestiales asesinos, situaciones de lo más estrambóticas y una persecución sin fin en la que el bueno de Stoeger se ve envuelto sin tener culpa de nada pero acusado por casi todos. Una noche durante la cual se desarrollará toda la trama de la novela llevándonos en una espiral tan desconcertante como hipnótica que nos hará temblar de pavor y reír a carcajadas a un tiempo. Porque no está de más añadir que Fredric Brown no solo domina la tensión y la acumulación de misterios de forma prodigiosa, sino que es capaz de resultar tan divertido como inteligente, tan ingenioso como brillante en la creación de situaciones sorprendentes y en la recreación de unos diálogos sin excepción apabullantes.


“(…) fue como leer un relato de ficción emocionante, de esos que sabemos que no son verdad pero en los que podemos creer mientras que no acabamos de leerlos.” (p. 73)

La acción se desenvuelve enloquecida y no puede resultar más trepidante en su desarrollo. ¡No da un solo respiro! Y es genial hasta en su desenlace, en el cual Brown tarda lo justito en dar todas las explicaciones y cerrar todos los hilos abiertos en la novela. Un mecanismo de relojería que parece funcionar con la cuerda de la alucinación y el delirio. La atmósfera de ensoñación que poco a poco se va tornando enfermiza y etílica es envolvente y nos obliga a asistir a la más desarmante de las paradojas: este relato quizá sea la pesadilla más divertida a la que uno pueda enfrentarse. Brown demuestra una maestría soberbia en todo el relato, pasando del horror y la intriga a la carcajada y la ironía con una facilidad que no parece humana. La noche a través del espejo es sin duda uno de los mejores libros del género que he leído jamás, y pocas veces las referencias a los dos clásicos de Carroll protagonizados por la niña Alicia han sido utilizados de manera tan deslumbrante.


“Cuantos más años se cumplen, menos se teme a los fantasmas, se crea en ellos o no. Al pasar de los cincuenta, han muerto ya tantos de nuestros conocidos que los fantasmas, si existen, no nos son tan extraños. Algunos de nuestros mejores amigos son fantasmas, ¿por qué íbamos a tenerles miedo? Y no transcurrirán muchos años antes de que nosotros también pasemos al otro lado.” (p. 174)




BROWN, Fredric. La noche a través del espejo. Prólogo de Juan Salvador; ilustración de cubierta de Luis Doyague; traducción de Susana Carral. Madrid: Reino de Cordelia, D.L. 2014. 302 p. Reino de Cordelia; 31. ISBN 978-84-15973-22-5.