sábado, agosto 31, 2013

Pioneros de la ciencia ficción rusa (1869-1906)



Es un auténtico placer encontrar libros como este, que se editen y tener la oportunidad de leerlos. En un género dominado en nuestro país por la literatura anglosajona supone un regalo descubrir que la primera historia de amor entre un humano y una marciana pues resulta que quizá sea la que aquí nos cuenta Porfiri Pávlovich Infántiev nada más y nada menos que en el año 1869. Pero hitos de este tipo aparte, que en realidad no tienen más valor que el de la curiosidad, lo fabuloso es descubrir magníficos relatos con más de un siglo de antigüedad que leídos hoy tienen una fuerza impresionante y una capacidad de sobrecoger prodigiosa. Cinco cuentos se recogen en este volumen de los que al menos, y fijaos que estoy diciendo “al menos”, dos de ellos los podríamos considerar obras maestras absolutas del género. Vamos a por ellos.


A. N. Apujtin


Entre la vida y la muerte (1892), escrito por Alekséi Nikoláievich Apujtin (1840-1893), es el primero de la recopilación y comienza de manera genial:

“Eran pasadas las ocho de la tarde cuando el doctor aplicó su oído a mi corazón, acercó un pequeño espejo a mis labios y, dirigiéndose a mi esposa, dijo solemnemente en voz baja:
-Todo ha terminado.
Por esas palabras, yo deduje que había muerto.” (p. 11)

El tono del relato es en su fondo crepuscular y triste: la historia de alguien que ha terminado su vida sin cumplir sus sueños, dejando de lado sus verdaderos deseos por seguir los de sus padres primero, los de su esposa después. Pero al tiempo está entreverado de un fantástico sentido del humor en la descripción de los personajes y las situaciones que se desarrollan en su muerte y durante el entierro. Es como si, de pronto, ese hombre que ya no puede ver de una manera física lo contemplara todo con más lucidez y vivacidad que nunca:

“Siempre odié los bailes y, además, desde mediados de noviembre no me encontraba muy bien y por eso intentaba oponerme con todas mis fuerzas a esas celebraciones, pero mi mujer se obstinaba en organizarlas porque siempre tenía motivos para pensar que asistirían personas de muy elevada posición. Estuvimos a punto de discutir seriamente, pero ella insistió. El baile fue tan deslumbrante como insufrible para mí. Esa velada sentí por primera vez lo fatigado que estaba de la vida y fui consciente de que ésta no se prolongaría ya demasiado.
Toda mi historia se resume en una sucesión de bailes y ahí radica la verdadera tragedia de mi existencia.” (pp. 19-20)

Tras este arrollador comienzo el relato se desarrolla manteniendo este fascinante tono entre lo melancólico, en especial cuando el narrador descubre y revive fragmentos de vidas anteriores, y lo humorístico, cuando está en el presente contándonos el momento de su muerte y el velatorio posterior. Poco a poco va adoptando maneras más reflexivas dándole vueltas a qué es la muerte y a su sentido, o a la falta del mismo, y al porqué de las reencarnaciones y su creencia en ellas: todo el cuento en esencia apoya esta teoría. De ahí su sorprendente final. Sin embargo, en este último tramo Apujtin pierde algo de su fuerza inicial y lo que podría haber sido un divertido y excelente retrato de la muerte se queda a medio camino entre esto y las diversas disquisiciones sobre la misma que lo asaltan. Nos quedamos claramente con lo primero, donde la brillantez de la narración hace inútil tanta reflexión: la acción nos dice más sobre su filosofía de la vida que las páginas que dedica a disertar sobre ella.


En otro planeta


Comenté al principio que Pioneros de la ciencia ficción rusa incluía al menos dos obras maestras del género. La primera (siempre según mi opinión, me gustaría aclarar, que vale lo que un pimiento pocho de esos que de vez en cuando se me estropean en el frigorífico, ejem, y tengo que tirar a la basura) es el emocionante y trepidante relato En otro planeta: tratado sobre la vida de los habitantes de Marte (1869), del mencionado Porfiri P. Infántiev (1860-1913). Es fantástico además porque básicamente consiste en un viaje de conocimiento y aprendizaje, en este caso de la cultura y sociedad marcianas, sin peleas, batallas ni enfrentamientos cósmicos. Una inmersión absoluta en el corazón del otro, de aquel que es radicalmente distinto a nosotros, desde el momento en que el protagonista, para poder visitar el lejano planeta, debe intercambiar su alma por medio de la hipnosis con un marciano. Ambos trocarán así sus cuerpos y podrán vivir bajo la apariencia de quienes no son en un planeta ajeno. Por descontado, si los marcianos resultan horrendos y monstruosos a los ojos humanos, se nos deja bien claro que los alienígenas sienten el mismo espanto físico al ver nuestras birriosas figuras. Lo hermoso de esta historia es que, junto al protagonista, conoceremos y amaremos esta sociedad lejana y extraña, incluso sentiremos el creciente afecto, la atracción y el amor naciente entre un humano y una marciana de aspecto en verdad horripilante pero de admirables carácter y cultura. Nos enamorará su forma de ser. Lo grandioso del relato de Infántiev es que nos arrastrará a aceptar al otro, a la representación más absoluta de lo diferente, hasta este punto.

En otro planeta es un magnífico ejemplo de narración con sentido de la maravilla. Pese a estar cercenado por la censura de la época (nos ha llegado incompleto: fueron eliminados largos fragmentos), su lectura es un auténtico paseo por un Marte fantástico y de ensueño. Es bonita también la secundaria historia del doctor François Rochas, un científico que vive aislado y solitario en las montañas suizas, junto al Mont Blanc. Infántiev resulta sobrecogedor en la descripción de la casa perdida entre los hielos de las elevadas cumbres. Rochas, un trasunto quizá de Nicola Tesla, es el único humano que conoce y disfruta del contacto marciano, al menos hasta que llegue por accidente hasta él el joven protagonista del relato. Sus conocimientos acabarán muriendo con él, dejándonos con esa sensación melancólica y triste de la sabiduría perdida, de todas esas verdades que traerían el bien de hacerse públicas pero que permanecerán ya para siempre sepultadas bajo la nieve eterna e indiferente.


V. Y. Briúsov


Pero si Infántiev ha supuesto un descubrimiento fabuloso, agarraos que ahora le toca el turno al prodigioso Valeri Yákovlevich Briúsov (1873-1924). De él se incluyen dos relatos en esta antología. El primero es La Montaña de la Estrella (1899), un relato pulp escrito casi antes de que estos existieran como tales. Una historia de civilización perdida muy del estilo, y la cito porque es la que tengo más reciente, a la que el gran Abraham Merritt nos describiera en Los habitantes del espejismo (1932). Como el doctor Rochas de Infántiev, aquí también tenemos un viejo explorador y científico con un gran secreto y conocimientos adelantados a su época que muere perdiéndose con su vida su legado. Desde las montañas nevadas y solitarias de Suiza a lo más profundo de la jungla africana, lugar donde se desarrolla la aventura que nos narra Briúsov, la sabiduría de los grandes hombres se deshace en la nada. En este caso el científico es un viejo francés que el joven protagonista encuentra moribundo. Antes de morir le cuenta el secreto que, aunque no se lo ha llevado al final con él a la tumba, también acabará por perderse. Y este secreto alucinante e increíble es el de la existencia de una civilización de origen marciano oculta en un desierto artificial, fugitivos del planeta rojo que acudieron a la Tierra huyendo de su hogar buscando formar uno nuevo aquí. La idea de que un gran secreto, un maravilloso hallazgo, se perderá en el olvido para siempre es fuerte:

“Lo que yo pude ver probablemente no haya sido presenciado nunca por nadie. Pero lo que más se vio afectado fue mi propio interior. Mis convicciones, que yo consideraba inamovibles, se vieron pulverizadas o fuertemente sacudidas en sus cimientos. Ahora admito horrorizado como verdad irrefutable todo aquello que antaño rechazaba. Estas notas podrían tener un claro propósito: prevenir a otros como yo. Pero lo más probable es que nunca lleguen a contar con lector alguno.” (p. 181)

Este es el protagonista tras vivir su aventura imposible, pero en un principio el científico francés encuentra un receptor poco predispuesto a recibir su confesión de la manera que él, o cualquiera, hubiera deseado:

“-A usted, a usted le entregaré mi secreto- me dijo mientras se veía morir-. Continúe mi misión y llévela a término, en nombre de la ciencia y de la humanidad.
Me eché a reír:
-A la ciencia la desprecio, y la humanidad no me gusta.” (p. 185)

Me encanta esta actitud descreída del protagonista, que acepta investigar solo por curiosidad, uno interpretaría que casi por aburrimiento. Su devenir le obligará a cambiar. La resignada desesperación, la aceptación amarga de un destino infausto, la tristeza de quien lo ha tenido todo y ahora está desposeído y solo, y ni siquiera le importa, es el aprendizaje de la vida al que se someterá nuestro héroe. Su conocimiento, el cambio, lo que le traerá es el dolor. Como dije, estamos ante un relato pulp de civilizaciones perdidas, con sus reyes, princesas, esclavos y sublevaciones rebeldes, emocionante de leer y absorbente al máximo. A pesar de que sus personajes luchan y se enfrentan a los problemas, hay una melancólica aceptación del devenir fatal en todos ellos. En esto estriba quizá la mayor diferencia con el pulp posterior norteamericano: este suele estar impregnado de optimismo y capacidad de superación. Para Briúsov, la aventura nos lleva a conocer maravillas, pero también todo el horror y el mal que encierra la naturaleza humana.

De Briúsov se incluye un segundo relato, La República de la Cruz del Sur (1905). Aunque se presentan todos los cuentos incluidos en Pioneros como inéditos en nuestra lengua, la verdad es que este ya fue publicado en el número 2 de la revista Delirio: ciencia ficción y fantasía en junio de 2008. Descrito como el primer relato de zombis de la literatura, esto solo da una idea empobrecida y tristona del verdadero alcance de este sobrecogedor y magistral cuento, una obra maestra absoluta (¿recordáis que dije que en este libro al menos había dos?) que adoptando las maneras de una nota histórica o un informe de un suceso ambientado en el futuro, nos detalla de forma fría y descriptiva la apocalíptica catástrofe en la que se sume la capital de la naciente República de la Cruz del Sur, la Ciudad de las Estrellas. Un auténtico infierno desatado en la tierra de manos de la locura del hombre. Sus apenas treinta páginas son suficientes para contarnos una pesadilla que nace de una enfermedad, la enfermedad de la “contradicción”, mania contradicens, que lleva al individuo afectado a hacer justo lo contrario de lo que desea. Esto provocará en su inicio situaciones jocosas y divertidas, pero poco a poco se empiezan a dar casos de espeluznante horror. Aprovechando la locura de la enfermedad, todos los criminales y psicópatas se refugiarán en la floreciente ciudad y darán rienda suelta a sus deseos más enfermos ocultos en la locura colectiva. Un relato terrible y estremecedor, el reflejo de la naturaleza del hombre en el que el heroísmo y la entrega de unos pocos resultan insuficientes ante la enajenación y el delirio destructivo de la muchedumbre. Briúsov se muestra magnífico en su descripción de la nueva República: en tres páginas ya nos ha hecho creíble este país del mañana. En las restantes, nos hará sentir como un mazazo toda la abominación de la que es capaz el ser humano. Un cuento magistral y demoledor, toda una cumbre del género que desde ya consideramos imprescindible. Y recordad: todo lo que he leído y visto sobre zombis no son sino historias para bebés comparado con lo que Briúsov nos permite atisbar aquí. Esto es el horror, porque no son zombis ni criaturas extrañas: somos nosotros mismos, es el hombre como vórtice del espanto y la pesadilla. Nosotros somos los monstruos.


S. R. Mintslov


Después del impacto producido por la lectura de este relato prodigioso y único de Briúsov, la verdad es que lo siguiente que me diera por leer parecía condenado de antemano a resultarme aburrido e intrascendente. Pero resultó que no: El misterio de las paredes (1906), sin estar a la altura del anterior, sería cruel e injusto esperar esto, de Serguéi Rúdolfovich Mintslov (1870-1933), es una historia de ciencia ficción más tradicional pero disfrutable totalmente. De nuevo encontramos aquí la temática secundaria de esos inventos o ingenios maravillosos que tras mostrar un momento de fulgor increíble se pierden para la ciencia y para la historia de la humanidad. En este caso, el artefacto imposible es un artilugio que nos permite ver y oír sucesos acontecidos en los lugares en los cuales se aplica su funcionamiento. Una máquina del tiempo, aunque solo nos traiga de allá el pasado en imágenes. Así, una abandonada mansión será el escenario elegido por los investigadores para revelarnos su historia, sus secretos, brillando con intensidad de nuevo entre la soledad y el frío de la estepa en la que se eleva la ahora muerta casa. Nuestros protagonistas serán testigos únicos y de excepción de una fiesta que funde lo real con lo fantasmal en fantástica representación. Un cuento elegante que esconde una fabulosa estampa de época y la belleza y la desgracia de los dramas pasados. También el del presente, pues hasta lo que acaba de acontecer pronto es devorado por el olvido. Otro relato, pues, en el que lo maravilloso es atisbado, admirado y perdido casi todo a la vez.

En conjunto, cinco historias que no suponen tan solo una mera curiosidad histórica dentro del género, sino un auténtico descubrimiento, cuatro nombres que cuando algún día se escriba de verdad una historia de la ciencia ficción no podrán ser dejados a un lado. Imprescindibles para los amantes de la literatura fantástica, estos no solo disfrutarán, como yo lo he hecho, o al menos en eso confío, de estos admirables y prodigiosos relatos, sino que se sobrecogerán ante la perfección y modernidad de todos ellos.  


PIONEROS de la ciencia ficción rusa. Selección y traducción de Alberto Pérez Vivas. Barcelona: Alba, 2013. 346 p. Rara avis; 7. ISBN 978-84-8428-828-2.


viernes, agosto 30, 2013

EAM # 44-47: cuatro películas de Alfred Hitchcock



El director de la página web de cine El antepenúltimo mohicano, Emilio Luna, me encargó que dedicara varios artículos a comentar algunas películas de Alfred Hitchcock. Tenía libertad para elegir el número de ellas y sobre cuáles escribir, siendo la única condición que Atrapa a un ladrón (To Catch a Thief, 1955) estuviera en la selección. Así que me puse manos a la obra con la primera. Si os apetece leer el resultado, podéis hacerlo aquí:




Había para escoger, qué os voy a contar, pero las dos siguientes las tenía bien decididas nada más empezar a oír la propuesta de Emilio: serían mis dos películas favoritas de su etapa inglesa sonora, dos obras maestras por las que siento una especial fascinación. Como el objetivo de la selección no era ser exhaustiva, ni tan siquiera representativa de su autor, sino absolutamente aleatoria y subjetiva, no me importó lo más mínimo no dejar ni margen ni posibilidades a otras películas más populares y conocidas del maestro. Así que la siguiente fue Alarma en el expreso (The Lady Vanishes, 1938).    






¡Qué maravillosos carteles! En fin, la tercera fue 39 escalones (The 39 Steps, 1935), una de las primeras que vi de Hitchcock siendo niño y que se me quedó grabada a fuego. Todavía tiemblo de emoción cuando Robert Donat y Madeleine Carroll deben huir por los páramos esposados el uno al otro y acaban ocultándose en la posada. Los momentos que comparten en la habitación de esta me siguen pareciendo de los más románticos, eróticos y divertidos de todo su cine.



Escribí también sobre la novela de John Buchan 
en la que se inspira la película: AQUÍ.



Tenía claro que para finalizar quería hacerlo con una de sus dos últimas películas: o La trama (Family Plot, 1976) o Frenesí (Frenzy, 1972). Una porque me parece de las más divertidas y simpáticas de su cine, la otra porque es la más macabra, gamberra y destroyer de todas las películas que dirigió. También porque en comparación con otras quizá sean de las menos reivindicadas, al menos de manera popular. Podría daros una razón súper profunda y demás de por qué acabé eligiendo Frenesí, pero dejando aparte que en esos días yo mismo me sentía bastante macabro y gamberro, por lo que empatizaba de manera absoluta con el humor negrísimo de la cinta, la verdad verdadera es que no tenía una copia de La trama y no me pude hacer con ella en el tiempo del que disponía para escribir el artículo, así que nada, ya sabéis cuál ganó.





Y estas fueron mis estúpidas aventuras y disquisiciones mientras escribía los cuatro artículos dedicados a sendas películas de Alfred Hitchcock. Si os han aburrido, imaginaos yo que tuve que vivirlo... ¡Espero que al menos el resultado sea de vuestro agrado!

miércoles, julio 17, 2013

EAM # 43: La guerra de los mundos, de Byron Haskin (1953)


Parece que hubieran pasado siglos desde que escribiera este artículo para la página de cine El antepenúltimo mohicano, pero no. En cualquier caso, aquí está mi comentario a esta fantástica película, La guerra de los mundos (The War of the Worlds, 1953), una producción de George Pal dirigida por Byron Haskin, dos genios con una cantidad magnífica de maravillosos y extraños títulos en su haber. No siempre muy apreciados por los amantes del género fantástico, quizá porque siempre huyeron del elitismo y buscaron hacer películas para todos los públicos, sobre todo Haskin, un artesano que venía del departamento de efectos especiales capaz de dirigir clásicos como La isla del tesoro (Treasure Island, 1950) y Cuando ruge la marabunta (The Naked Jungle, 1954) o rarezas fascinantes como Robinson Crusoe de Marte (Robinson Crusoe on Mars, 1964) y El poder (The Power, 1968). De manera especial, suele ser muy poco valorada esta adaptación de la obra maestra de H. G. Wells, una obra que a mi gusto es una de las grandes cimas del cine de ciencia ficción, y si bien no alcanza la profundidad de la misma novela o de otras películas con las que comparte género, sí que posee grandes momentos, inolvidables secuencias que a día de hoy se pueden considerar modélicas por su realización y geniales por su capacidad de generar pura emoción. 

Podéis leer el artículo




Y qué decir de las naves marcianas: ¡jamás las ha habido más alucinantes!



La secuencia en la que los marcianos acosan a la pareja protagonista en la cabaña abandonada es una delicia, un ejemplo perfecto de tensión y terror.



Jeje, los marcianos apenas si los podemos entrever, otro gran acierto de la peli. Por si os despistáis viéndola, aquí tenéis a uno de ellos. El pobre parece más asustado que los humanos.



Todas las escenas de la ciudad desolada por el ataque marciano son sensacionales. ¡Cuántas películas apocalípticas habremos visto y qué pocas igualan estas imágenes! Igualar digo, que copiarlas, muchas.




Y esas escenas de la ciudad siendo arrasada por las naves espaciales de otro mundo... ¡Si no disfrutáis y sois felices con esto, de verdad que no entiendo qué hacéis visitando este solitario blog!


martes, julio 09, 2013

Adam Surray: nunca dejes tu cabeza muy lejos de ti



Jamás había leído nada de Adam Surray. Ya sabéis que me encantan las novelas y relatos con cambios de cabezas y cerebros que van de aquí para allá a una velocidad que ni que estuvieran escapando de algo. Así que no he visto mejor manera de adentrarme en sus libros que uno con tan irresistible y atrayente título: ¡Devuélveme mi cabeza! (1980). Un auténtico diez que da lo que promete: locura, horror y dislate todo en uno. Porque creedme que he disfrutado como un loco con este pequeño bolsilibro. Y eso que nada más empezar creí haber topado con el mismo Joseph Berna, el rey del punto y aparte: frases de una palabra que dan a las páginas una configuración de lo más curiosa, casi parecieran listas de la compra antes que propiamente un texto narrativo. Tal es así que no solo en las formas asemeja ser un trasunto de Berna, sino también en cómo está tratada la trama y sus ambientes y localizaciones. La historia comienza en un club de striptease con sus tres primeras páginas dedicadas a cómo una chica se desnuda en público ante una horda de hombres que más parecen bestias. Con detalle, de manera pormenorizada, se nos va contando cada movimiento de su cuerpo, cada prenda que se quita, las reacciones del público… El sexo tratado como en una película clasificada S, salvo que en este caso el softcore resulta de una ingenuidad desarmante. Solo falta el exacerbado humor, uno nunca sabe si pretendido o involuntario, de Berna. Pero enseguida veremos que Surray (digamos ya que su verdadero nombre es José López García, más hispánico no cabe) se aleja de este no en el estilo, que continúa imperturbable, sino en el tratamiento y la atmósfera de su narración. Perdón, no tan “enseguida”, porque las páginas siguientes a la introducción en el club nocturno están dedicadas a contarnos el polvazo del siglo, pero bueno, al menos ya empieza a adelantar la trama de terror. No por el polvazo, sino por una conversación entre los dos protagonistas del mismo. Y es que la chica del striptease, Debra Segal, que se pasa todo el tiempo que está en escena desnuda o semi desnuda, le cuenta al protagonista (Steve McLeod) que ha visto con vida a una amiga común (Elizabeth) la cual murió en un brutal accidente de tráfico dos meses atrás. Steve no la cree, por supuesto, pero Debra le enseña unas fotos que hizo dos días antes de la conversación y Steve el súper tío duro da trazas de ceder. Va a resultar que sí, que Elizabeth la muerta está viva. Y es entonces cuando Surray empieza a tomarse en serio la novela. Asistimos entre aterrados y alucinados a un terrible y despiadado asesinato que, en serio, consigue horrorizar por su violencia y desnudez (de hechos, que de ropa también). Debra es negra, y el racismo del criminal no puede ser más estomagante. Conciso, explícito sin llegar a lo gratuito, Surray logra mantener a partir de este momento un excelente tono de relato entre lo violento (la policía gusta de usar esos métodos que ya conocemos tan bien de primero golpear y preguntar después, aunque a veces ni preguntan) y el suspense (el ataque a Steve y a su nueva novieta Samantha en el depósito de cadáveres, del que todavía se desconoce su propósito, que supone una sorpresa tanto argumental como narrativa, pues Surray no deja a un lado la tensión que puede provocar un buen momento de acción localizado en un recinto pequeño y cerrado).

La novela avanza con buen pulso hasta casi el final, donde asistiremos al gran momento en que el pastel quedará descubierto, doctor loco incluido, y con personas que caminan con las cabezas de otras, cosa que reconozco que siempre me encanta. No alcanza las cotas de locura del gran Lou Carrigan, pero no le va a la zaga. El desenlace, ay, es precipitado: Steve se quita a todo el mundo de en medio con demasiada facilidad, aunque esto es un mal menor. Hasta aquí todo ha sido emoción y tensión dignas de la mejor serie B. Con ella comparte sus más que claros y evidentes defectos: el estilo entrecortado y la precipitación. Pero en conjunto es una obra más que disfrutable. Y de paso el autor deja claro, en boca de su protagonista Steve, que lo suyo no es Shakespeare sino James Hadley Chase y Mickey Spillane. Permitirse una declaración de principios en una novela de bolsilibro, la compartamos o no, siempre gozará de nuestro afecto.


En Las brujas de Woodsville (1981) ya se percibe el alejamiento de Surray de las formas de Joseph Berna, aunque algo queda. El ricachón Jeffrey Sutton pasa unas vacaciones en su yate con un amigo y dos chicas que, como ya os lo podéis imaginar, tienen serios problemas por permanecer vestidas. Enredando por aquí y por allá el caso es que encuentran en el fondo del océano cuatro cajas alargadas unidas en forma de cruz. Sacan el armatoste a las arenas de la playa y al abrir las mentadas cajas hallan en su interior cuatro ataúdes, dentro de los cuales hay cuatro cuerpos decapitados, tres mujeres y un hombre. No está nada mal este inicio, que al menos promete algo de desquicie pues estamos en California, lugar idóneo para el surgimiento de todo tipo de sectas adoradoras del Diablo. Porque no otra cosa son los dichosos cuerpos: los fundadores de la tenebrosa secta de los Adoradores de la Sangre, cuyos cadáveres incorruptos son motivo de peleas y robos pues los actuales miembros de la secta los quieren recuperar. Así los roban, con el nada sorprendente deseo de devolverlos a la vida con los habituales ritos satánicos. Robert Badham, el típico brujo de pandereta, es el nuevo líder, un trasunto de tantos Crowley y Lavey como pululan por esas costas y que tanta admiración provocan en algunos. Yo me quedo con este Badham, que al menos es más divertido, dura como malo un aliento y tiene poderes de verdad. No sé de qué le valen si, como ya he dicho, lo liquidan con una facilidad pasmosa. Surray demuestra haberse documentado sobre brujería, quizá lo justo, sí, pero suficiente para hacer creíbles y peligrosas las actividades mágicas y satanescas de la secta. Lástima que todo se desmorone en un precipitado final en el que además los protagonistas del lado “bueno” reciben una ayuda casi más milagrosa que la Mano de Gloria de los diabólicos. Entretenida y ágil, apunta maneras aunque no termina de arrancar en condiciones. Justo cuando empezamos a paladear lo bueno, esto es, los malos en acción, va y se acaba.


La llamada de los muertos (1983) nos presenta a un Adam Surray que parece haber depurado un poquito su estilo. Las frases son más largas y ya no se suceden los puntos y aparte a lo bestia, aunque ahí están pertinaces. No es mucho, vale, pero está bien si el arranque de la novela es tan encantador como lo es en esta ocasión. Una joven pareja de recién casados retorna de su viaje de luna de miel en coche. Este sufre una avería, está anocheciendo y solo les queda avanzar hacia Wardsville, un pueblo perdido en ningún lugar precedido por un inmenso cementerio sin muros a su alrededor. Sus tumbas llegan hasta la misma carretera. Sopla el viento golpeando los árboles, pero los oscuros cipreses del camposanto no se agitan, permanecen petrificados, más tiesos que los cadáveres en sus tumbas. Bueno, esto último es un decir, ejem. El automóvil se detiene definitivamente y deben abandonarlo penetrando a pie en el villorrio. El cementerio queda atrás, pero es entonces cuando, de forma increíble, desde él les llega un lamento, una llamada: “¡Gladys!” ¡Y Gladys es el nombre de la joven esposa! Dos capítulos iniciales que, con todos sus maravillosos tópicos, suponen una buena y atmosférica introducción.

Los verdaderos protagonistas no aparecen hasta la página 23: Janice Holm, la hermana de Gladys que está buscándola, el detective privado Adam Bruckman, contratado por esta, y la secretaria de Adam, Mariam Scott, un bombonazo que se pasa casi todo el tiempo que está viva en la novela o en la bañera o fuera de ella a punto de entrar o justo al salir. Vamos, que con ropa apenas si la podremos imaginar. Casi todo el desarrollo de la trama consiste en la búsqueda del matrimonio desaparecido, dejando notar Surray los gustos literarios que expusiera en ¡Devuélveme mi cabeza! Solo hacia el final la cosa se pone algo locuela, con un monstruoso matrimonio que vive en lo más profundo de una cripta bajo el cementerio de Wardsville. Han formado una simpática secta, la secta de Shakan (no el Shazam del Capitán Marvel, parece), un demonio al que se adora con violaciones, aberraciones sexuales y canibalismo del más salvajote. Vamos, el lote habitual. Con una buena paliza a los malotes y el bueno de Shakan destruyéndolo todo nos plantamos en el final. Entretenida y correcta, en resumen, si bien falta algo de chispa.


Por lo que estoy comprobando, en las novelas de Adam Surray todas las chicas tienen algún rasgo felino, son esculturales como “diosas del Olimpo”, la ropa es algo que debe quemar como el fuego por lo que les molesta estar con ella puesta y tienen los labios “gordezuelos”, húmedos y lujuriosos. Elissa Scott, la que abre fuego en El siniestro doctor Sternberg (1984), también. Ella y su noviete Fred Bottoms son dos rateros que están en problemas. La policía y el rey del hampa, Paul Hawkins, los persiguen sin descanso. Elegir la mansión del doctor Sternberg como el lugar de su próximo golpe quizá les ayude a dejar de huir: los muertos no pueden correr, jajaja (risas maléficas). Pero cuidado, que aunque yo esté aquí haciendo chistes malos no significa que no me haya gustado esta novela de Surray. De hecho, es la que más me ha gustado de las cuatro, y no solo eso: me ha parecido de verdad sensacional. Un puro disfrute, una novela reivindicable cien por cien. Bueno, algo menos porque… Pero iré por partes, que si no nadie me va a creer (como si alguien fuera a creerme explicándome mejor, ay, qué iluso).

En el tramo inicial, tras la presentación de Elissa y Fred y su rocambolesca situación, bien expuesta pero nada original si os gustan las películas y las novelas de serie negra porque os habréis topado con escenas semejantes cientos de veces, otro detalle que delata los gustos literarios de Surray confesados por él mismo, pasamos casi sin respiro a la tensa narración de la incursión de Elissa por la mansión de Sternberg buscando un botín. No resulta brillante, pero sí eficaz: con gran sencillez ya nos adelanta el escenario macabro en el que tendrá lugar el desenlace de la historia. Las referencias a los mitos del terror más clásico se suceden: el Frankenstein de la Universal se cita como ejemplo para describir el tipo de laboratorio que posee el doctor Sternberg, este es una especie de doctor Moreau y tenemos un periódico que se llama Zaroff. Son detalles simpáticos y quizá no muy importantes, pero a los amantes de lo fantástico nos resultarán agradables más que nada porque no es otra la intención de Surray. Lo que sí nos parece fascinante es cómo el autor nos adelanta qué personajes van a ir muriendo asesinados de manera horrible, jugando así más con el suspense que con la sorpresa. Toda una apuesta narrativa que, además, no va a ser la única que nos va a deparar este gran bolsilibro.

El hampón Hawkins hace su entrada y descubrimos a un personaje genial, a un malo de impacto con el honor de resultarnos en verdad desagradable. Su venganza sobre Fred es brutal, con sus matones apalizándolo a muerte mientras él permanece sentado bebiendo champán celebrando el espectáculo. Surray demuestra un pulso literario excelente, pero la cosa va a mejor con el ataque de unas tremendas ratas-perro a un par de matones y cómo el siniestro doctor Sternberg resulta de lo más simpático ante la locura homicida de la pandilla de gángsters. Aquí no acaba la cosa, porque Surray nos va sacudiendo guantazo tras guantazo, muerte tras muerte: ¿pero quién demonios es el protagonista en esta historia? ¡Todos van muriendo casi según van apareciendo! Me resulta magnífica la idea de que no haya protagonista real. El protagonismo pasa de un personaje a otro a ritmo endiablado sin dejar títere con cabeza. El mismo Sternberg, ante nuestros alucinados ojos, cae en este baño de sangre y violencia tan disparatado como genial. Uno de los hampones, Perry McNicol, es quien lo asesina mientras exclama: “¿Acaso estás ya en el infierno?” Y esto porque, mientras Sternberg muere entre sus manos, “(…) era tal el demoníaco destello en aquellos ojos desorbitados que, ciertamente, parecía como si Sternberg hubiera cruzado los umbrales del Averno.” (p. 64) Si pensáis que os estoy destrozando la trama, pensad que no cuento nada que antes no anuncie el propio autor: no hay sorpresas salvo la de que todo el conjunto es una sorpresa.

En la página 65 Eddie Hackford, un escritor de novelas de denuncia, toma el relevo. Poco después se unirá a él la misteriosa Kathryn Streep (no la Meryl, creo). Como sustituto de Sternberg tenemos a Allen Warden, un doctor aún más loco que el primero: este sí es ya un desatinado y enloquecido Moreau. Ha pasado años en un manicomio, el científico de serie B perfecto, y McNicol y los suyos lo han reclutado para sustituir al doctor cuyo nombre figura en el título de la novela y que hemos visto pasar ante nuestros ojos como un bólido. “Allen Warden mesó sus cabellos. Era un individuo de ojos saltones. Unos ojos que acusaban un sempiterno destello demente.” (p. 77) Parece increíble que estemos casi en el final, pero al llegar descubrimos que el desenlace es brutal. Y con más referencias clásicas, en esta ocasión al Jekyll y Hyde de Stevenson. Sobra el epílogo, que incluye una bochornosa nota machista, pero hasta ahí podemos considerar esta novela de Surray como excelente: enloquecida, delirante y salvaje, es una perfecta muestra de pulp patrio que nada tiene que envidiar al de otras latitudes. Incomprensible, eso sí, qué demonios pinta la novia del monstruo de Frankenstein en la portada, quizá el ilustrador se excedió al querer mostrar el parecido entre los laboratorios de los dos doctores, pero dejando esto aparte, El siniestro doctor Sternberg me ha hecho disfrutar como un loco. Un bolsilibro que rompe muchos de los esquemas habituales impuestos por la propia editorial a sus colecciones y que supone toda una delicia para los degustadores de las más esquinadas y menos preciadas obras de la literatura fantástica.  


SURRAY, Adam. ¡Devuélveme mi cabeza! Ilustración de portada: Miguel García. Barcelona: Bruguera, 1980. 95 p. Bolsilibros Bruguera, Selección Terror; 396. ISBN 84-02-02506-4.

SURRAY, Adam. Las brujas de Woodsville. Ilustración de portada: Bernal. Barcelona: Bruguera, 1981. 95 p. Bolsilibros Bruguera, Selección Terror; 442. ISBN 84-02-02506-4.

SURRAY, Adam. La llamada de los muertos. Ilustración de portada: Desilo. Barcelona: Bruguera, 1983. 93 p. Bolsilibros Bruguera, Selección Terror; 531. ISBN 84-02-02506-4.

SURRAY, Adam. El siniestro doctor Sternberg. Ilustración de portada: Pujolar. Barcelona: Bruguera, 1984. 93 p. Bolsilibros Bruguera, Selección Terror; 584. ISBN 84-02-02506-4. 

martes, junio 25, 2013

Karel Sterling: la Venus del espacio y el tiempo desarticulado



Luchadores del espacio se ha convertido con el tiempo en una de las más míticas colecciones de novela popular española gracias, en primer lugar, a las fascinantes portadas de José Luis Macías, un absoluto genio creativo que con sus ilustraciones dotó de una vida especial a unas obras que en manos de otro dibujante menos visionario no hubieran pervivido con la misma capacidad de sugerir maravillas, y en segundo lugar, a ser el hogar en el cual se desarrollaron las novelas que conforman la saga más famosa (con permiso de Ángel Torres Quesada y su El Orden Estelar) de la ciencia ficción española, la Saga de los Aznar, obra del valenciano Pascual Enguídanos Usach firmando bajo el seudónimo de George H. White, de clara resonancia al maestro H. G. Wells. Para haceros una idea de lo que fue esta colección, lo mejor es leer el fantástico artículo de José Carlos Canalda dedicado a los autores que en ella colaboraron: Los escritores de la colección Luchadores del espacio. También os recomiendo, antes que perder el tiempo con lo que yo os voy a contar, que sepáis quién es Karel Sterling de su mano: JulioPérez Blasco, alias Karel Sterling. El trabajo de Canalda dedicado a las novelas conocidas como de a duro es espectacular, absoluta referencia para mí, por lo que ya aprovecho y os invito a que no dejéis de leer su genial La gran historia de las novelas de a duro, 53 capítulos y un apéndice a los que podéis acceder de manera gratuita en los enlaces indicados.

Karel Sterling (de nombre real Julio Pérez Blasco) escribió trece novelas para Luchadores del espacio. La tercera de ellas fue Los mares vivientes de Venus (1957). En principio, adolece de demasiados errores gramaticales que la afean y dificultan la lectura. Cuesta trabajo concentrarse en la narración ante tal desbarajuste lingüístico. A su favor diremos que goza de un punto de partida fantástico: un extraño recipiente ha caído de los cielos procedente de Venus conteniendo un líquido negro que lo devora todo. Una especie de cosa pringosa al estilo de La masa devoradora (The Blob, Irvin S. Yeaworth Jr., 1958), adelantándose en un año a esta curiosa película, aunque de dimensiones algo más modestas. También resulta muy interesante la idea, si bien no está desarrollada como sería de desear, de que la acción acontezca en un 1978, entonces el futuro, en el que Nueva York ha sido destruida en El Punto Final de las Guerras. La Tierra vive pues un período de paz que los alienígenas están dispuestos a finiquitar. La trama desinhibida y vivaz ayuda a no abandonar la lectura ante la notable torpeza de la redacción. Y acaba resultando una novela muy divertida y entretenida, con un final trepidante y un tanto loco. Y es que a esas alturas ya la estaba disfrutando dejados a un lado, no sin algo de esfuerzo, todos los inconvenientes que he comentado.


El tiempo desintegrado (1959) fue la décima obra que Sterling entregó a la colección. Al tratarse de una novela más ambiciosa que la anterior, a mi gusto los defectos de su autor se hacen más evidentes. Si por un lado se agradece el intento de dotar de más profundidad a la historia, que nunca a los personajes, por otro queda en evidencia que Sterling se mueve mejor en la acción más aventurera que a la hora de prestar enjundia a la trama. En su parte final, El tiempo desintegrado deviene en una locura temporal: un Cataclismo, así con mayúscula pues es como sus habitantes lo han bautizado, se ha desencadenado en el planeta Hankhar (en la constelación de Las Pléyades), el cual consiste en una debacle total en la que se superponen todas las épocas del planeta con sus distintas civilizaciones enfrentándose entre sí a muerte. Esta idea apocalíptica que bebe en el caos del tiempo es muy bonita, pero su dificultad y belleza excede con mucho las capacidades literarias de Blasco. Todo resulta torpe y confuso. Funciona más porque el lector imagina lo que el autor nos quiere contar que por cómo nos son narrados los hechos. Una lástima, más aún cuando el inicio ha resultado un tanto aburrido, con el ataque a la isla donde se alza Centrolab, una ciudad de científicos, por parte de una criatura extraterrestre y las alteraciones temporales a las que se ven sometidos algunos de los humanos protagonistas a consecuencia del mentado asalto. La impotencia narrativa de Blasco resulta dolorosa. Su uso de la elipsis es terrible: de una página a otra han sucedido cosas trascendentales de las cuales nos enteramos… ¡porque un personaje se lo cuenta a otro! Se nos hurtan así escenas emocionantes de la historia que merecían más atención. Esto sí que acaba provocando agujeros temporales y caos sideral y no lo que Blasco se esfuerza por describir. Y digo esto con pena, porque de verdad que hay abocetadas buenas ideas en la novela, pero acaban siendo solo eso: burdos apuntes en los que el sentido de la maravilla es demolido por la vulgaridad y la pobreza narrativas. El sorprendente desenlace de El tiempo desintegrado ayuda a que la impresión final no sea tan negativa: oscuro e irónico, supone un golpe de efecto que rozaría la excelencia si hubiera estado en mejores manos. Lástima que su desarrollo se desenvuelva de manera tan farragosa. De no haber sido así, todo podría haber desembocado en una sencilla pero eficaz y bonita novela.

STERLING, Karel. Los mares vivientes de Venus. Ilustración de portada: José Luis Macías. Valencia: Editorial Valenciana, 1957. 128 p. Luchadores del espacio; 84.

STERLING, Karel. El tiempo desintegrado. Ilustración de portada: José Luis Macías. Valencia: Editorial Valenciana, 1959. 128 p. Luchadores del espacio; 135. 

lunes, junio 24, 2013

Preludio trágico (1939), de Ngaio Marsh


Preludio trágico (Overture to Death, 1939) es la octava aventura del Inspector Alleyn de las 32 que protagonizó de la mano de la escritora neozelandesa Ngaio Marsh, una de las grandes damas de la novela de misterio junto a Agatha Christie o Dorothy L. Sayers, bien conocidas de manera popular como las “Reinas del crimen”. Nunca había leído una obra suya y me apetecía mucho. El resultado ha sido algo decepcionante, aunque con algunos momentos excelentes que me han dejado con la duda de si intentarlo con otra novela o dejarlo estar. Si alguien me recomienda de manera especial una, sí que me animaría. Dejo pues hecha la invitación por si me queréis ayudar con Ngaio Marsh.

Preludio trágico, pese a su título, no puede comenzar de manera más brillante. Hay una excelente presentación de personajes y una gran exposición de la vida en un pequeño pueblo inglés. La asfixia provocada por una sociedad encerrada en sí misma y consumida por las apariencias y las buenas maneras superficiales que ocultan desaforados fuegos interiores están descritas con verdadero genio. La forma de mostrar la presión de las opiniones sobre los propios actos, los sentimientos exacerbados comprimidos hasta estallar en forma de crimen y el poder de la convención y las formalidades de la vida social no tiene nada que envidiar a esa novela negra que presume de ser un reflejo crítico o en negativo de la sociedad y que, en verdad, no va más lejos de lo que en esta novela de Ngaio Marsh se consigue llegar. Resulta demoledora, incluso un poco deprimente: rezuma oscuridad y mala baba, escarbando hasta lo más profundo de la psicología de sus personajes. Marsh no se detiene ante nada y el desarrollo de la enferma trama hasta la mitad de la novela es subyugante.

Pero entonces acontece el asesinato. Este es sorprendente, chocante, llama la atención de manera poderosa y nos deja descolocados. Y, sin embargo, a partir de aquí la historia se hunde en la habitual sima de interrogatorios, el baile de preguntas y respuestas ya consabidas, esas que si me las hicieran a mí no podría responder ni a una porque yo qué sé dónde estaba y qué demonios estaba haciendo el pasado martes a las 21 horas y 13 minutos: qué hizo usted a esta hora, dónde estuvo, con quién, se fijó si esa brizna de hierba estaba torcida… Bien que este maelström especulativo nació en las obras de Marsh y sus compañeras de viaje, pero eso no impide que resulte un auténtico rollazo, un bajón en la novela justo cuando habíamos entrado en ella a ciegas y estábamos por completo inmersos en ese rincón pequeño y perdido que puede ser cualquier rincón del mundo.  Está fantástico comprobar cómo la autora arma su complicado puzzle, pero la identidad del criminal importa un rábano y se deja de lado lo que hasta entonces suponía el punto de mayor interés: ese retrato despiadado de una comunidad aislada. A su favor, diremos que en el tramo final Marsh ofrece una pista potente para que no todo sea una sorpresa en el desenlace, recuperando en parte la trama más psicológica y enfermiza. Pero ya es algo tarde y lo mejor se ha quedado en el camino. Lo dicho, si me recomendáis una novela de Marsh que os haya encantado, lo intentaré de nuevo. Si no es así, no sé si volveré a ella. Y algo me dice que más de una de esas 32 novelas merece la pena. El intríngulis radica en saber cuál.


Lo que no se puede negar es que Ngaio Marsh se trataba de una señora elegante de verdad, ¿no?

MARSH, Ngaio. Preludio trágico. Traducción de Agnes Pierce de Zamora. México, D.F.: Editorial Cumbre S. A., 1954. 238 p. Laberinto.
  

lunes, junio 17, 2013

La Sombra ríe (1931), de Maxwell Grant


La Sombra ríe (The Shadow Laughs, 1931) es la tercera aventura del mítico héroe pulp creado por Walter B. Gibson bajo su seudónimo de Maxwell Grant. Aunque siempre emocionante y entretenida, a mi gusto resulta inferior tanto a la trepidante Los ojos de La Sombra como a la fundacional La sombra viviente, y eso que aquí al fin el protagonismo de La Sombra es absoluto, quedando su ayudante Harry Vincent ejerciendo el papel de comparsa en apuros a falta de la damisela de rigor. Y es que el pobre Harry lo pasa en esta ocasión bastante mal, llegando incluso a estar a punto de perecer ahogado en un tenebroso pozo. Nuestro oscuro protagonista da salida a todo su arsenal de apariciones increíbles surgiendo de entre las sombras o bien ocultándose en ellas de manera por completo sobrenatural dejando escapar su carcajada siniestra marca de la casa. Sin duda La Sombra se lo pasa pipa porque se tira toda la novela desternillándose de la risa. Cada vez que en el relato una sombra parece más espesa de lo común o se alarga sobre el suelo más de lo normal ya sabemos que se trata de él, pero aunque sus entradas en escena están narradas con brío algunas se nos antojan algo repetitivas.

Tenemos a todo el plantel de colaboradores de La Sombra que poco a poco vamos conociendo más: Harry Vincent aparte, aquí están de nuevo el eficiente agente de seguros Claudio Arma, el mayordomo Richards y el radiotelegrafista Burbank. En el apartado de los malos de la función, repiten el asesino Steve Cronin, con una breve pero mortífera aparición, y el malvado Isaac Coffran, que no sé cómo le quedan aún ganas de delinquir si el pobre está ya más viejo que Matusalén. Todo esto regado con el plantel habitual de rateros, extorsionadores, asesinos fríos y despiadados y tramposos de poca monta que conforman esos bajos fondos en los que La Sombra se desenvuelve como en su propia casa. Son estas descripciones de personajes secundarios y de locales infectos donde el hampa se oculta y vive su realidad paralela a la del hombre de a pie donde Grant da lo mejor de sí mismo, al menos en esta aventura en la cual el escenario final no acaba de ser tan fascinante como en las ocasiones anteriores. Y es que una cueva con un pozo mortífero no es que sea algo desdeñable, pero desde luego carece de la atmósfera macabra tan intensa y conseguida por Grant al ambientar la anterior en un cementerio.

Como curiosidad, se empiezan a lanzar pistas de que el millonario Lamont Cranston, que suponíamos era La Sombra de paisano, quizás no sea sino otra máscara tras la que se oculta el oscuro héroe. El extrañísimo capítulo VII, Lamont Cranston habla consigo mismo, es esclarecedor al respecto: el rico playboy se enfrenta a su doble que desde el pie de su cama le insta a que desaparezca por un tiempo para que él pueda ocupar su lugar. ¡Vaya lío! Uno no termina de entender para qué diablos La Sombra adopta la personalidad de Cranston: cada vez que lo hace, debe mandar al millonario a recorrer mundo para ocupar él su lugar. Vale, así queda oculta su verdadera identidad, pero en fin, quizá bastaba con que Lamont Cranston fuera un personaje inventado desde el principio… Pero estamos en el terreno pulp más desaforado, y cuantos más misterios y tramas liosas se acumulen, mejor. Buscar algo de lógica en algunas acciones o en determinados desvíos o soluciones de la trama quizá sea no solo excesivo, sino jugar en un campo ajeno a la locura propia de estas historias donde prima siempre antes la sorpresa que la lógica narrativa. No debe uno cuestionarse ningún por qué, sino solo dejarse llevar sin hacer demasiadas preguntas. Aunque también hacérselas y darle vueltas a las posibles respuestas tiene su gracia, no lo vamos a negar.

Por lo demás, la trama de falsificadores de billetes a los que La Sombra acosa sin piedad ni descanso atraviesa sótanos siniestros, garitos de mala muerte, fumaderos de opio llenos de pasadizos con trampas y la mencionada cueva donde tendrá fin la aventura. Pero pesa su carácter de novela de transición: hay demasiadas referencias a Los ojos de la Sombra, se abre la duda sobre quién es en verdad La Sombra, los malvados repiten aunque Coffran esta vez carece de la fuerza que sí tenía en la entrega anterior y el conjunto acaba por lucir más apagado pues los escenarios elegidos no terminan de rezumar toda esa atmósfera de peligro que sin duda requerían. Aun así, no deja de resultar fascinante cómo Grant consigue engancharnos con algunas de las apariciones de este héroe sobrenatural: cuando sus entradas en escena funcionan, son sensacionales. Siempre hay un punto entre las sombras donde la oscuridad es más profunda, siempre se extiende sobre el suelo una forma imposible que salta embozada en una capa oscura como las alas de un cuervo y un sombrero enorme que semi oculta un rostro del que solo podemos percibir una nariz ganchuda como la de un águila. Y es entonces cuando las aventuras del más oscuro de los héroes brillan con más fulgor. 

GRANT, Maxwell. La Sombra ríe. Barcelona: Molino. Hombres audaces, La Sombra; 3.      


lunes, junio 03, 2013

EAM # 42: Los intrusos, de Lewis Allen (1944)



Alguna vez lograré ponerme al día con los comentarios de películas que estoy escribiendo para la página de cine El antepenúltimo mohicano. ¡Tarde o temprano lo conseguiré! En esta ocasión la protagonista fue Los intrusos (The Uninvited), dirigida por Lewis Allen en 1944, una película que adoro y que supone una de las más perfectas uniones entre comedia y relato de fantasmas que jamás he tenido la oportunidad de ver. Puedes leer lo que escribí sobre ella

  


Lewis Allen supo poner el punto necesario de misterio y terror en los momentos que era preciso, pero también las maravillosas notas de comedia sentimental con un buen gusto y una elegancia fascinantes.


La mansión fantasmal se alza al borde de un acantilado, como es de rigor, y la introducción, con una voz en off que nos sitúa en la historia, resulta sugerente y de una poesía tan sencilla como poderosa. 




La iluminación expresionista del gran fotógrafo Charles Lang es todo un placer, pura atmósfera espectral conseguida con la maestría que da el saber contar una historia con imágenes.




Espectros vengadores y otros que no lo son tanto, jóvenes indefensas encerradas en manicomios, el sonido del mar como un canto fantasmal, momentos divertidos que siempre nos hacen sonreír y unos personajes entrañables. ¿Qué más podemos pedir? Una película prodigiosa que recomendamos desde La décima víctima de manera absoluta.