jueves, agosto 14, 2014

De la luz a la oscuridad: Mario Bava (2013), de Carlos Aguilar



Si bien no es todo lo conocido que quisiéramos, entre los aficionados al cine fantástico y de terror la obra de Mario Bava es admirada con fervor. Incluso la crítica más seria muestra sus respetos por un director que nos dejó cuando menos un buen puñado de obras maestras del género. Mario Bava, de Carlos Aguilar, es un análisis de las películas y un recorrido por la vida de su autor escrito con una profundidad y una pasión en verdad contagiosas. Quizá era un libro así lo que nos faltaba para que Bava fuera reivindicado de manera completa. Aguilar no sólo nos introduce en el mundo del maestro italiano con precisión, sino que nos ofrece además un paseo apasionante por todo el cine europeo de la época. Un libro con el que he disfrutado y he aprendido en cada página. Lo comento con más detalle AQUÍ, en la revista de cine El antepenúltimo mohicano.  


Me gustan muchas pelis de Bava, qué os voy a contar, pero por Terror en el espacio (Terrore nello spazio, 1965) siento una debilidad especial. Y eso que Evi Marandi no está en pantalla todo el tiempo que me gustaría... Pero perdonemos a Bava por esto. ¡Nadie es perfecto!

AGUILAR, Carlos. Mario Bava. Madrid: Cátedra, 2013. 331 p. Signo e imagen / Cineastas; 94. ISBN 978-84-376-3096-0. 

martes, agosto 12, 2014

El baile (2014), de Rui Díaz



Nuestros amigos de la editorial El Verano del Cohete mantienen la sana costumbre de, entre sus publicaciones más importantes, seguir editando fanzines. Son ya cuatro libros, a punto de tener listo un quinto, y dos hermanos más pequeños. La aventura del Doctor Claudius Tanganika y su máquina del demonio, obra de Borja González y quien esto escribe, abrió el fuego de esta colección más modesta, casi secreta, que ahora se ve ampliada por el relato que a continuación vamos a comentar, El baile, que cuenta con una sensacional cubierta también obra de Borja González. Su autor, Rui Díaz, ya nos deleitó con su novela Los turistas. Ahora se ha embarcado en una historia más enraizada en el cuento fantástico de tradición europea, ésa que funde de manera única terror con fantasía sin dejar de tener nunca un pie apoyado en la realidad. En esta ocasión, la realidad histórica de un suceso tan increíble que pareciera fruto de la más delirante imaginación: una epidemia de baile que se desató en Estrasburgo a principios del siglo XVI. El propio Rui nos explica el origen de su relato en la web de la editorial (aquí).   

Con semejante punto de partida, Rui nos lleva a una pequeña casa rural en la que una familia sufre en su adolescente hija los efectos de este mal que es más terrible de lo que nos pudiera parecer. La fiebre del baile se adueña de su víctima y la convierte en una esclava sin voluntad que no puede detenerse ante el ritmo infernal que estalla en su cabeza. Asistimos impotentes a los intentos de un doctor por recuperarla a la cordura y al mundo racional y a la desesperación de sus padres que ven cómo éste fracasa una y otra vez en su lucha por lograr una curación. La niña se retuerce en espasmos, se aferra como una araña a las paredes e inicia un incontrolado baile ante el espanto de todos. La historia se desarrolla, pese a esto, en los límites de un realismo más o menos veraz (el carácter retrógado del padre es quizá demasiado recurrente), pero cuando menos (¡y de quien menos!) lo esperamos el relato rompe nuestros esquemas y nos introduce sin respiración en los senderos del fantástico. Porque ese doctor que hasta ahora sólo hemos visto sufrir y luchar incapaz de vencer el mal que está destruyendo a la joven no es un doctor al uso: puede desenvolverse en unos códigos temporales que no son los nuestros (como el Doctor Who) y realizar viajes astrales (como el Doctor Extraño creado para la Marvel por Stan Lee y Steve Ditko) en busca de explicaciones que le hagan entender el por qué de la enfermedad. Y es aquí cuando el cuento despega, abandona los terrenos más cómodos y nos deja con el alma en suspenso haciéndonos correr, como el mal hace a los demás bailar, sin poder detenernos hasta atisbar el corazón del horror.

Es en estas capacidades fantásticas del médico rural kafkiano atravesado por el hálito de lo increíble donde Rui nos regala sus mejores páginas: el alucinante viaje astral que nos arrastra hasta el corazón mismo del origen de la enfermedad ofrece una visión de horror genuina e impactante que enorgullecería al mismo Lovecraft. Nuestro doctor está en horas bajas y encarar el horror abisal no es algo como para vencer ni en los mejores momentos, pero al menos luchará por desentrañar la verdad. Gente bailando poseída, manicomios abandonados, un doctor con poderes sobrenaturales y el aliento de una criatura procedente de algún lugar más allá de la comprensión humana… Todas estas cosas nos encantan y en El baile se desencadenan con la fuerza y la trepidación que las hacen fantásticas. Rui afirma que ésta es tan sólo la primera de las aventuras de su misterioso doctor, las cuales se desenvolverán siempre tomando como punto de partida acontecimientos extraños tomados de la historia, sucesos reales e incomprensibles de los que ahora tendremos la oportunidad de conocer su verdadero y terrorífico origen. Esperamos con ansiedad la siguiente.



DÍAZ, Rui. El baile. (Ilustración de cubiertas de Borja González). (Badajoz: El Verano del Cohete, 2014). 32 p.  

viernes, agosto 01, 2014

Barsoom: la revista del pulp y la literatura popular, número 11 (primavera 2010)


Es sencillamente fantástico que este número de Barsoom dé inicio nada más y nada menos que con nuestro admirado Harry Stephen Keeler. Javier Jiménez Barco escribe una perfecta introducción tanto al escritor como a su obra, que en su caso lo primero también es importante: Estrambótico y sorprendente Harry Stephen Keeler. Un paseo quizá algo breve (de lo que nos gusta siempre queremos más, vaya, qué os voy a decir), pero desde luego suficiente para un primer acercamiento al que sin duda es uno de los escritores más raros del mundo. Y para redondear la satisfacción, a continuación se incluyen dos cuentos del maestro. Los servicios de un experto (The Services of an Expert, publicada en la revista 10 Story Book, de la cual Keeler fue editor de 1919 a 1940, en septiembre de 1914) es un buen relato, llevado con brío e interés y con un final sorpresa tan encantador como divertido. Una muestra perfecta, en pequeñito, del mejor Keeler. Del mismo también haría una versión en forma de minúscula pieza teatral que se publicaría en el año 1920 en la página editorial del semanario Chicago Ledger. El segundo relato, El expreso del valle pasa a su hora (Valley Express on Time, publicado por primera vez en el Ohio Farmer en 1913, después en la revista 10 Story Book en febrero de 1923), aunque escrito un año antes que el anterior es un buen ejemplo del Keeler más rebuscado y artificial. Si en el primero sorprendía la naturalidad con la que nos introducía en el engaño, aquí sucede lo contrario: todo es forzado y se nota la mano del autor empujando a sus personajes para que todo encaje en la sorpresa final. Pero no importa: Keeler también es así. Y ambas caras nos gustan.


Harry Stephen Keeler. Gran cantidad de fotografías en la página de Mark Allen dedicada a nuestro héroe, AQUÍ.

No puedo decir lo mismo de Sax Rohmer, un escritor que me suele aburrir bastante. Cierto que sus malévolos personajes orientales tienen su encanto, como es el caso de la protagonista de La llave del templo del cielo (The Key of the Temple of Heaven, publicado en The Story Teller en 1916), pero también este relato es una prueba un pelín dolorosa de sus limitaciones: trama de una simpleza soporífera, personajes adocenados, predecible hasta la extenuación y de una pobreza y una incapacidad notables a la hora de atraparnos en un ambiente de aventura o misterio. Siguen las secciones habituales de la revista: la reseña (más bien un resumen sin aparato crítico) del número 3, Buitres del mar, de la serie de libros Pabellón Negro obra de Arnaldo Visconti (Pedro Víctor Debrigode) de la mano de Alfredo Jiménez Cruz; y la segunda entrega de Tarzán: la aventura perdida de Edgar Rice Burroughs (acompañada de algunas ilustraciones de Tom Yeats). El artículo Mike Palabras: un héroe inclasificable, de José Ignacio Martínez Ruiz, dedicado a este más que atípico personaje dentro de la novela popular española es excelente en cualquier sentido: toda la información deseable sobre los diversos autores de la serie y comentarios a sus obras. Modélico en su combinación de pasión y documentación sin ceder a una fácil exageración reivindicativa.

Dos contra Tiro (Two Against Tyre) de Robert E. Howard es la dosis habitual en Barsoom del autor texano que hará las delicias de sus fans y que al resto de los mortales, qué demonios, nos resulta entretenido de verdad. La ambientación histórica no es más que un cambio de escenario para la ración esperada de leñazos que Howard sabía contar tan bien. Las páginas siguientes están dedicadas al gran H. P. Lovecraft (cada cual con su altar particular, es cierto). Tanto Fantasmagorías de linterna mágica de Óscar Mariscal, A propósito de los denominados “fenómenos paranormales” de Lovecraft, como Las casas de duendes de Providence, de nuevo de Mariscal, ya los habíamos leído en el libro El fantasma de la mansión Guir (The Ghost of Guir House, 1897) de Charles Willing Beale, en el cual se incluían complementándola. Nunca está mal volverlos a leer. 

Ya he comentado alguna vez (AQUÍ) que Lin Carter y Lyon Sprague de Camp no es que sean el colmo de la originalidad en sus historias adaptando e inventando nuevas aventuras para  Conan, el personaje de Robert E. Howard. Pero resultan efectivos y entretenidos y en La joya en la torre (The Gem in the Tower) una vez más consiguen ambas cosas con una aparente facilidad que no hace sino hablar muy bien de su trabajo. No es que el murciélago humano oculto en la torre de un mago y su secreto nos parezcan algo interesante. Ni siquiera con Conan de por medio. De ahí el mérito de los autores de este relato: consiguen atraparnos pese a nuestro desinterés inicial y nos conducen, con moderada emoción pero creciente atención, a través de una trama poco original pero con la magia que mantiene lo ya sabido cuando es narrado con clase y estilo. 


Strange Tales, octubre de 1932, cubierta de H. W. Wesso.

Y llegamos a una estupenda sección, para mí una total debilidad: Investigadores de lo oculto, centrada en esos personajes que se dedican a labores detectivescas relacionadas siempre con asuntos fantásticos y extraños. Esta vez el protagonista es Philip Hastane, creado por el magnífico Clark Ashton Smith. Hastane no es que sea el consabido detective de misterios, sino un artista, trasunto del propio Smith, que se ve envuelto en aventuras sobrenaturales. Javier Jiménez Barco de nuevo se encarga de escribir una excelente introducción al personaje incluyendo un repaso por todos los relatos protagonizados por él. Y como colofón al mismo se incluye Los cazadores del más allá (The Hunters from Beyond, publicado en Strange Tales en 1932). No es el Ashton Smith más evocador, capaz de esas evanescentes ensoñaciones terroríficas que nos apasionan, el que encontramos en esta ocasión, pero su capacidad para llevarnos en un solo párrafo a las puertas del horror se presenta poderosa hasta en este sencillo cuento. Y además se acompaña con ilustraciones de Virgil Finlay, así que no podemos pedir más. Complementa este apartado dedicado a Hastane un fragmento de una aventura protagonizada por él que Ashton Smith dejara inconclusa: La música de los muertos (The Music of the Dead).


Ilustración de Frank R. Paul.

Un breve y efectivo relato de terror de Carlos Saiz Cidoncha, La cueva del lobo muerto, escrita a la manera de “un suceso real” (o al menos así se me ha antojado), pone fin a la Zona Weird de la revista, la dedicada a la fantasía y el horror. La Zona Antares, la de ciencia ficción, se abre con una breve reseña dedicada a la utopía Montañas, mares y gigantes (Berge, Meere und Giganten, 1924) de Alfred Döblin: La fuerza de los volcanes islandeses en una novela oscura, barroca y salvajemente exuberante, de Augusto Uribe. Un espectacular portafolio de ilustraciones de Frank R. Paul ocupan las páginas siguientes. Son las que realizara para la novela de Hugo Gernsback Ralph 124c 41+: A Romance of the Year 2660 (1911), que por desgracia no he tenido la oportunidad de leer.


Startling Stories, otoño de 1954, cubierta de Alex Schomburg.

El manual de matrimonio (The Marriage Manual, publicado en Startling Stories en 1954) es un fantástico relato de una autora que siempre logra sorprenderme: Margaret St. Clair. La Ursula K. Le Guin de los pulps nos regala esta vez una historia desconcertante que mezcla sociología y xenobiología con cambios de sexo y ese afán locuelo de conocimientos que tan bien conocemos gracias a esos científicos dispuestos a todo que en número incontable nos ha ofrecido el género, también con su pizca de avaricia impenitente en su deseo de enriquecerse con ellos como sucede aquí, con unas formas sencillas pero de alcance profundo. Adoro a esta escritora, así que quizá me ciegue la pasión. Bienvenida sea.


Future Combined with Science Fiction Stories, mayo de 1951, cubierta de Leo Morey.

Firmado por Redacción de Barsoom, de nuevo tenemos ahora otra fantástica presentación de una serie de novelas que no puede resultar más prometedora: Dominic Flandry: espía intergaláctico. Confieso que no tenía ni idea de este personaje creado por Poul Anderson, pero sólo ya con el repaso breve a sus aventuras he disfrutado. Y como siempre en Barsoom, nada mejor para ilustrar un buen artículo que incluir un relato protagonizado por el héroe reivindicado. En Enemigos honorables (Honorable Enemies, publicado en Future Combined with Science Fiction Stories en mayo de 1951) es la primera vez que Flandry se enfrenta a su némesis, el agente mersiano Aycharaych de Chereion, y me ha parecido un cuento extraordinario. Primero, por presentar personajes tan apasionantes y con un “malvado” tan sensacional como el mentado agente mersiano. Y segundo, por ofrecer una de esas maravillosas historias donde la ciencia ficción va de la mano de una desbordante imaginación y una magnífica capacidad de mostrarnos otros mundos y lograr trasladarnos a ellos con una facilidad mareante. Un cierre genial que se certifica con la nueva entrega del Capitán Rido, de J. Hill y Julio Ribera, El rey de las montañas. Otra vez más Barsoom ha conseguido apasionarnos.


BARSOOM: la revista del pulp y la literatura popular. Número 11. Primavera 2010. La Hermandad del Enmascarado. 90 p.

lunes, julio 28, 2014

Los cinco frascos (1916), de M. R. James



El erudito Montague Rhodes James (1862-1936) es recordado hoy más que por sus ensayos sobre manuscritos medievales y su correspondiente clasificación por sus modernos cuentos de fantasmas. Modernos porque él introduce en la tradición de los cuentos de fantasmas clásicos, tanto los primitivos góticos como los aún para él no muy lejanos victorianos, de manera definitiva los ambientes y espacios cotidianos y de tiempo presente en ellos, un poco siguiendo la estela de su admirado Joseph Sheridan Le Fanu, alejándose de los entornos siniestros habituales aunque sin renunciar del todo a los mismos. En James una iglesia medieval o un pergamino antiguo son objeto de estudio o análisis, como él hiciera en la vida real, para a través de ellos o por su intermediación introducir el elemento espectral, le sirven de pie de entrada para, nunca sin una buena dosis de sentido del humor, llevarnos ante las presencias fantasmales. Es toda una alegría, casi una celebración (yo al menos así me lo he tomado), descubrir que al fin se edita en español uno de sus escritos inéditos. Y no una de sus colecciones de comentarios a los citados manuscritos medievales, a las que no nos importaría echarles un ojo, cuidado, sino un relato fantástico en toda ley. Aunque adscrito a esa tradición que toma el cuento popular, el folclore y el cuento para niños como marco, James nos deja aquí una novela bien breve en la que la fantasía y el horror se hacen compañía con la maestría y la elegancia habituales en el que sin duda es uno de nuestros autores favoritos de cuentos de fantasmas.

Los cinco frascos (The Five Jars, 1916, aunque no es publicado hasta 1922) adopta la forma de una carta que el propio James escribiera a su pupila en la vida real Jane MacBryde. Es maravilloso el tono bucólico y feérico que mantiene en sus páginas, entrelazando a la perfección lo fantástico con ese ya comentado humor con el cual James sabía impregnar de forma tan magnífica sus historias. El inicio es toda una delicia, con ese protagonista (James) paseando y perdiéndose entre la floresta y los umbríos bosques persiguiendo el rumor y la llamada de las aguas, emparentándose en forma e intenciones con los mejores relatos del romanticismo alemán. Un arroyo que se torna pletórico de vida y que guía al narrador a lo más profundo de su fuente, un manantial cristalino rodeado de ancianos robles que encierran un misterio portentoso. El cuento de hadas se torna en sus manos en una experiencia arrolladora donde lo imposible deviene realidad.

A partir de aquí conoceremos, con una narración en primera persona que favorece el tono de confesión en voz baja, de secreto compartido pues no de otra cosa se trata, estamos leyendo una carta, la que James aparenta escribir a su joven protegida, cómo el protagonista pudo conocer a la gente menuda, a las Criaturas Afables y a sus contrarios las Criaturas Aviesas, y cuál es el secreto de que pueda comunicarse con los animales, los ríos, las plantas del bosque y los árboles, siendo un pequeño lago o manantial, en la más pura tradición fantástica popular, el origen de los prodigios o cuando menos la fuente de ellos. Pero este mundo maravilloso y encantado también cuenta con su contrapartida maligna: son las mentadas Criaturas Aviesas quienes protagonizarán los momentos más terroríficos y escalofriantes en su deseo de arrebatar a James los cinco frascos mágicos. La progresión detallada, noche a noche, de cómo el autor va ingiriendo el contenido de los diversos frascos que le llevan y lo introducen cada vez más en ese mundo paralelo donde lo fantástico está más lleno de vida que nuestro cotidiano quehacer y lo que va aconteciendo en ellas, los descubrimientos, las amistades nuevas que hará y los enemigos desconocidos que lo acecharán, está narrada con una naturalidad que, perdonadme que lo diga de forma tan torpe, pareciera sobrenatural. Las grises columnas de niebla que avanzan en la noche arrastrándose hasta la casa del narrador para intentar arrebatarle los frascos, o el impresionante ataque de la bola de murciélagos en una lucha sin cuartel entre James y sus nuevos y jóvenes aliados, son dos de los más celebrados, con razón, capítulos en esta pequeña novela que no sólo nos habla de prodigios, sino que ella misma lo es por su perfección.


A modo de continuación de Los cinco frascos se incluye el relato El campo de juegos después de anochecido (After Dark in the Playing Fields, 1918), de nuevo con un búho como figura guía al mundo fantástico, rebosante de sabiduría ancestral y un divertido carácter malhumorado como corresponde al de un sabio que fuera interrumpido en sus reflexiones. Este relato muestra un aspecto más oscuro y adulto que el de Los cinco frascos, pero resulta muy afín a los momentos más siniestros y espeluznantes de éste. En su estructura básica ambos son semejantes, y ambos son herederos de tantos y tantos cuentos e historias provenientes de la tradición fantástica: el del caminante solitario que se topa de improviso con lo increíble.

James impregna este último relato de continuas referencias a El sueño de una noche de verano (1595) de William Shakespeare, no puede evitar su querencia más clásica y erudita, pero como nos comenta Óscar Mariscal (autor de esta traducción que no podemos dejar de definir como modélica) en sus no menos eruditas notas, en Los cinco frascos no hace sino posicionarse junto a otras fantasías infantiles que los adultos disfrutamos por igual: el clásico indiscutible que es Alicia en el país de las Maravillas (1865), de Lewis Carroll, o esa otra maravilla sin parangón que es Los niños del agua (1863), de Charles Kingsley. Acompañada de las ilustraciones de Gilbert James que iluminaban la edición de 1922, sólo podemos recomendar este libro absorbente, mágico y maravilloso. Su lectura ha calado hondo en este oscuro lector, y por eso no puedo sino instaros a que dejéis de lado cualquier otro libro que estéis leyendo, siempre habrá tiempo para ellos, y os detengáis en esta pieza exquisita y fulgurante que esplende como una pequeña semilla en el fondo de un manantial prodigioso.


JAMES, M. R. Los cinco frascos. Ilustraciones de Gilbert James; traducción y notas de Óscar Mariscal. (Córdoba): Berenice, 2014. 149 p. Los libros de Pan. ISBN 978-84-15441-49-6.  

viernes, julio 25, 2014

Puertas (1988), de Gene Wolfe


“¿Habría fuego en el purgatorio? No, el fuego era en el infierno.” (p. 105)

Fui avanzando en la lectura de Puertas (There Are Doors, 1988) como entre bloques de hielo, los mismos por los que escala el protagonista de la novela cuando debe acercarse a la playa que se extiende frente al hotel de la extraña ciudad donde se hospeda en su deseo de contemplar un mar que no pertenece a este mundo. Gene Wolfe comenzó tal que ésta fuera una de sus obras más asequibles tras el evidente esfuerzo de la monumental (por excelsa, no por su número de páginas) pentalogía El Libro del Sol Nuevo (1981-1987), pero no. Después de unos primeros capítulos en los que pareciera que nos movemos por tierras familiares, o cuando menos comprensibles, enseguida abordamos puertos complejos y enrevesados donde la potencia de las imágenes sugeridas por Wolfe nos impactan y desconciertan por igual. Da la sensación de que nos permitiera aferrarnos a un evanescente hilo argumental para arrastrarnos a una vorágine que no deja de avanzar paralela a la que padece el protagonista, el señor Green. Nos ciega e hipnotiza y seguimos adelante confusos y fascinados, sin saber bien hacia dónde nos dirigimos pero consiguiendo que esto nos dé igual. Sólo debemos disfrutar (y sufrir) el viaje.

Puertas parece ser un libro muy odiado por los aficionados a la fantasía, lo que hace que le tenga más cariño del que ya por sí le iba profesando según lo leía. Ojo, que entiendo este rechazo generalizado: no es una lectura fácil. Pero yo me lo he pasado de escándalo con esta rareza excepcional de un escritor al que admiro profundamente. En esta ocasión narrando una búsqueda desesperada a través de universos paralelos a los cuales se puede acceder, como se nos indica en el título, a través de puertas dimensionales que, no sé todavía si para bien o para mal, son difíciles de localizar, tratándose más de suerte o casualidad que de una certera posibilad el poder atravesarlas. Como es lo normal tratándose de Wolfe, el texto está atravesado y enriquecido por multitud de referencias de todo tipo. No es la locura referencial e inabarcable que encontramos en la saga del Sol Nuevo, pero estamos nadando entre las aguas de una realidad tan irreal como la que nos mostrara en ésta. Sin su grandeza: el Sol Nuevo es, a mi gusto, una de las más poéticas, sorprendentes y mayestáticas obras maestras que nos ha dejado la fantasía (y no sólo de la fantasía, quienes la hayan leído lo saben). La de más difícil acceso, pero sin duda una de las más gratificantes y poderosas del género.  

Quizá la referencia más evidente en Puertas sea la que se hace a la novela El castillo (Das Schloß, 1926), la genial novela que Franz Kafka dejara inconclusa a su muerte. De manera directa, encontrando el protagonista un ejemplar en alemán del mismo y con la aparición de un personaje llamado Klamm, siendo estas dos quizá las más superficiales. Una tercera y más profunda es que tal vez (y disculpad mi imprecisión, pero tratándose de Wolfe siempre existe el temor de quedarse uno corto en las interpretaciones) pudiera ser Green un moderno agrimensor K. perdido en un mundo que no entiende en el cual busca incansable a una persona que se nos antoja inalcanzable. Aquí se trata de una joven con la que Green, en el mundo “normal”, el que conocemos o identificamos como nuestro, estaba manteniendo una relación. Justo acababa de conocerla cuando, al atravesar una de las puertas del título que llevan a ese otro universo paralelo o quizá imaginado, la perdió. Una de esas puertas que desde el magnífico relato de H. G. Wells La puerta en el muro (The Door in the Wall, 1911), los amantes del género fantástico conocemos tan bien.  


No se trata, claro está, solamente de que Green pase por un portal a otra realidad, otro mundo o universo paralelo como hemos indicado, ni tan siquiera a muchos o a una sucesión de ellos. Esto sería lo normal o lo que cabría esperar de un relato de este tipo. Y lo normal o lo cómodo es enemigo de la obra de Wolfe. La sensación en algunos tramos de la novela es que llega un momento en que cada vez que los ojos de Green miran o se detienen en algo, lo que éste ve se asemejara a flashes o imágenes de aquello que observa, pero de forma enloquecida, alterado por su mente, sin orden aparente ni lógica conocida alguna. Todo se transforma en un carrusel continuo de visiones que en tres frases nos lleva a atisbar universos que otros autores desarrollarían y nos detallarían en varios tomos. Tal es así que nuestro protagonista cree estar soñando todo el tiempo, pues piensa que estas visiones y alucinaciones forman parte de fugaces sueños. El lector duda: Green, tanto en el mundo conocido como en el otro, acaba dando con sus huesos en sendas instituciones para enfermos mentales. Hay un conseguido tono de vigilia, de fantasmagórico duermevela que me ha parecido subyugante y maravilloso.

Algunas otras referencias. Una podría ser que la muñeca viva que lleva Green en un bolsillo durante casi toda la novela, Tina, consista en una broma privada (o no) con el episodio 6 de la temporada 5 de la serie The Twilight Zone (1959-1964), Living Doll (1963, dirigido por Richard C. Sarafian y con guión de Charles Beaumont), cuya coprotagonista, una muñeca llamada Talky Tina, se enfrentaba a un atormentado Telly Savalas mientras aquélla le espetaba una aterradora e inolvidable frase: “My name is Talky Tina and I’m going to kill you.” Otra: hacia el final de la novela se nos desvela el nombre completo de Green: Adam K. Green. No hay sorpresas en reconocer en él esa kafkiana K. Otra más: a Antinea, la mujer fatal por experiencia, como nos diera a conocer Pierre Benoit en su fantástica novela La Atlántida (L’Atlantide, 1919). Por último, Wolfe incluye un cuento que ignoro si es de su autoría o se trata de una adaptación: el de Jacob y Joseph en la Selva Negra. Pero por muchas obras ajenas que se traigan a colación, vengan a propósito o no, lo que de verdad importa es la novela de Wolfe en sí misma. Y Wolfe, cuando menos lo esperábamos, cierra y deja clara su historia en el desenlace de la novela (sí, lo habitual en otros aquí también es sorprendente). Todas las explicaciones se nos aparecen diáfanas, con emoción y transparencia, y si bien no alcanza las cotas de maestría absoluta de su Sol Nuevo sí que acaba resultando una novela excelente digna de su autor.

WOLFE, Gene. Puertas. Ilustración de portada de Michael Whelan; traducción de Celia Filipetto. Barcelona: Martínez Roca, 1994. 282 p. Gran Fantasy. ISBN 84-270-1826-6.

jueves, junio 12, 2014

Siniestra obsesión (1963), de Peter Debry



Pedro Víctor Debrigode Dugi (1914-1982), nombre real que se oculta tras el seudónimo de Peter Debry, está considerado uno de los padres de la novela negra en España. Aunque como todos los autores de novela popular que vieron nacer sus obras dentro del mundo de los bolsilibros practicó todos los géneros literarios habituales en este tipo de publicaciones, fue precisamente este en el que destacó y el más reivindicado por sus seguidores. Si bien algo desconocido comparado el suyo con otros nombres de lo que podríamos llamar el pulp hispano, sí que goza de muy buena reputación. Nunca había leído nada de él y fueron precisamente los elogiosos comentarios a diversas novelas suyas lo que me ha animado a leer esta Siniestra obsesión (1963), la cual prometía no solo una incursión en los pantanos del noir sino también en los del fantástico desde esa portada que muestra una chica no se sabe si asustada o encantada ante la presencia de un relamido heredero del conde Drácula. Y un poco de todo esto hay, pero quizá no sea al final esta la mejor de sus novelas. No me ha gustado nada, en algunos tramos hasta diría que me ha disgustado sobremanera, pero no me rendiré con él. Un autor que llegó a tener una media de publicación de una novela a la semana es normal que no siempre acertara. Y aquí hemos dado sin dudar con una de las fallidas.


Siniestra obsesión mezcla muchas cosas, y todas mal. Si presenta detalles de la novela negra más clásica, sobre todo en algunas características de los tipos que aparecen a lo largo de sus páginas, en esencia debe más al relato tradicional de misterio a lo Agatha Christie, el consabido whodunit o vete a saber quién cometió de verdad el crimen, entreverado todo ello con una historia de vampiros que no puede resultar más desubicada. Y esto debido a las formas de Debry, que es incapaz de provocar la más mínima inquietud ante las apariciones se supone que terroríficas y espectrales pero narradas sin brío, recurriendo al tópico más trillado y sin la más mínima capacidad de crear una atmósfera creíble. Los ataques vampíricos son narrados de forma rutinaria, todo muy circunspecto y sin el más mínimo sentido del humor a falta de capacidad de inquietar al lector. Se pelean más que se funden entre sí la trama pretendidamente fantástica con la criminal, resolviéndose esta mucho antes ofreciendo un final cuando aún tenemos por delante un buen montón de páginas, mostrando así una tremenda descompensación. Ambientada en Inglaterra, sus personajes no pueden utilizar un lenguaje más castizo. No hay forma humana ni vampírica de que estos nos resulten simpáticos, y eso que Debry recurre al modelo de Erle Stanley Gardner con sus Perry Mason y Paul Drake, como el mismo autor reconoce en un bonito gesto en la página 27, para darles una curiosa vuelta. Lástima que también acabe desaprovechando esto. Debry se esfuerza pero no hay manera.


Nos acercamos al final y pasamos entonces a tener más de treinta páginas explicando el soporífero embrollo con el consabido truco de reunir a todos los sospechosos en una habitación. Un rollo anticlimático y pesado, bien es cierto que ya no esperaba nada una vez había llegado hasta aquí, plomizo y sin interés que da la sensación de alargarse hasta el infinito. El fiscal protagonista nos explica el lío y no pueden resultarnos más indiferentes sus palabras. Todo deviene en explicaciones racionales de lo más chusco (un Scooby Doo en toda regla) pero en un tono de seriedad escalofriante. Y eso que la resolución a cómo se hacían pasar por vampiros los malos de la función podría haber dado lugar a unos momentos francamente divertidos y delirantones con esas explicaciones tan chorras: que si proyecciones cinematográficas en la pared con un tubo proyector, lo que quiera que esto sea, un palo en cuyo extremo se ponen un par de agujas y a través de un agujero en la pared se llega al cuello de la víctima… En fin, perdonad que os las cuente, pero es que así la cosa parece que promete, pero no. Ha sido este un primer contacto con Debry de lo más decepcionante. Por tópico, aburrido, contenido y gris hasta la somnolencia.


En la contraportada tenemos el nº 1519 de un coleccionable dedicado a las estrellas de Hollywood, con una esplendorosa Rita Hayworth de la que se especifica su nombre hispano original. Debajo de esta líneas, el anuncio habitual que se solía incluir en estas novelas publicitando otras obras. Siempre las temáticas románticas y del oeste dominantes frente al resto. La colección Punto rojo, de la que Siniestra obsesión es su número 54, estaba dedicada al crimen, el misterio y el terror, todo en un mismo bloque pues todavía eran fechas tempranas en el régimen para mostrar de manera abierta una colección con una cabecera de terror.  




DEBRY, Peter. Siniestra obsesión. Barcelona: Bruguera, 1963. Punto rojo; 54. 121 p.      

martes, junio 10, 2014

La cara del hombre de Saturno (1933), de Harry Stephen Keeler



Jimmie Kentland es un joven periodista del Sun, el único periódico socialista de Chicago, en el cual lleva trabajando solo una semana y ya ha recibido un ultimátum de su director pues le han pisado dos noticias: ¡debe encontrar una primicia en un plazo de siete días o será despedido! Así que aquí vemos a nuestro audaz reportero en busca de esa exclusiva que lo ayudará a conservar su puesto de trabajo. En fin, estamos en el habitual contra reloj con el que el genial escritor norteamericano Harry Stephen Keeler gustaba de embarcar a los protagonistas de sus novelas. La trama se convierte así en un desesperado correr de aquí para allá buscando una solución a lo que sin remedio se acabará convirtiendo en un lío endiablado. El pobre Jimmie se encontrará con que no solo en esta ocasión deberá luchar contra el tiempo a lo largo de las páginas que se sucederán, pero sabemos que todo alcanzará un desenlace feliz. Eso sí: los múltiples caminos por los que discurrirá su vida en los dos o tres días durante los cuales se desenvuelve la historia nos resultarán tan inescrutables como sorprendentes. Tendremos un asesinato imposible con un persa atravesado por una lanza, traficantes de drogas, una oscura trama de chantaje, espionaje, venta de planos y alta traición y los personajes raros típicos de nuestro autor.


La cara del hombre de Saturno (The Face of the Man from Saturn, 1933) pertenece a la época en la cual Keeler publicaba sus novelas en la editorial Dutton, más de una década (de 1927 a 1942) que constituye su etapa de mayor éxito como escritor. La verdad es que ignoro si fue mucho o poco, pero desde luego sí más que el que logró entrados ya los 40. La trama en esta ocasión, aun liosa con ganas, no es tan enrevesada, descabellada y delirante como en otras de sus obras, pero eso no impide que sea disfrutable al máximo y que nos vayamos a librar de la consabida dosis de delirio. La primera vez que la leí me dejé llevar por el título y pensé que el bueno de Keeler se había lanzado con la ciencia ficción, y no es así. Bueno, no y sí, porque en mitad de la novela incluye un relato, siendo esta otra característica de nuestro amado autor (el relato incluido podía ser suyo o a veces de su esposa, Hazel Goodwin, o bien tratarse de un poema o de más de un relato o…), que sí podríamos considerar perteneciente a este género, o al menos colindante con él: La extraña historia del dólar de John Jones. Un pequeño clásico de Keeler cuya inclusión está justificada en la trama, por descontado, pero bien es verdad que de esa manera tan keeleriana de que podría ser este u otro cualquiera. En fin, esta historia del dólar de John Jones es un cuento fantástico, en todas las acepciones del término, que da inicio el día 201 del año 3235 de la Era Cristiana. Es todo un destilado de las maneras de su autor, perfecto para conocer tanto sus virtudes como sus defectos, aunque la trama de puro delirante acaba siendo entrañable, con su estilo tan espeso como absorbente (ayudado sin duda por el estilo del propio traductor, el sempiterno Fernando Noriega Olea, sufrido y brillante porque vaya tarea tenía encomendada, sin duda difícil) y la tesis descabellada de su propuesta, que no es otra que la demostración del triunfo del socialismo a partir del ingreso de un dólar en el Primer Banco Nacional de Chicago en el año 1935. (Dos jóvenes autores de cómic españoles realizaron una curiosa adaptación de este relato. Fue publicado en el número 74 de abril de 2010, AQUÍ, del imprescindible boletín Keeler News. Nos comentan que andan ahora mismo enfrascados en una nueva versión del mismo que completará un álbum de historietas dedicadas al maestro).

Aunque el premio al momento alucinógeno made in Keeler se lo lleva esa descalabrante idea de que París se encuentra rodeada de campos minados para protegerla, en caso de guerra, de ataques por tierra. Estas minas se pueden hacer estallar desde unas estratégicas cámaras de explosión ocultas, las cuales serán el detonante, valga la redundancia, del lío de traición y extorsión al que asistiremos estupefactos debido al tejemaneje que se traen los aviesos malvados de la función con sus planos. Premio repartido ex aequo con la nota incluida en la página 163: un aviso al lector que insta a que nos detengamos e intentemos solucionar el enigma planteado en la novela. No hace falta avisar de que ni os molestéis en intentar esclarecer ni tan siquiera la más exangüe línea de la trama, pues resulta del todo imposible adivinar nada porque, de manera literal, faltan todos los detalles, los cuales Keeler nos empezará a desvelar justo después de este aviso.      


Aunque se multiplican las coincidencias increíbles en su desenlace, como no podía resultar de otra forma leyendo a quien estamos leyendo, no deja de ser una novela “de las más normales” de Keeler en el sentido de que no cae en las digresiones comunes en él. Va al grano, no se desvía de la trama principal ni un ápice (ya sabéis qué quiero decir: hay digresiones, claro, pero sin disparatarse, lo cual no necesariamente es un punto a favor…) y cumple con el final feliz de rigor. La acción se concentra en Chicago, el Londres americano, su panel de juegos favorito, y la trama, como he indicado, es sencilla y está bien hilvanada, no resultando tan enloquecida como, por ejemplo, la hace poco comentada Enbusca de X-Y-Z. Digamos pues que La cara del hombre de Saturno es una novela de misterio más convencional sin dejar de ser una novela de Keeler. Kentland es el protagonista ultratípico en sus obras, un periodista buenazo y bienintencionado con enormes apuros económicos que se ve envuelto en un lío endiablado sin saber cómo y que tiene el tiempo contado para no ser arrastrado por la desgracia definitiva. Keeler mismo fue editor de una revista, 10 StoryBook, y conocía bien los entresijos de este mundo. 


Portada tomada de la excelente página Acotaciones de un lector de folletines.


 Portada tomada de la simpar página Harry Stephen Keeler Society.

KEELER, Harry Stephen. La cara del hombre de Saturno. Traducción de Fernando Noriega Olea. Madrid: Instituto Editorial Reus, 1946. 261 p.    

jueves, mayo 15, 2014

¿Dónde está mi cabeza? (1892), de Benito Pérez Galdós, ilustrado por Lorenzo Montatore



No afirmo nada del otro mundo si digo que hay lecturas que de niños nos marcan. Muchas para bien, pero aquellas que lo hacen para mal las guardamos como si de una afrenta insoportable se tratara. O al menos así hacía yo, que leer era lo que más me gustaba del mundo y encontrarme con un libro que me disgustara me provocaba un dolor especial, como si aquello que suponía tu mayor refugio, tu más leal aliado y compañero, te traicionara sin compasión. Y esto es lo que sentí con dos libros de esos que nos obligaban a leer en la escuela. Uno fue el para siempre ya odiado La Celestina, que todavía hoy me pregunto a qué mente desquiciada se le ocurrió incluirlo en los programas de lectura cuando uno aún no está formado ni sabe nada de la vida (no sé por qué hablo en pasado: sigo sin tener ni idea de la vida). Mejor ni os cuento qué cara se me puso cuando descubrí al fin qué demonios era eso a lo que se dedicaba la taimada viejuna de “coser el virgo”. El otro libro fue Trafalgar, de Benito Pérez Galdós. ¡Madre mía, qué truño, lo que me costó leerlo! Y, repito, para un niño cuya mayor pasión era leer toparse con algo así era particularmente doloroso. Se daba el caso además de que el archifamoso episodio nacional era adorado por los profesores más odiosos del colegio, los que nos pegaban más. Echaban fuego por la boca y demonios por los ojos cada vez que mentaban a “los ingleses”: solo por lo que estos les hacían sufrir yo ya los quería, para qué os voy a contar otra cosa. Por eso en los libros y en las películas, cuando los ingleses ganaban a los españoles, yo lo tomaba como una victoria personal. ¡No podía ser casualidad que, además, los profesores que más admiraba nunca le dieran importancia a estas derrotas del pasado! En fin, creo que con esto queda explicado por qué jamás me he vuelto a acercar a un libro de Galdós ni con un palo.

El tiempo fue pasando. De hecho, ha pasado mucho tiempo. Y entonces conozco a Loren, un genial ilustrador, un buen amigo, y mira por dónde a él le encanta Galdós. ¿Cómo es posible? ¿Cómo a Loren le puede gustar Galdós si Loren es de los buenos? Ay, ay, todo mi sistema de valores quedaba temblequeando, algo empezaba a romperse cuando resulta que Galdós no es solo El Garbancero (como lo llamaban en la época sus detractores porque escribía muchas novelas y todas duras como garbanzos), sino que alguien de tan demostrado buen gusto y mejor criterio es un gran admirador suyo. Recuerdo (seguro que él no) mi cara de sorpresa cuando Loren me comentó que le gustaba mucho Galdós y yo respondí con los ojos como platos: “¿cómo, que te gusta Galdós el Garbancero?” Y él respondió haciendo una apasionada defensa de su obra, mirándome quizá con la misma incredulidad con que yo lo miraba a él: “¿pero cómo diablos no le gusta Galdós a José Luis?”, lo imagino pensando al tiempo que yo discurría justo lo mismo pero al revés. Y ahora llega a mis manos este libro. ¡Un libro firmado por Benito Pérez Galdós e ilustrado por Loren, aquí Lorenzo Montatore! Cómo es la vida, ¿verdad? Y qué poco he aprendido de ella. Pero en esta ocasión he sabido corregir.


¿Dónde está mi cabeza? es un relato que en su momento fue publicado en el periódico El Imparcial en el número especial de diciembre de 1892. Y debo decir que me ha encantado. Un cuento de esos locos y sin pies ni, nunca mejor dicho, cabeza que tanto me gustan. Un Galdós divertido y con un punto delirante que nos narra una historia que solo por su planteamiento ya se nos antoja fantástica: un señor se despierta una buena mañana y, vaya, resulta que ha perdido su cabeza. Pero más que un despertar al más puro estilo Kafka, lo que encontramos aquí es una aventura tan cotidiana en su devenir como desquiciada en su esencia, recordando de manera poderosa a ese otro gran relato que es La nariz (1835-36), de Nikolai Gogol. Una carrera que se mueve entre la estupefacción y la investigación imposible sobre qué puede haber sucedido con la cabeza de marras, magnificado el efecto de comedia al utilizar Galdós la primera persona, resultando así las reacciones del protagonista más impactantes y divertidas. “Yo, yo mismo, reconociéndome vivo, pensante, y hasta en perfecto estado de salud física, no tenía cabeza” (p. 3). Este formal padre de familia que anda enfrascado escribiendo un tratado filosófico de suma profundidad, Aritmética filosófico-social, nos llegará a revelar en su desesperación que a lo mejor donde ha perdido su cabeza ha sido entre las faldas de su amante, la Marquesa viuda de X…  
  
Nuestros amigos de El Verano del Cohete han editado con el cariño al que nos tienen acostumbrados este relato de manera impecable. Solo abrirlo hace que nos sintamos llevados a épocas pasadas: el mismo tipo de papel elegido se nos antoja un acierto maravilloso, dando al conjunto un aire pretérito encantador potenciado hasta el infinito por la labor prodigiosa a la ilustración de Lorenzo Montatore, que aplica unos colores que nos retrotraen de una sola mirada al Madrid castizo y finisecular de Galdós, ese que él también ama, en una conjunción artística que pareciera que no solo ambos comparten el mismo universo, sino también un tiempo común en el cual hubieran estado hablando de cómo realizar y presentar este libro. Lorenzo Montatore enriquece el tono de comedia delirante del texto no solo con sus divertidos y siempre ingeniosos dibujos, sino que enloquece él mismo al colorear las planchas con colores puros y contrastados, rompiendo la formalidad de mantenerlos sujetos a los cuerpos o los objetos, jugando no con lo surreal, sino con una realidad alterada y distinta, una cotidianidad rota por la intrusión de lo fantástico que juega con lo imposible en los límites mismos de la realidad. Una absoluta delicia que nos lleva a pensar que si en la escuela en vez de Trafalgar nos hubiesen mandado leer este cuento, otro lugar bien distinto ocuparía en nuestro corazón Benito Pérez Galdós. Gracias a este libro le hemos abierto hueco. Creo que es lo más bonito que te puedo decir, Loren. Y a vosotros, tripulantes del más brillante de los cohetes.

(De regalo, os dejamos aquí con el vídeo de presentación de ¿Dónde está mi cabeza?, obra de Mayte Alvarado, que me parece deslumbrante por su forma tan perfecta de introducirnos en lo que este nos deparará cuando lo tengamos ante nosotros).




PÉREZ GALDÓS, Benito; MONTATORE, Lorenzo. ¿Dónde está mi cabeza? (Badajoz): El Verano del Cohete, 2014. 32 p. ISBN 978-84-942610-0-8.

miércoles, mayo 14, 2014

EAM # 52-54: Delmer Daves (con un intermedio para la ciencia ficción de cámara)



Ay, un proyecto que me tiene tan absorbido como fascinado ha hecho que haya dejado a un lado de manera temporal mis colaboraciones para la página de cine El antepenúltimo mohicano. Llevo poco más de un mes lejos de sus páginas virtuales y ya me siento incompleto, como si me faltara algo, así que volveré en breve porque me las tengo que ingeniar para poder con todo. Mientras, intentaré poner al día los artículos aquí en el blog, que también es algo que tengo aparcado y no, esto no puede ser. Así que hoy vamos con tres de ellos. Se trata de los comentarios a dos grandes películas del director Delmer Daves que tendrían que haberse publicado en sucesión, pero mi carácter disperso y poco propenso al orden me llevó a introducir justo en medio otro film que resulta difícil de casar con los dos westerns de Daves. Pero así es la vida. El tren de las 3:10 (3:10 to Yuma, 1957) es una fantástica película del oeste, tensa y poderosa, con un Glenn Ford espectacular. Podéis leer qué escribí sobre ella AQUÍ. 


La otra película que seleccionamos para comentar (pues por iniciativa del director de EAM, Emilio Luna, se acabaron eligiendo estas dos de Daves), fue la no menos excelente La ley del talión (The Last Wagon, 1956), inolvidable no solo por ese personaje genial que es Comanche Todd, en impecable personificación de Richard Widmark, sino también de manera especial, al menos para mí, por esos apaches espectrales que dominaban prácticamente en off todo el relato. AQUÍ.


Y justo en medio, como os decía, incluí una debilidad, un moderno film de ciencia ficción que se desarrolla en su totalidad en el salón de una casa de campo. El hombre de la Tierra (The Man from Earth, 2007) es una maravilla de progresión narrativa que hipnotiza y sorprende por igual. Una gran película envuelta en ropajes modestos escrita en los años 70 por Jerome Bixby y dirigida con precisión por Richard Schenkman. AQUÍ. 

Pronto volveré. No es una promesa: es una necesidad.

martes, mayo 13, 2014

El año del jardinero (1929), de Karel Čapek



“Hay personas, los críticos en particular, y también los oradores públicos, a quienes les gusta mucho hablar de raíces; proclamar, por ejemplo, que debemos regresar a nuestras raíces, o que tal o cual mal debe ser completamente desarraigado, o bien que necesitamos penetrar hasta las raíces del problema. Pues bien, me gustaría verlos si tuvieran que desarraigar, digamos, un membrillo de tres años.” (pp. 125-126)

Es más que curioso y de todo punto una maravilla ver a dos de los padres de la ciencia ficción europea, los creadores del término hoy universal ROBOT, dedicados uno a escribir (Karel Čapek) y el otro a ilustrar (Josef Čapek) sobre esa pasión en apariencia sencilla y pequeña que es el cultivo y el mantenimiento de un jardín. Una ocupación antigua que ha dado otras muestras de fantásticas obras de plumas tan prestigiosas como la del mismo Horace Walpole (hablamos de ello AQUÍ). Y es que el jardín es ciencia, religión, matemáticas y poesía. Lo minúsculo y cerrado como metáfora de la misma vida, porque lo más pequeño incluye aquí dentro de sí lo más grande: “El jardín nunca está terminado. En este sentido, el jardín se parece al mundo y a todas las empresas humanas.” (p. 119) Y desde esta perspectiva Karel Čapek nos narra en El año del jardinero (Zahradníkův rok, 1929) la vida en ese período de tiempo de un amante de la jardinería, cómo se dividen sus horas, sus días, sus meses, las estaciones y en definitiva cada segundo de su existir en relación con su más absorbente amor: el que siente por su jardín.


El año del jardinero traspira una profunda adoración a la vida y a la tierra que la sustenta, a todo lo que crece pese a los inconvenientes de la propia naturaleza, de pasión por ese suelo apelmazado o poroso, pletórico de humus o arcilloso como una pesadilla que albergará y dará calor a las plantas y las flores. Es una carta arrebatada de deseo y satisfacción de un enamorado eterno no de las nubes y el sol, las estrellas y el cielo, sino de ese tesoro rico e inagotable que es el que rezuma de vida bajo nuestros pies. Uno no puede dejar de leer y querer convertirse en un jardinero a su vez, de tal forma contagian sus palabras, vivir solo para su jardín y toda la belleza fecunda que puede colmar su corazón solitario y feliz. 

Dentro de un estilo de narración coloquial y cercana, Čapek pareciera que se estuviera dirigiendo a nosotros en persona en una charla informal, pero no ajena a la exaltación poética, y practicando en todo momento un humor blanco, ayudado en esto de manera especial por los divertidos y entrañables dibujos de su hermano Josef, que no elude breves fogonazos de crítica certera y deflagrante de la sociedad y del hombre como animal que vive en ella, nuestro autor nos deja perlas brillantísimas y páginas que parecen restallar en su sencilla belleza. Tal así cuando, por ejemplo, nos habla de las lluvias del mes de mayo: la fisicidad exultante de las gotas de agua, el respirar de la tierra mojada, la sensualidad del jardín en ebullición… Lo efímero de la belleza que quizá por eso nos embarga hasta el arrobo mientras permanece: porque es muy breve y tenemos poco tiempo para saborearla y disfrutar de ella. Y sus ocasionales pero no por ello menos acertados disparos sin compasión, como decíamos, a la condición humana, algo tan habitual en su obra: “Así van las cosas: cuanto más nociva es una inmundicia, más vitalidad tiene” (p. 11); “La esencia del sectarismo no es hacer algo con pasión, sino creer en algo con pasión” (p. 101). Y voy a dejar de reproducir citas porque acabaré escribiendo aquí el libro entero.

Será indiferente que vuestro interés por los jardines, por tener uno propio y cultivarlo y mimarlo, sea inexistente: Čapek os hará nacer ese deseo. Tal vez terminéis este pequeño libro y a los pocos días este arrebato desconocido y nuevo sea enterrado y olvidado para jamás nunca volver a florecer, pero en su breve primavera será hermoso. Y aquí yace la grandeza de esta obra y su autor: que nos instará a amar, aunque sea de manera fugaz, la más efímera y al tiempo más eterna de las artes.


ČAPEK, Karel. El año del jardinero. Ilustraciones de Josef Čapek; traducción de Esteve Serra. Barcelona: José J. de Olañeta, Editor, 2009. 144 p. El Barquero; 94. ISBN 978-84-9716-587-7.

lunes, mayo 12, 2014

En busca de X-Y-Z (1943), de Harry Stephen Keeler




“–¡Espera! –dijo Caleb. –¿Sabes tú hacer novelas, Ezra?
–¡Nada de eso Caleb! ¡Ni siquiera vivirlas!” (p. 34)


Pocos escritores encontraréis tan extraños y fuera de lo común como Harry Stephen Keeler (1890-1967). Y no por su devenir cotidiano, un hombre de vida tranquila, amante de su esposa y de sus gatos y de costumbres tan normales como pueden serlo las tuyas o las mías. Lo extravagante y lo original, con lo que esto puede tener de bueno pero también de negativo, se circunscribe a su obra, plagada de historias chocantes donde la casualidad es el motor fundamental de sus tramas. O al menos la resolución de las mismas. Su método de trabajo, explicado con detalle por él mismo en la que sin duda es su novela más popular, Noches de Sing Sing (Sing Sing Nights, 1927), consistía en lo que bautizó como webwork plot, una multitud de tramas disparadas conformando una tela de araña las cuales se unían y resolvían al final coincidiendo en una serie de casualidades imposibles y carambolas fortuitas que igual provocan admiración y asombro que sonrisas por lo disparatadas que en ocasiones pueden resultar. Él lo explicaba de manera mucho más compleja, por descontado, y leyendo cualquiera de sus novelas veréis que así era, pero como resumen orientativo y primer acercamiento a la locura absoluta que dominaba en sus novelas pues más o menos pueden valer mis torpes palabras. En busca de X-Y-Z (The Search for X-Y-Z, 1943), también publicada en EE.UU. en 1945 bajo el título The Case of the Ivory Arrow, pertenece a lo que podríamos definir como la segunda época de su obra, justo cuando deja de publicar en la editorial Dutton: su etapa de esplendor tocaba a su final y sus novelas devienen más desquiciadas que nunca. Las últimas solo encontrarían salida en la editorial española Instituto Editorial Reus, especializada en textos jurídicos, de auto ayuda y semejantes (hasta llegó a editar dos “pobres” tebeos en el año 1947, como nos indican en Tebeosfera, AQUÍ). Así, Keeler tiene novelas publicadas solo en nuestro idioma, aunque por desgracia no todas las que publicó en el suyo están traducidas al español.

En busca de X-Y-Z se abre con los habituales nombres estrambóticos que Keeler utilizaba para sus personajes, siendo el mentado X-Y-Z no un apodo o un sobrenombre, sino el nombre real del hermano del protagonista, Ezra Jenkins, un hermano desaparecido que el bueno de Ezra deberá localizar en cinco días pues si no lo consigue dará con sus huesos en la cárcel. Otro punto de partida habitual en las novelas de Keeler, donde por lo general sus héroes deben actuar a contra reloj. No llevamos ni cinco páginas cuando ya se ha desatado la locura: X-Y-Z ha dejado de dar señales de vida al irse a vivir a la ciudad de Wiscon City, quizá disgustado por un lío de tierras que ambos hermanos poseen en propiedad y en la cual crece, atención, la Ascorbia-B, un tipo de hierba “cuyo alcaloide derivado posee, entre otras muchas cualidades, la de hacer ver a los pilotos aviadores de ojos azules, más que de ordinario en la oscuridad” (p. 10). Solo los dos hermanos tienen los conocimientos necesarios para llevar adelante “su difícil cultivo.” Esto que en principio nos puede parecer un detalle de la mayor relevancia pues… En fin, Keeler despliega todo un arsenal de detalles y subtramas que van formando una red tupida en la que, creedme, uno no logra adivinar hacia dónde va aparte de que Ezra debe encontrar a X-Y-Z. Ezra parte pues hacia Wiscon para buscarlo allí. Su viaje en tren está lleno de encuentros con distintos personajes que, como siempre en Keeler, entablan delirantes conversaciones que no hacen sino liar la trama hasta puntos increíbles pero al tiempo apasionantes: uno no puede parar de leer sorprendido y de continuo desbordado por la apabullante imaginación de nuestro autor, quizá su punto fuerte y su gran valor como novelista.


Permitidme ahora un inciso al más puro estilo Keeler. Su relato The Search of Xeno fue publicado en 1922 en la revista 10 Story Book, de la que Keeler era editor, bajo el epígrafe A Mistery Story by York T. Sibby, nuestro autor usando un seudónimo para publicar en su revista. Casi cuarenta años después Keeler la reescribiría y la titularía Adventure in Milwaukee. Junto a otros dos relatos la envió a su editor español Reus para ver si se publicaban en un libro como Three Short Novels, pero nunca se llegó a editar. Este relato citado al principio ofrece un punto de partida muy semejante al de la novela que nos ocupa, pero el mismo Keeler en una nota a su traductor (“esforzado” traductor) Fernando Noriega Olea le indica que solo hay similitud en eso, en su arranque, pero en nada más. Esto, con muchos más detalles y mejor, lo explica Francis M. Nevins en su artículo On “Adventure on Milwaukee”, publicado en el boletín Keeler News nº 43 (editado por Richard Polt, podéis consultar el original AQUÍ), del cual lo que os acabo de contar en este inciso no es sino un descolorido resumen.    


Pero volvamos con Ezra Jenkins y su recién iniciada búsqueda. No voy a entrar en detalles de la historia, pues no desearía bajo ningún concepto destrozar las sorpresas de una novela que encierra muchas, pero sí os contaré algunas que no importa en demasía conocer y que os pueden servir para haceros una idea de qué tenemos entre manos. Keeler nos cuenta tantas cosas que resulta imposible adivinar cuáles son importantes y cuáles otras ni se volverán a mencionar en la historia. Esto hace que uno procure no perder detalle con la constante sensación de “ay, ay, seguro que aquí se me escapa algo.” Una tontería pensar de esta manera pues en las explicaciones finales no hay apuro: Keeler lo une y lo explica todo. O casi, porque lo que acaba ignorando queda ahí como regalo extra al lector, que queda fascinado por un detalle que a la larga resultará insustancial pero que no deja de ser hermoso quizá precisamente por ello. Un ejemplo perfecto de esto último es la descripción de la plaza donde se encuentra el hotel donde se alojaba X-Y-Z hasta el día de su desaparición: “La plaza de Leipsiger se componía en realidad de una sola casa, reflejada en una serie de espejos invisibles que se reflejaban mutuamente a su vez, de manera que se convertía en toda una línea de casas exactamente iguales.” (p. 82) ¡No me digáis que no es extraordinario! Esta idea me dejó fuera de combate durante un buen rato imaginándome calle tal. Y lo más increíble es que esta idea queda ahí en el aire, sin solución, solo un detalle loco más de ese mundo alucinante donde viven los personajes de Keeler, en el cual se entrecruzan el realismo más detallista con la visión más delirante del mismo. Otro ejemplo, pero este sí fundamental para el desarrollo de la trama, es la imposible habitación de hotel en la que se aloja Ezra al llegar a Wiscon, un cuartucho cuya ventana no tiene estores, ni cortina, ni persianas… ¡ni cristales! Todo el mobiliario es de metal, y dispone de una cuerda sujeta a una anilla para poder salir descolgándose por ella a través del hueco de la ventana hacia la calle. Pero en esta ocasión sí que disponemos de una precisa explicación de su por qué.

Keeler se detiene en todos los meandros imaginables de la historia, dejándonos tan perplejos y confusos como atrapados por la alucinante sucesión de hechos y personajes increíbles (y su obsesión por tunearlos con los más extraños modelos de gafas que uno pueda concebir). Más detalles: Ezra va a buscar a su hermano, sí, pero en su viaje en tren un desconocido le ha entregado una figurita de piedra rosa que representa a un elefante bicéfalo, el cual debe entregar en mano al yogui Ramshee, un místico vidente que lee el pasado, el presente y el futuro en una bola de cristal y que vive, cómo no, en Spirit Lane, una calle en la que solo habitan adivinadores, echadores de cartas y espiritistas. No han pasado ni un par de páginas cuando Ezra recibe una misteriosa nota, se la han dejado en el sombrero sin que él se aperciba, que le advierte seriamente de que ni por asomo se le ocurra entregar la dichosa figurita. En fin, la red de la trama se va formando y si en ocasiones la aventura parece avanzar despacio, en realidad no hay descanso en lo que se refiere a la ingente cantidad de información que Keeler va desplegando a cada párrafo. No hay manera, como he dicho, de saber si servirá todo para algo o no, pero este es el juego: si se acepta, hay que jugar. Y si se decide jugar, creedme que la diversión está asegurada.


Keeler puede fascinar con los sorprendentes, imaginativos y en ocasiones retorcidos trayectos que van conformando las tramas de su historia, pero resulta algo inconsistente en la psicología de sus personajes, quizá su gran punto flaco. Son siempre extraños y chocantes, estrafalarios, pero de personalidades algo opacas, las cuales no logran permanecer en nuestro recuerdo. Es fácil rememorar los giros increíbles y los argumentos locos de sus novelas, pero sus protagonistas suelen desvanecerse en la oscuridad. Este tal vez sea el detalle, no poco importante, que le separa de una más consistente genialidad, si bien la demuestra con creces en otros aspectos. Sus personajes terminan pareciendo sombras con disparatados nombres arrastrados por la trama, aunque esto también tiene su encanto, no dudamos de ello desde el momento en que siempre lo leemos con sumo placer, pero lamentar un poco esta realidad nos dará una idea más acertada y real de su valor como escritor y no llamaremos a engaños ni mistificaciones a aquellos que no lo hayan leído nunca y deseen hacerlo. Dar una imagen desvirtuada de Keeler no ayudará a que se le respete como autor. Hay que amarlo con sus bondades y también con sus pequeñas pegas. Y dicho esto, ojo que debo reconocer que En busca de X-Y-Z alberga en su corazón a dos de los personajes más bonitos, originales y de más probable persistencia en el recuerdo de todos los que he conocido suyos. Uno es el Triple Enigma de la Vida, el torso humano que se exhibe en el circo (sin brazos ni pies, con el cuerpo osificado, ingiriendo veneno en cada función), un hombre de perspicaz inteligencia, culto, formado y feliz con la vida que le ha tocado llevar en un dibujo lleno de humanidad en el cual Keeler brilla hasta la emoción. Y el otro, la asistente negra de este Triple Enigma, Madame Olivia Debrevois, no menos culta que aquél, una poeta con obra publicada y de una sensibilidad y corazón especiales. 

Hay más, mucho más en esta novela de Keeler, sin duda una de sus grandes obras, desde románticas asesinas que despedazan a sus amantes con un hacha hasta criminales que se ocultan disfrazados con una peluca en una habitación (con número fraccionado: 345 ½) de un hospital solo para mujeres y allí son atendidos por un personal que muestra como rasgo común el tener todos un tupido entrecejo… O la trama de la flecha, otra desquiciada delicia. Guarda Keeler para el final algunas sorpresas que, vale, algunas son sus típicas casualidades que nos hacen sonreír tal vez por resultar un poco ingenuas, desde luego atrevidas porque ningún otro escritor se atrevería a recurrir a ellas con el desparpajo que él lo hace, pero también otras que, lo digo con total sinceridad, me hicieron reír de pura felicidad por su imaginación, por cómo demonios resultaba tan genial con alguna de sus salidas, y con su sencillamente brutal detalle metaliterario, todo un gigantesco colofón que es un regalo para el lector. En conjunto, una maravilla de ingenio repleta de explicaciones finales divertidas y satisfactorias que suponen un disfrute absoluto y momentos que me dejaron, y esto no es una metáfora sino una descripción fotográfica, con la boca abierta de puro y feliz asombro. Keeler es un escritor único, ya lo dije al principio, tanto para lo bueno como para, a veces, lo malo, pero que aquí nos deslumbra con todo lo que atesora de bueno. En busca de X-Y-Z es un magistral Keeler. 

  
Imagen tomada de la genial página Harry Stephen Keeler Society.

KEELER, Harry Stephen. En busca de X-Y-Z. Traducción de Fernando Noriega Olea. Madrid: Instituto Editorial Reus, 1946. 494 p.