viernes, diciembre 09, 2011

La juguetería errante, de Edmund Crispin (1946)


El escritor inglés Bruce Montgomery (1921-1978) firmó todos sus libros bajo el seudónimo de Edmund Crispin: nueve novelas y dos volúmenes de cuentos protagonizados por su personaje Gervase Fen, profesor de Oxford y detective aficionado. La editorial Impedimenta promete editar todos ellos, y ha comenzado con La juguetería errante (1946), uno de los más populares. Tras haber terminado su divertidísima lectura, solo puedo decir que ojalá puedan llevar a cabo su promesa.

“-(…) debo decir que si tengo que regresar de la tumba solo para acabar dictando estupideces a una ouija, preferiría no saberlo de antemano.” (p. 96)

Esta aventura de Gervase Fen se mueve en el terreno del humor británico más clásico, ese tan típico de las películas de la productora Ealing que arrasa con todo, que no deja títere con cabeza sin perder nunca las buenas formas, que por momentos raya el absurdo más delirante pero sin jamás dar una voz fuera de tono. Si el hombre es un animal estúpido, y lo sabemos, ¿por qué vamos a estas alturas a escandalizarnos por ello?

Así, siguiendo el trazado de un crimen en apariencia imposible y una trama que es puro whodunit (descubrir quién es el asesino como objetivo principal de la historia), Crispin va más allá y nos muestra todo un retablo impresionante de personajes delirantes, siempre con una mirada divertida, que sin dejar de resultar simpática y amable en su fondo se trasluce una fuerte crítica a ciertas convenciones sociales y un sano espíritu de cachondeo.

Hay momentos en verdad desternillantes: la persecución final por las calles de Oxford es de locos, pero es que la persecución de “la señorita joven y guapa”, con irrupción en una capilla, no es menos descacharrante. Todos los personajes tienen su instante de gloria y están maravillosamente dibujados por Crispin: Richard Cadogan, el poeta de éxito aburrido que está deseoso de correr aventuras y que se embarcará en una que le hará pensar que ojalá no hubiera salido nunca de su cómodo jardín; el estrambótico y fervoroso janeausteniano señor Sharman; el estudiante Hoskins, de mirada cansada y magnífico conquistador con su pose de no interesarle nada, convertido en ayudante para todo; el viejo profesor Wilkes, que uno no sabe si se apunta a la desquiciada aventura para ayudar o para acabar con todas las reservas de alcohol de la nación; la joven y pizpireta Sally Carstairs, involucrada en un lío del que nuestros héroes harán todo lo posible por ayudarla a salir; el abogado Rosseter, tan ladino como despreciable; y, en fin, toda una cohorte de médicos que cuando no están borrachos son medio criminales, de estudiantes que se pasan el día en los bares o de fiesta en fiesta, de viejas señoronas extravagantes y dictatoriales, de policías que no se enteran de nada y que parecen más preocupados por explicar a Shakespeare que por detener criminales, de editores avaros… Y por supuesto Gervase Fen, el rey de los personajes estrambóticos, y su peligrosísimo, cuando él está al volante, coche al que ha bautizado Lily Christine III. Todo un maravilloso y enloquecido despliegue ante el cual resulta imposible no devorar cada una de las páginas de este libro.

Hay bromas dirigidas al lector, bromas sobre el propio autor, sobre los posibles títulos del libro que estamos leyendo, y en todo momento está plagado de citas cultas tomadas y usadas para hacer chistes con ellas. El ambiente tan culto como pedante de la archiconocida ciudad universitaria atraviesa cada párrafo y le da al conjunto una atmósfera de erudición que jamás deja de ser gamberra y divertida. La misma trama de misterio tiene como clave fundamental el uso de algunos poemas del gran Edward Lear, el capitán del nonsense.

En fin, toda una gozada este libro de Edmund Crispin, creo que se me ha notado, ¿no? Y si no ha sido así, pido disculpas y os digo que si queréis pasar un excelente rato con una lectura que debería figurar en la cabecera y como modelo de eso que llaman humor inteligente, no lo dudéis un instante: esta es la novela que tenéis que leer. Y si preferís el humor destrozón y de golpe y tente tieso, pues también. Porque aquí hay risas para todos los gustos. Eso sí, siempre con nuestra corbata en su sitio, la raya del pantalón bien planchada y una buena botella de alcohol a mano.

CRISPIN, Edmund. La juguetería errante. Traducción de José C. Vales. Madrid: Impedimenta, 2011. 312 p. ISBN 978-84-15130-20-8.   

5 comentarios:

Richard Shelton dijo...

Qué envidia
Me sonaba el autor y su libro hace años
.
Me contaron:
Algunos ingleses sólo aceptan escuchar el acento de Oxford: si tu inglés no es puro ni me dirijas la palabra...

Qué pedantes...

Ah,las universidades: en todos lados lo mismo.
Eso de que 'yo estudio todo el tiempo' está bueno para un concurso de chistes.

Saludos

Pato dijo...

Hola Black Arrow. Tras 9 años de vida en el Reino Unido te aseguro que los ingleses no son ni más ni menos pedantes que los españoles que solo aceptan el acento de Valladolid. Y Oxford es de cuento, no dejes de visitarla.
Llosef, menudo regalín de Navidad que le voy a hacer a alguien gracias a esta entrada tan inspiracional :)

Llosef dijo...

¡Hola Black! Lo que dice Pato de los acentos en España es una gran verdad, por desgracia. Y de la intransigencia con los idiomas que no sean el español mejor ni hablar...

Pato: me alegro de que te haya inspirado. Con este regalo vas a quedar como una diosa. Ya, ya, lo eres, pero por si alguien lo dudaba, jaja.

El Abuelito dijo...

Amante como soy de la Ealing, del humor y el sarcasmo británicos y de los ambientes (literarios) de Albión, y fiado en su buen gusto sobradamente demostrado, tomo muy buena nota de su recomendación... Me parece que este lo van a traer los Reyes Magos...

Llosef dijo...

¡Oh, Abuelito! Le va a encantar seguro.