domingo, mayo 09, 2010

Yo encontré a Frankenstein, de Curtis Garland (1978)


A mi modesto entender, hay una gran distancia entre Curtis Garland (Juan Gallardo Muñoz) y otros compañeros escritores que navegaron esas ya preteridas aguas del bolsilibro español. Literatura barata para lectores sin exigencia alguna, pero que sabían distinguir cuándo el producto daba lo que prometía. De ahí su éxito. No lo reivindicaremos tampoco como un genio olvidado, un gran escritor oculto y presto a ser rescatado, pero desde luego sí que merece ser tenido en cuenta en un panorama patrio con pocos autores de valor dentro del género terrorífico. Es una lástima que la tímida reivindicación actual de escritores de novelas y relatos pulp de origen norteamericano no alcance a autores europeos, y españoles en concreto, que poco tienen que envidiar de ellos. Porque el nombre de Curtis Garland no sería el único que merecería una modesta atención. Otros hay que bien se la ganaron: Clark Carrados, Silver Kane, Lou Carrigan o Ralph Barby serían algunos de los que no debería avergonzarse en exceso el crítico de pro si no resultara más cool (o más guay, para ser más exactos) limitarse a los que proceden del corazón del imperio. Tampoco es grave, no se trata de rasgarse las vestiduras ni nada parecido. Es tan sólo que da un poquillo de risa ver la cara de suficiencia en aquellos que van de sesudos, pero que no dudan en cantar maravillas cuando la misma calidad se ofrece en cine, en la tan mentada serie b, pero que cuando se trata de literatura tratan de marcar distancias. Ya se les pasará.

Porque si Yo encontré a Frankenstein se tratara de una de estas películas realizadas en los primeros años cuarenta, dirigida por ejemplo por un Erle C. Kenton, dentro del ciclo de aquellas tan deficientes como simpáticas peliculillas que ofrecían esos cócteles de monstruos con los que la Universal trató de reverdecer viejos laureles terroríficos, sería reivindicada sin pudor alguno. Desquiciada y delirante como ellas, al menos, lo es un rato.

Garland entra rápido en materia: tiempo y espacio obligaban a ello. Así, sus primeras páginas muestran, en rápida sucesión, un accidente de avión, un rescate desesperado entre una frenética tormenta en medio del mar de un par de supervivientes gracias a un barco danés, la subsiguiente deriva y hundimiento de éste debido al tremebundo temporal y el arribo a una isla perdida en las costas de Escocia. El tono lúgubre del mar embravecido, las olas y el viento con su fuerza incontrolable y la furia y soledad de la tempestad se hacen sentir de manera intensa, con una fuerza que es de agradecer. Como es habitual en Garland, todo comienza con garra y con una atmósfera conseguida. Otra cosa es que después la trama se desarrolle con más o menos acierto.

Y aquí, la historia narrada es delirante de por sí: nada más y nada menos que se nos cuenta el encuentro del protagonista con Viktor Frankenstein VI, descendiente del famoso doctor que hiciera mítico Mary W. Shelley en su imperecedera Frankenstein o el moderno Prometeo, y su no menos mítica criatura. Como no es extraño en Garland, éste comienza el relato con una cita de este magistral libro, y lo hará más veces a lo largo del relato. Sabe y conoce bien su fuente, al menos. Lo mismo sucede con la criatura, que aquí toma los rasgos bien conocidos desde las maravillosas películas de James Whale de Boris Karloff. Chistopher Lee y la Hammer son obviados. Y no sólo el aspecto: el sentir de la criatura, el de un alma torturada que llega al mal empujado por la crueldad de los hombres, es heredero directo tanto de la novela de la Shelley como de estas películas.

Pero bueno, seamos sensatos: el trabajo de Garland queda a años luz de sus referentes pese a su sugestivo y conseguido inicio. Era de prever. Al final todo deviene un relato demasiado convencional y tópico, con unos malvados de cartón piedra queriéndose aprovechar del monstruo para dominar el mundo, nada más y nada menos, como si a estas alturas el pobre fuera de temer. La criatura aquí también es una víctima, y si hace el mal, como he comentado, es por accidente o porque es impelido a ello.

En cualquier caso, el autor es consciente de las aguas que navega y ofrece con un mínimo de respeto al lector lo que promete: acción macabra, gotas de erotismo, atmósferas lúgubres bien conseguidas en algunos momentos y palos para los malos y boda y felicidad para la pareja protagonista como está mandado. Es la ventaja de prometer poco: es fácil cumplir. Y Garland lo hace con probado oficio. Otros con más prestigio no llegan ni a esto.

GARLAND, Curtis. Yo encontré a Frankenstein. Ilustración de portada, con una criatura que parece levitar en el éter: Desilo. Barcelona: Bruguera, 1978. 95 p. Selección Terror; 277. ISBN 84-02-02506-4.

miércoles, mayo 05, 2010

La décima víctima en la radio # 07: Stanislaw Lem



AQUÍ (pulsar botón derecho del ratón y guardar como) Duración: 18' 39''


podéis escuchar la séptima entrega, emitida el 4 de mayo de 2010, de la sección dedicada al estudio de la solarística La décima víctima en el programa de Canal Extremadura Radio Los dos de la tarde, dirigido y presentado por los aún por betrizar Carlos Macías y Kanuto. En el tramo final del programa tendréis la oportunidad de surcar las galaxias siempre ajenas e incomprensibles para el hombre descritas por el fascinante STANISLAW LEM.

Volviendo a los tiempos de las cien palabras por segundo, convirtiendo el hablar de la novela del maestro polaco Fiasco en un fiasco en sí mismo, aclarando que Tolstoy no es lo mismo que Tarkovski y afirmando que amamos a Philip K. Dick pese a la que le montó al bueno de Lem.

Y pido perdón porque se me fue un pelín (¡un pelín!) la cabeza y creo que destripé en exceso alguna de sus novelas. ¡Sed, como siempre, indulgentes!

miércoles, abril 28, 2010

La décima víctima en la radio # 06: William Hope Hodgson



AQUÍ (pulsar botón derecho del ratón y guardar como) Duración: 15' 50''

podéis escuchar la sexta entrega, emitida el 27 de abril de 2010, de la sección de literatura espectral La décima víctima en el programa de Canal Extremadura Radio Los dos de la tarde, dirigido y presentado por los piratas Carlos Macías y Kanuto. En el tramo final del programa tendréis la oportunidad de surcar las siniestras aguas dominadas por el inmenso WILLIAM HOPE HODGSON.

Sus historias de terror ambientadas en el mar no tienen parangón en la historia de la literatura. Su novela La casa en el confín de la tierra quizá sea la obra maestra del horror cósmico, la cúspide de toda una forma de narrar acerca de la angustia, el aislamiento y la soledad, los grandes temas de la literatura de terror cuando ésta se expresa sin cortapisas nacidas de la convención, un libro que supuso para este espectro descarnado que aquí escribe una experiencia única. ¡Y salen monstruos bien feotes!


(La ilustración es del dibujante Philippe Druillet, adaptando a Hodgson en el año 1971. Podéis ver más maravillosas ilustraciones hodgsonianas de este grande del cómic francés aquí).

lunes, abril 26, 2010

Lamentarás haber nacido, de Ada Coretti (1985)


Un pintor atormentado por su obra, el retrato de una bella mujer que escapa, de manera literal, del lienzo y lo sume en una crisis nerviosa que lo lleva al borde de la locura. Desquiciado, fuera de sí, pide ayuda a un amigo, un detective privado, para que lo ayude. Tal es el punto de partida de esta novelita de Ada Coretti, seudónimo bajo el cual se oculta para escribir exclusivamente obras de terror la autora Isabel Irigaray. No nos sorprende que lo haga, la verdad.

Pero bueno, no seré malo y despiadado como reclama mi instinto. A fin de cuentas, sabía dónde me metía cuando empecé a leer esta farragosa novela de bolsilibro. Porque lo peor no es lo horrible de sus formas, la precipitación y las maneras algo burdas se dan por supuestas, sino su torpeza tan desarmante como imposible de defender. Si al menos se mostrara salvaje, si de alguna inusitada página surgiera un instante de terror, prestos correríamos a soltar una palabra amable. Y una soltaré, sí, porque esa página existe, pero en conjunto Lamentarás haber nacido resulta feble e inconsistente.

El problema infranqueable de su estilo no se ve recompensado por la fuerza de la narración o por un argumento delirante y locuelo que nos arrastre. Porque en realidad la Coretti se desmarca con una narración detectivesca de lo más chusco y predecible. ¡Demonios! Si al final hasta reúne a todos los sospechosos en una misma habitación para que el culpable se delate… El truco del cuadro deviene en su explicación una tontería casi diría que dolorosa, y las razones que mueven al asesino a cometer los crímenes incitan a que nos llevemos las manos al rostro clamando a Cthulhu por nuestra estupidez. Pero…

¡Ay! Amigos, y confieso mi estulticia y mi poco criterio, pero en el tramo final del relato Ada Coretti nos guarda una sorpresita. Vale, se adivina casi desde el principio, pero todo se ha desarrollado de forma tan aburrida que no por esperado deja de sorprender. Y es que, uno es así, no puedo evitar comentar que dicha sorpresa, macabra y retorcida, es lo que finalmente ha hecho que no deje de mirar este libro con una distante simpatía. Dadme un ataúd, dadme un cadáver, dadme un hálito de vida dentro de esa caja junto a la muerta, unos ojos que se abren y descubren junto a sí el fruto de sus crímenes a varios metros bajo tierra, compañeras ahora en la eternidad de las sombras y la muerte, víctima y verdugo compartiendo la angustia de un destino maldito, y ya me doy por satisfecho. Poe dejó su huella.

CORETTI, Ada. Lamentarás haber nacido. Barcelona: Bruguera, 1985. 91 p. Selección Terror; 612. ISBN 84-02-02506-4.

miércoles, abril 21, 2010

La décima víctima en la radio # 05: Maurice Renard


¿Habéis sufrido alguna vez migrañas, mareos, dolores tales que pensabais que vuestra cabeza reventaría como un melón maduro recibiendo una patada, o bien que vuestras sienes martilleaban siguiendo el rítmico sonido de un tambor en Semana Santa? ¡Bah! Fruslerías, naderías, tontunas. ¿Que la cabeza habitualmente se os va como a nuestro héroe del espacio Hal 9000? ¡Ay, ay! ¿Y no sabéis por qué? ¡¡¡Pues se acabaron vuestros problemas!!!

AQUÍ (pulsar botón derecho del ratón y guardar como) Duración: 15' 11''

en la quinta entrega, emitida el 20 de abril de 2010, de la sección de literatura enajenada La décima víctima en el programa de Canal Extremadura Radio Los dos de la tarde, dirigido y presentado por los doctores locos Carlos Macías y Kanuto, encontraréis todas las respuestas. En el tramo final del programa, el extravagante y genial Maurice Renard será nuestro guía en este descenso a lo más profundo de nuestros cerebros. Siguiendo la senda de H. G. Wells y allanando el camino para Adolfo Bioy Casares, el genial francés está listo para la trepanación. Poned vuestra materia gris a buen recaudo. En caso contrario, lo hará él…

martes, abril 20, 2010

La casa hecha con sangre, de Clark Carrados (1979)

Clark Carrados es uno de los muchos seudónimos utilizados por el escritor Luis García Lecha, un todo terreno del bolsilibro curtido en todos los géneros imaginables (bueno, si le echáis mucha imaginación igual dais con alguno que no ha tocado, pero creo que me explico, ¿no?), siempre eficaz, de un estilo cuando menos eficiente y en ocasiones más elaborado y creativo que el resto de sus compañeros facturadores de novelas de a duro. Como anécdota, me gustaría tan sólo mencionar el que a mi gusto es su mejor sobrenombre: Louis G. Milk. Igual no, igual le pareció lo más normal, pero no puedo dejar de pensar en lo que este hombre tal vez se riera la primera que viera su nombre anglosajonizado de manera tal adornando la portada de un libro.

En La casa hecha con sangre Carrados demuestra su oficio. Si bien en esta ocasión no pasa de ahí. La historia de una maldición que pesa sobre una mansión sureña, levantada piedra a piedra con la sangre derramada de los esclavos que en ella trabajaron, no tiene la fuerza suficiente, se mezclan en ella demasiadas cosas. Tenemos a cinco descendientes de los cinco dueños (¡cinco dueños al mismo tiempo!) de la mansión, reunidos en ella debido a la conmemoración de los 150 años transcurridos desde su construcción, fecha que coincide, así es la vida, con la de la ejecución de la mentada maldición. Sobre cada uno de ellos caerá, se presupone, una muerte que se corresponderá con la manera particular en que cada ancestro torturaba y mataba a los esclavos negros. Así se sucederán ahorcamientos, despellejamientos a latigazos, cocodrilos alimentados por suculentos cuerpos, ahora de blancos, y otras lindezas que nos mantendrán al menos interesados en seguir leyendo. Pero es más lo prometido, o lo que esperamos en nuestros cerebros enfermos, que lo que el bueno de Carrados, un escritor que apuesta más por las relaciones entre personajes que por detenerse en detalles escabrosos, termina por ofrecer.

Y es que todo parece funcionar, como se suele decir, a medio gas. Las escenas más violentas o no son descritas, sólo asistimos a su resultado, o bien lo son pero sin detenerse mucho en ellas. Carrados pasa veloz por los momentos supuestamente más aterradores. Así también con las apariciones entre fantasmales y zombificadas del negro Hombo, brazo ejecutor de la venganza secular, que carecen de atmósfera y parecen incluidas porque, en fin, se trata de una novela de terror y algo como de miedo hay que poner.

Sin embargo, sí que se toma su tiempo y se demora en mostrarnos el carácter degenerado y decadente de esos familiares, de esos descendientes de ancestros tocados por el mal, dejando claro que el estigma de la maldad se hereda, nos viene dado por la sangre. Tal que una novela de Nathaniel Hawthorne. Y, en fin, la esencia del cristianismo, que nos considera pecadores nada más nacer; de ahí el bautismo, para purificarnos. Como la SGAE y el impuesto sobre los cedés y deuvedeses vírgenes, para que quede más claro el concepto, que nos considera ladrones a todos y por eso nos hace pagar.

Pero incluso con este cuidado, Carrados cae en un exceso de contención. Como corresponde a la maldad según cánones estandarizados por la sociedad, y las novelas y películas que la reflejan o al menos lo intentan, cuando ésta es mostrada en las mujeres pues, ya sabéis, indefectiblemente muestran un carácter rijoso que suele ser más habitual en los hombres. Aquí, las féminas muestran una facilidad para encamarse con el primero que pillan sorprendente, en parte por incluir unas gotas de erotismo para ponerle una sonrisilla en el rostro al lector masculino, en parte porque así se nos indica cuáles de ellas portan el gen del mal. Pero incluso aquí vence la contención, y todas las escenas quedan a medias: el pobre protagonista nunca en su vida habrá tenido tantas oportunidades de llevarse chicas a la cama y quedarse apagando velas. Con la moralidad arcaica que a veces muestra el género (algo aplicable a la mayoría de bolsilibros, no olvidemos que ofrecen lo que el lector medio quiere leer), el protagonista masculino se preservará para la protagonista femenina, ésta sí recatada y decente, aunque sensual hasta el mareo. Esa imagen tan machista de que una buena mujer es la que parece una puta pero no lo es. Las malas lo parecen y lo son. Sin embargo, el prota va de una a otra mostrando una debilidad desarmante, aunque más cegado por la debilidad transitoria que por maldad: las que tientan son ellas. En fin, el lector se identificará fácilmente con él. El lector idiota, quiero decir.

En conjunto, vence el aburrimiento a cualquier otra sensación. No se abandona la lectura, pero es que tampoco da tiempo a ello. Y pese a que el sanguinolento desenlace lo único que parece contar es lo poco a gusto que se sentía Carrados describiendo este tipo de escenas, hay que reconocerle el oficio y el mérito de lograr transmitir, aunque sea en breves momentos, cierto aire malsano, corrupto y enfermizo, acorde con la ciénaga en la que parece haberse estancado la atmósfera de la mansión ancestral que domina la historia.

CARRADOS, Clark. La casa hecha con sangre. Ilustración de portada: Desilo. Barcelona: Bruguera, 1979. 95 p. Selección Terror; 331. ISBN 84-02-02506-4.

jueves, abril 15, 2010

La décima víctima en la radio # 04: George H. White





Cuarta entrega, emitida el 13 de abril de 2010, de la sección de literatura marciana La décima víctima en el programa de Canal Extremadura Radio Los dos de la tarde, dirigido y presentado por los alienígenas Carlos Macías y Kanuto. En esta ocasión, el protagonista fue el intergaláctico George H. White (Pascual Enguídanos Usach) y su Saga de los Aznar.

AQUÍ (pulsar botón derecho del ratón y guardar como) Duración: 14' 35''

podéis descargar la sección del programa. Como siempre, se escuchará la sintonía del Doctor Who invadiendo las ondas.





En esta ocasión comento dos páginas web en las cuales ampliar información sobre el gran George H. White, las cuales os facilito aquí: el Sitio de Ciencia-Ficción y, dentro de la misma, el impresionante trabajo de José Carlos Canalda dedicado a la Saga.





Y, cómo no, también hay unas palabras de admiración para el enorme José Luis Macías, el ilustrador de la Saga de los Aznar. Él, verdaderamente, no era de este planeta.





martes, abril 13, 2010

La décima víctima en la radio # 03: el círculo de Lovecraft


Degustamos el horror caído de lo más oscuro y profundo de los cielos en la tercera entrega de mis colaboraciones semanales en el programa de Canal Extremadura Radio Los dos de la tarde, dirigido y presentado por esas criaturas abisales que son Carlos Macías y Kanuto.


AQUÍ (pulsar botón derecho del ratón y guardar como) Duración: 15' 39''


podréis escuchar el tercer capítulo de esta saga macabra, emitido el 6 de abril de 2010, dedicado al círculo de escritores relacionados con H. P. Lovecraft tanto por la idea de horror cósmico como por los mitos de Cthulhu. Sus predecesores, los coetáneos y sus continuadores. Todo un compendio de terror ictiológico en boca de tres criaturas realmente aberrantes: el delirio de Lovecraft hecho carne. Perdón: pescado.

domingo, abril 11, 2010

Boda de ultratumba, de Curtis Garland (1985)


El disoluto millonario Desmond Doyle ha dilapidado su fortuna. Arruinado, abandonado por su novia, perseguido por multitud de acreedores y consciente, aunque tarde, de la descomposición moral en la que lo ha sumido una vida de vicio, decide poner fin a su vida. Así que ahí lo vemos, pistola en mano apuntando a su sien, frente a la chimenea de una mansión que dentro de poco no le pertenecerá, rodeado de libros que suponemos no ha tenido tiempo de leer pues nuestro amigo se ha pasado toda su vida sin trabajar, forrado de pasta, bebiendo, chingando, haciendo el salvaje y, bueno, jeje, dedicándose a esas cosas con las que soñamos todos y sólo unos pocos hacen. Justo cuando va a apretar el gatillo llaman a la puerta. ¡Qué inoportuno! Pero el disparo puede esperar, a lo mejor no estaba tan desesperado, ¿no?, y el tío va y deja la pistola y sale a abrir la puerta. ¡Vaya tipo! A mi casa llaman y como no esté esperando a alguien no abro. Pero bueno, no soy un millonario aventurero y solicitado por todos. Sigamos. Desmond abre la puerta y se encuentra allí con un tipo todo de negro, escuálido, de rasgos angulosos y siniestro de libro. Vamos, el mismísimo enviado de la muerte si a la postre no resultara que no tiene nada que ver con ella. Sólo es ambientación. Sólo así se explica que lo sepa todo de nuestro protagonista, incluso que estaba a punto de pegarse un tiro, aunque más adelante esto ni se explica porque… Exacto, no hay explicación. Sólo se trata de un truquillo pa ambientar. Pero bueno, Garland narra con sencillez y el lugar común le ayuda a que nos traguemos la historia con poca resistencia. El tío siniestro (que en realidad es una buena persona, el pobre todo lo hace por el bien de su sobrina, pero no interesa contar esto al principio porque entonces no hay así como ambiente de terror sobrenatural) le hace una propuesta increíble: le dará un montón de pasta si se casa esa misma noche. Y más dinero todavía si pasa la noche de bodas con la que será su mujer. Sólo una noche, y después podrá largarse y no volver a verla nunca más. ¡Ostras! ¿Por qué estas cosas les pasan a esos cabrones de millonarios? En fin, a lo mejor tendría que abrir mi puerta cuando llaman… Pero divago. La cosa es que a nuestro hombre lo van a casar esa misma noche, sin dilación, con una muerta. Pero ya mismo, nada de pensárselo. Como Desmond está apuradillo, y a pesar de que se quería pegar un tiro, la perspectiva de conseguir salir de todas sus trampas en una sola noche lo anima a vivir. Aunque sea al lado de una muerta. Y así comienza esta aventura macabra.

¡Buf! Pese a que en algunos momentos resulta de una ingenuidad desarmante, y que lo del tipo siniestro es un truquito de la más baja ralea, hay que reconocer que Curtis Garland (Juan Gallardo Muñoz es su nombre verdadero: si queréis saber más sobre sus otros seudónimos, su ingente obra, qué demonios está haciendo ahora y demás, os recomiendo el gran artículo de José Carlos Canalda que podréis leer si lleváis la flechita hasta AQUÍ y oprimís el botón derecho de vuestro ratón) imprime fuerza y convicción en estos primeros capítulos de su novela Boda de ultratumba, título magnífico que, soy así, a mí ya me ganaba antes de empezar siquiera a leer. Novela de bolsilibro, novela de a duro (aunque ésta costaba 75 pesetas de la época), el pulp patrio, en fin, como queráis llamarla, padece todas las carencias de este tipo de novelas: rapidez en su ejecución, estilo apresurado, mucho diálogo y poca, siendo amables, descripción. Pero ojo: Garland supera la media, y pese a que en el tramo final la novela pierde fuelle, su arranque es muy bueno, en especial los momentos que dedica a describir la macabra boda y la noche nupcial con la desposada cadáver. Dos momentos francamente conseguidos, enfermizos y angustiosos, sí que es verdad que sin resultar algo espectacular, pero plenos de atmósfera terrorífica.

Garland se permite además referencias continuas a Poe, en una ocasión citando directamente su relato El entierro prematuro, buscando una referencia externa de temática obsesiva y enferma que le ayude a meter al lector con rapidez en su trama, y también a El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, como apoyo para su descripción del estado al que ha llegado su protagonista. Pequeña piedra de toque ésta para empujarnos a comprender con mayor rapidez el carácter depravado de Desmond antes de la aterradora noche de bodas que lo cambiará para siempre. El lector habitual de novela popular quizá no tenga ni repajolera idea de quiénes sean estos Poe y Wilde, pero honra a Garland que considere que sí que lo saben.

Como he comentado, la noche que Desmond debe pasar con la esposa muerta da lugar a las mejores páginas de la novela. No llega a resultar necrófila, que tan lejos no se podía ir, pero el horror de permanecer junto a un cadáver toda una noche está reflejado con verdadero nervio macabro.

Lástima que la trama no deje de ser en el fondo una intriga criminal que gira alrededor de una herencia, con una intervención sobrenatural en su desenlace digna del más vetusto gran guiñol que resulta del todo ridícula, como poco, pero la historia se ha desarrollado con interés, manteniendo el misterio del porqué de tan mórbida boda de manera muy efectiva. Cuando llegan las explicaciones, nos importan un rábano, eso por descontado. Preferimos la gota de sudor en la frente provocada por el miedo, la angustia ante la visión de un cuerpo muerto que parece respirar, el sonido habitual de un crujido que en la noche se amplifica y está preñado de terror. Lo demás, como si no existiera.

GARLAND, Curtis. Boda de ultratumba. Ilustración de portada: Prieto. Barcelona: Ediciones Forum, Editorial Delta, 1985. 96 p. Serie terror thanatos; 15. ISBN 84-7598-088-0.

domingo, abril 04, 2010

Harry Stephen Keeler en los periódicos, y más allá...




Mariano García, periodista y miembro de la Harry Stephen Keeler Society, publicó el pasado 26 de febrero en el Heraldo de Aragón un magnífico artículo dedicado a nuestro admirado escritor, sin duda uno de los más extraños, parafraseando el título, del mundo. Pinchando sobre las imágenes podréis verlo en tamaño grande para leerlo con comodidad, si así os place.

Por supuesto, también os recomiendo encarecidamente que, si tenéis interés por este escritor, no dejéis de visitar la grandiosa página de Richard Polt dedicada a él. Es la que un poquito más arriba os he enlazado, la de la Harry Stephen Keeler Society. Está en inglés, pero no seáis vagos y no perdáis la oportunidad de disfrutar de su enorme trabajo de recuperación: cientos de portadas de todas las ediciones de libros de Keeler de todos los países en que fue publicado, un generador de tramas a la Keeler, artículos, fotografías... En fin, el paraíso del keeleriano de pro. También podréis acceder a su boletín dedicado a Keeler, el Keeler News, de forma absolutamente gratuita. En su último número, el 74, se incluye, en inglés, la historieta que escribí para Fermín Solís adaptando un relato del maestro, La extraña historia del dólar de John Jones, traducida por el mismo Richard Polt (¡¡infinitas gracias, Richard!!).

Tampoco podéis dejar de visitar los dos artículos que circulan en español por la red del gran Alberto Sobórnez, también miembro de la HSKS (Mariano García, Sobórnez y un servidor somos tres de los cinco españoles miembros, aunque creo que ahora se ha sumado alguno más...), que suponen la mejor manera de acercarse a Keeler que podáis imaginar. Podéis leer uno cortito AQUÍ, y otro más extenso, una verdadera delicia, AQUÍ.

miércoles, marzo 31, 2010

La décima víctima en la radio # 02: H. P. Lovecraft


Pues

AQUÍ (pulsar botón derecho del ratón y guardar como) Duración: 15' 54''

está la segunda entrega de la sección de La décima víctima en el programa de Canal Extremadura Radio Los dos de la tarde, dirigido y presentado por los peligrosos Carlos Macías y Kanuto. Fue emitido el día 30 de marzo de este 2010. Como podéis ver, estuvo dedicado a la gigantesca figura de Howard Phillips Lovecraft, el solitario de Providence, uno de los maestros indiscutibles de la literatura de terror.




Más o menos a la hora y treinta y cinco minutos del programa, ofrecemos un pequeño repaso a la vida y obra del maestro a velocidad de vértigo, con ese estilo atropellado que marca al espectro que esto escribe. Vamos, ni que a mi ventana estuviera aporreando el mismo Cthulhu para entrar y arrastrarme a los vacíos siderales... ¡y uno no tuviera tiempo de terminar!

Confío en que os guste. Y ya sabéis, no mostréis severidad por más que la merezca.

miércoles, marzo 24, 2010

La décima víctima en la radio # 01: Sherlock Holmes, el canon y los pastiches

Tras mi desastrosa participación como tertuliano en el programa de Canal Extremadura Radio Los dos de la tarde, nefanda actividad que he perpetrado a lo largo de estos últimos cuatro o cinco meses, los directores del programa han decidido levantarme el castigo, o igual los pobres ya no podían aguantar más mis tonterías, y han optado por ponerme a hablar de libros viejunos, que total es lo único para lo que medio valgo. Ayer mismo se inauguró una nueva sección en su programa, la cual, bajo la sintonía de la maravillosa serie Doctor Who, llevaré adelante todos los martes. De diez a quince minutos con mi habitual antiestilo, esto es, hablar tan rápido que consigo pisarme a mí mismo.
AQUÍ (pulsar botón derecho del ratón y guardar como) Duración: 10' 10''
si os apetece, podéis escuchar esta primera entrega, emitida el 23 de marzo de 2010, dedicada a Sherlock Holmes, el canon y los pastiches. Más o menos a la altura de la hora y media de programa. Tened corazón y mostrad piedad si os animáis a escucharlo. Bueno, vaaaaaaaaale, también podéis ser malos. Pero no conmigo. Y, por descontado, gracias para los que mostréis valor.

lunes, marzo 22, 2010

Godzilla 2016


Ésta ha sido mi colaboración para el fanzine EL CASCO, editado en Badajoz por Cisco. Este número estaba dedicado a Cáceres, y ahí iba mi homenaje macabro a... Bueno, más a Godzilla que a la ciudad, jeje. Si pincháis en la imagen, la veréis grandota y la podréis leer, siempre bajo vuestra propia responsabilidad. También han participado en esta ocasión Fermín Solís, Fidel Martínez y Hernán Pacheco, entre otros. Así es la vida.


martes, febrero 23, 2010

La capitana de la «Lady Letty», de Frank Norris (1898)


El escritor norteamericano Benjamin Franklin Norris (1870-1902) es conocido por ser uno de los máximos abanderados del naturalismo según Émile Zola en los Estados Unidos. Su novela McTeague (1899) tal vez sea su obra referencial, al menos en cuanto a popularidad, pues en ella basó el director de cine Erich von Stroheim la monumental Avaricia (Greed, 1924), sin duda una de las películas más duras, amargas, sórdidas y feroces que jamás se hayan rodado nunca, por no decir la que más. Ahora parece que anda olvidadilla, pero el mundo del cine también se mueve por modas y figuras de culto de temporada, por lo que no hay que hacer mucho caso a si una película deja de figurar en todas las listas o si aparece en ellas.

La capitana de la «Lady Letty» (1898) da comienzo narrando una práctica habitual de la época: Ross Wilbur, un pizpireto jovenzuelo de la alta sociedad de San Francisco, es drogado, raptado y vendido como marinero al capitán del barco Bertha Milner. Así es como reclutaban a su tripulación algunos capitanes. Esta práctica no era exclusiva de barcos que se dedicaban a negocios cuestionables o directamente punibles. La Marina Inglesa recurría a ella con regularidad. En fin, de esta forma tan poco romántica se ve el joven Wilbur a bordo del Bertha Milner junto a seis chinos de aspecto y conducta asilvestrada, siendo Charlie, el cocinero, el cabecilla e intérprete de éstos, y un capitán que deja a los chinos como damas de la alta sociedad, el tremebundo Alvinza Kitchell.

Aunque la historia bien podría haber tenido un enfoque dramático, Norris no abandona hasta el final un sano sentido del humor, un optimismo contagioso que frente a las mayores desventuras antepone el espíritu aventurero tanto de la narración como el del propio Wilbur, que antes de lamentarse por su situación se adapta rápidamente, sufriendo sin concesiones la dura vida de un marinero en una goleta tripulada por salvajes bajo el mando dictatorial de un capitán medio loco, sí, pero maravillándose de continuo ante la belleza inconquistable del mar. El capitán Kitchell descubrirá pronto que su Lirio del Valle, así llama a Wilbur, su señorito adinerado y finolis, es un joven inteligente: un aliado en sus aventuras y tropelías, un segundo de a bordo perfecto. Eso sí, siempre dispuesto a partirle la nariz si es preciso a la mínima impertinencia. Así se describe a sí mismo el capitán: “-(…) Escucha, hijo- continuó, plegando rápidamente el catalejo y metiéndolo en su estuche-, me llamo Kitchell, y soy un auténtico cerdo- fue subrayando las palabras con el índice levantado, brillantes los ojos-. C.E.R.D.O., muy bien deletreado: Alvinza Kitchell, noventa y nueve y yo suman un centenar de cerdos. Soy un cochino con ambas patas dentro del abrevadero, antes, después y siempre. (…). Supongo que soy un carroñero del mar por naturaleza más que por otra cosa.” (p. 64)

La narración se va desarrollando así en este tono de aprendizaje aventurero salvajuno hasta que se encuentran con un fantasmal barco abandonado, el Lady Letty. Cargado de carbón de antracita, el cual al calentarse desprende un gas mortal que provoca que el barco arda sin llama y lo esté reventando. Y allí, en la nave moribunda, entrará en la historia el personaje que convertirá esta entretenida novela en una experiencia sensacional: la intrépida, solitaria y salvaje Moran.

A partir de su llegada, la novela entra en un tramo apasionante en el que se suceden terroríficas tormentas, barcos tragados por las aguas, sucesos extraños e inexplicables dignos de William Hope Hodgson, piratas malayos despiadados en acción, disparos, machetazos, ojos invadidos de codicia… y una arrebatadora historia de amor. Y como marco para todo ello, la despiadada y salvaje pesca del tiburón, del cual sólo interesa su hígado para hacer aceite, por lo que el resto del cuerpo, una vez pescado y abierto en canal, es devuelto a las aguas como un pecio macabro.

Pero es la nórdica Moran el carácter que nos arrastra y nos impide dejar de leer la novela hasta el final. Una de las muchas veces en que ella y Wilbur se dan de cara con la muerte, la joven le susurra: “-Formamos una pareja muy rara para morir juntos.” (p. 104) Muestra esta frase de todo su espíritu único, valeroso, irrefrenable: ante la muerte, sólo revela este pequeño sentimiento de sorpresa, quizá perplejidad.

La salvaje Moran carece de piedad en la lucha. Apresan a Hoang, un capitán de desastrados y horripilantes piratas, y para hacerle hablar Moran no duda en torturarlo de manera en verdad espantosa. Moran pide una cuerda y una lima y, en fin, comprobad vosotros mismos: “Trajeron la cuerda y a pesar de los esfuerzos de Hoang y de retorcer el cuerpo enérgicamente, la lima fue introducida en su boca y le ataron las mandíbulas pasando la cuerda sobre su cabeza y por debajo de la barbilla. Unas cuatro pulgadas de lima salían por entre sus labios. Moran la cogió por el extremo y la fue sacando por entre los dientes del carroñero, luego, lentamente, volvió a insertarla dentro.” (p. 125) A ver quien se queja ahora del dentista, amigos.

Para el final Frank Norris abandona su estilo sencillo y directo para adoptar un tono más poético acorde con una idea que, a pesar de su tristeza algo convencional, es bonita. Pero no está del todo conseguido. Se precipita un tanto y todo queda algo forzado, no logra alcanzar el tono mítico que pretende, aunque por momentos llegue a rozarlo. Y quizá eso sea suficiente. Por desgracia el amor pone a nuestra admirada Moran en su sitio. Hubiera sido magnífico que el hecho de descubrir su corazón no la transformase tanto.

En lo que a este espectro se refiere, se queda con la idea de que toda la peripecia termina en nada. Se ha estado avanzando para volver al punto de partida. Más sabio, sí, pero Wilbur retornará a su apagada vida de señorito rico de ciudad. Atrás para siempre quedará su aventura increíble con la más apasionante mujer que jamás conocerá: Moran de la Lady Letty.

NORRIS, Frank. La capitana de la «Lady Letty». Edición y notas de Alberto Laurent; traducción de Miguel Giménez Saurina. Barcelona: Abraxas, 2002. 187 p. Narrativa del mar. ISBN 84-95536-76-5.

sábado, febrero 13, 2010

El hombre del sombrero, de Alexander Lernet-Holenia (1937)


Instigado por un comentario del sabio Abuelito, me lancé a la búsqueda, consecución y lectura de El hombre del sombrero, novela que Alexander Lernet-Holenia publicó en el año 1937. Y, ¡oh, amigos!, haciendo honor a su excelente criterio, me encontré con una obra mayor del escritor austríaco, una verdadera joya que me ha emocionado, divertido y mantenido en tensión los días que ha durado su lectura. Ojalá hubieran sido más.

El relato da comienzo con uno de esos encuentros fortuitos que dan origen a las mejores historias… en la ficción. En un casino de Budapest, primero, perdiendo dinero a espuertas, el narrador inicial se topa con nuestro héroe, Nikolaus Toth. Y una segunda vez, de manera más casual aún, en un accidente de coche. El carácter notablemente caballeroso de ambos, en unos tiempos en que éste comienza a ser un bien escaso, creará una mutua simpatía entre ellos. Y así, Nikolaus abrirá su corazón y se convertirá en el narrador de una increíble aventura.

Nikolaus, desterrado por su padre en un perdido pueblo húngaro tras mandarlo a una empresa comercial, esto es, dejarlo allí sin dinero para volver como castigo por una vida algo disipada y alegre, con la esperanza de que el tener que enfrentarse a la vida sin el dinero de papá lo haga valorar un poco lo que significa el esfuerzo de ganarlo y que vuelva al redil. Pero lo único que aprende Nikolaus es que sin dinero y sin darse aires de tenerlo no se va a ninguna parte. Hasta que entra en escena un extraño personaje, fascinante y vividor a partes iguales, que a todos engatusa con sus amables pero altivas maneras, llamado Clarville. Adoptando una exagerada pose señorial es como consigue vivir con todos los lujos a crédito, ante la sorpresa, es muy joven, de Nikolaus: “Con el entrecejo fruncido pensaba en el modo de obrar de cierta gente que, tratada con altivez, se mostraba servicial en todo, pero que enseguida se echaba encima si uno tenía la debilidad de mostrarse amable.” (pp. 29-30)

Clarville pronto se mostrará tan esquivo con su pasado como interesado en contar con la ayuda de Nikolaus en la empresa que lo ha llevado hasta aquellos perdidos páramos: nada más y nada menos que la búsqueda de la tumba de Atila y el fabuloso tesoro con él enterrado. En la voz de Clarville se mezclan ecos de lejanas leyendas nórdicas que perviven, ocultas pero fuertes, en el presente. En su destierro campestre, Nikolaus se ve así arrastrado a un mundo mítico tan antiguo como la tierra que pisa y tan fantástico como el fantasma que aterroriza a los campesinos de los alrededores.

En la búsqueda, como es habitual en Lernet-Holenia, lo real y lo fantástico se confunden con prodigiosa naturalidad, consiguiendo que lo increíble nos resulte lo más natural. Así la entrada en escena de Marika, una joven húngara tan hermosa como extraña, salvaje, un hada de los bosques, la bruja de la estepa en contacto con lo sobrenatural, acogida en un motel por sus dueños en el que trabaja haciendo de displicente criada. Nikolaus quedará prendado de ella, por supuesto, dando lugar a una en verdad emocionante historia de amor.

Historia de amor que también es un poderoso relato de aventuras, bandidos (betyares) incluidos, de humor, de espectros (el del mismo título) y aparecidos (los que ve Marika), de búsqueda de una fabulosa tumba que tal vez más que llena de tesoros se encuentre atestada de muertos, y que apunta, sin explicitar jamás, pero sugiriendo con fuerza, el tema del doble. Es más, como en la posterior Las dos Sicilias, abriendo la posibilidad de que ese doble tal vez sean tres.

El destino ineludible, la muerte, el pasado siempre preferible al presente, la realidad como un pozo infecto en el que se ahogan nuestros sueños y lo irreal como la única forma de enfrentarse a la vida serán los pilares fundamentales que sustentarán esta apasionante novela. En definitiva, los temas recurrentes de su autor, aquí destilados con un maravilloso sentido del humor que nos hace pensar en ese otro gran escritor que es Leo Perutz. Un mismo sentimiento parece impulsar la obra de Perutz y esta El hombre del sombrero de Lernet-Holenia.

“-Ya me di cuenta desde el principio- dijo. –Sólo que no quería reconocerlo. No me gustaba la verdad. Siempre ha sido mi debilidad que la verdad, la realidad, no me haya gustado, se lo confieso…” (p. 201) Maravillosas y terribles palabras del gran Clarville. Epítome de una novela en verdad, ésta sí, fantástica y sobrecogedora en su sencillez.

LERNET-HOLENIA, Alexander. El hombre del sombrero. Traducción de Annie Reney. Esplugas de Llobregat (Barcelona): Plaza & Janés, Ediciones G. P., 1976. 252 p. Reno; 518. ISBN 84-01-43518-8.

miércoles, febrero 03, 2010

Las dos Sicilias, de Alexander Lernet-Holenia (1942)


El escritor austríaco Alexander Lernet-Holenia (1897-1976), bajo la apariencia de un relato de misterio ambientado en los grandes salones de la Viena de 1925, nos ofrece en realidad en su novela Las dos Sicilias (1942) esas reflexiones acerca de la muerte tan propias de él, esa insistencia entre maravillosa y tétrica en llevarnos siempre a dar un paseo por el otro lado de la existencia.

Uno de los personajes, el estrambótico y parlanchín Gasparinetti, tan lleno de secretos, como si su cháchara interminable sólo fuera una cortina de humo tras la que ocultarse a la perfección, hará una declaración de principios que suponemos susurrada al oído por el propio autor: “Hay quien sostiene que es la vida real la que nos cuenta las historias más interesantes. Pero esta afirmación es una perogrullada, como toda afirmación general. Por mi parte, me parece más bien que lo que llamamos realidad, además de ser desagradable, carece por completo de interés. En general, la vida comienza a hacerse interesante en el momento en que se hace irreal; y las narraciones más perfectas son aquellas que, poseyendo la mayor verosimilitud que pueda darse, alcanzan el máximo grado de irrealidad.” (p. 25) Y ya está, amigos. Así de sencillo. Lernet-Holenia acaba de contarnos el secreto de su estilo. Y sin ceder un ápice de su magia al desvelarlo.

En esta ocasión, sus personajes sufren repentinas visiones, son trasladados en trance a otro mundo, un poco a la manera, más por encontrar un referente que por un parecido real, de Arthur Machen. Ambos anhelantes de un pasado glorioso, mítico, Machen fascinado por él, reviviéndolo en el triste presente, Lernet-Holenia convencido de su fugacidad, de ser algo irrecuperable ante lo que sólo podemos retrotraernos gracias al recuerdo, con un presagio de muerte y descomposición. En ambos la misma sensación de fragilidad, de realidad rota por un atisbo del más allá.

Todos estos personajes parecen levitar en la neblina, vivir en una ensoñación caminando por un limbo que prefigura la muerte. El pasado extiende sus brazos abrazando el presente y engulléndolo. Da la sensación de que no se avanza, sino de que se retrocede, atrás y más atrás en los años y los siglos, y así los miembros del regimiento Las dos Sicilias viven atrapados en una rueda que asemeja ser la del no existir en esta realidad. Son espectros paseándose por los extintos restos de un pasado tan luminoso como fúnebre.

Las digresiones sobre la muerte, lo efímero de la vida y la permanencia de aquello que nos ha pertenecido, que nos representa con más fuerza que nuestra propia existencia, son continuas, teñido todo con una melancolía a todas luces (aunque acertaría más si escribiera “a todas sombras”) enfermiza. Esto hace que la trama principal pierda fuerza, aunque también le lleva a uno a preguntarse cuál será en realidad esa trama, si la narración del destino fatal de los soldados del regimiento Las dos Sicilias o bien las mismas digresiones.

Demasiado etérea y dispersa para ser una novela de misterio de pleno derecho, también resulta demasiado reflexiva y explicativa para ser una novela fantástica, si bien toca ambos géneros. En realidad, todas sus ensoñaciones, su trama de crímenes en cadena, el lío tremendo con el tema del doble (más correcto sería afirmar “del triple”), todo ello sirve para que Lernet-Holenia nos hable en verdad, en tono fantasmagórico, de sus temas predilectos: la muerte y el paso del tiempo.

LERNET-HOLENIA, Alexander. Las dos Sicilias. Traducción de Alberto Luis Bixio. Madrid: Espasa Calpe, 2003. 245 p. Línea de sombra. ISBN 84-670-0462-2.

domingo, enero 31, 2010

El conde Luna, de Alexander Lernet-Holenia (1955)


El escritor austríaco Alexander Lernet-Holenia (1897-1976) tal vez sea el más esquinado, secreto y extraño de los autores de literatura fantástica. Y mira que hay competencia… Pero bueno, si afirmar que él es quien más merece estos adjetivos quizá sea excesivo, de lo que no podemos dudar es de que los merece todos. Su obra nos muestra un misterio sutil, una niebla que va cubriendo lo cotidiano para llevarnos a dominios más allá de la muerte. Porque esto mismo, la muerte, cómo nos enfrentamos a ella, cómo invade nuestro mundo real y qué es lo que sucede cuando uno da un paso más allá de lo común y, sin saberlo, se encuentra caminando por sus tristes dominios es el eje creativo de Lernet-Holenia. La muerte, el pasado perdido, el destino ineludible, el hado fatal que nos guía y lo espectral confundiéndose y haciéndose uno con lo real son sus grandes temas. Un hálito fantasmal recorre sus historias, y si bien no escribe sobre fantasmas, no otra cosa son sobre este mundo sus protagonistas. Nos hallamos así ante un escritor al que resulta difícil incluir en corrientes literarias, de incluir en el género, a no ser que fantástico extraterrenal pudiera ser admitido como parte del mismo.

El protagonista de El conde Luna (1955), Alexander Jessiersky, lleva marcado desde la infancia un destino fatal, el fruto enfermo de su estirpe: “No quería a nadie. Era uno de esos niños que ya desde muy pequeños comprenden que su destino es estar solos. Sin ser soñadores, no tienen ninguna o casi ninguna relación con el mundo tal como es, sino más bien con el mundo tal como fue; (…).” (p. 19)

Descendiente de la más extraña de las familias, es un extraño él también, a su vez, en ella.

El conde Luna da comienzo con la desaparición de Jessiersky en las catacumbas de Roma, empeñado en visitarlas en busca de dos sacerdotes franceses desaparecidos tan sólo por hacer tiempo mientras espera su viaje en barco hacia Buenos Aires. En apariencia, claro, porque no todo es tal y como lo vemos. Dado por desaparecido, su caso parece que va a archivarse y perderse en el limbo, pero buscado en su país de origen, Austria, el Ministerio del Interior pide al gobierno italiano que no se cierre. El libro se convierte entonces en el relato basado en un informe elaborado por un funcionario que investiga una desaparición. Su tono es así frío, informativo, algo desapasionado. De nuevo en apariencia, porque corrientes ocultas lo convulsionan. Hasta el sentido del humor, la risa, asoma su rostro, deformado en este desolado relato.

Jessiersky está obsesionado con el conde Luna, al cual imagina obrando una cruel venganza sobre su familia desde la oscuridad. En el pasado, Luna acabó en un campo de concentración alemán debido a una trama para arrebatarle sus tierras. Esta conspiración, llevada a cabo por los directivos de la empresa de la que es dueño absoluto, gracias a su interesado matrimonio, Jessiersky, lo convierte en el mayor responsable, pese a que su única culpa haya sido la desidia más absoluta frente al proceder de sus empleados. Jessiersky se crea un enemigo fenomenal, de proporciones casi demoniacas, pero no tiene en cuenta que su actitud lo convierte a su vez en otro demonio enloquecido: “Porque en el fondo no hay mucha diferencia entre las personas que obran en oposición; ya por el hecho de obrar así, por el hecho de que no se puede crear algo opuesto sin que exista lo que se le opone, obran en realidad del mismo modo.” (p. 62) Algo que los fieles lectores de Batman conocemos bien gracias a los enfrentamientos con su némesis: el Joker.

El relato se inicia de manera realista. Pero poco a poco se van colando detalles curiosos, extraños, ilógicos, que quizá nos hagan pensar que algo fantástico o terrible va a suceder, pero sin cumplirse nunca. Se trata, eso debe ser, del carácter peculiar de nuestro protagonista. Nada más. Y así, cuando hacia la mitad del libro las alarmas se disparan, ya estamos inmersos hasta el cuello en una historia delirante y enloquecida, tan fantasmal como obsesiva. Lernet-Holenia nos ha ahogado en lo fantástico cuando pensábamos que nuestros pies no dejaban de hollar la realista tierra.

El informe da fin con la desaparición de Jessiersky, tal y como comenzó el relato, por lo que el autor omnisciente, pero no tanto, debe “imaginar” qué le sucedió al bueno de Alexander Jessiersky en las catacumbas romanas. Una breve historia de las mismas, metida a presión justo en lo más emocionante de la narración, una metafísica conversación acerca de la muerte y el espectral y hermoso desenlace ocupan las últimas páginas de un libro que ofrece sus momentos más sugerentes, extraños y de apasionante lectura en su tramo central. No estamos ante la titánica obra maestra de apenas cien páginas que es El barón Bagge, de la cual queda muy lejos, pero tampoco a una insalvable distancia.

El porqué Lernet-Holenia no es un nombre ni usual ni idolatrado por los amantes de género fantástico en su totalidad (un puñado de adeptos sí que hay, por descontado) es otro misterio que añadir al del mismo fantasmal y esquivo, casi tanto como su creador, conde Luna.

LERNET-HOLENIA, Alexander. El conde Luna. Traducción de J. R. Wilcock. Madrid: Siruela, 1993. 167 p. Bolsillo; 8. ISBN 84-7844-151-4.

martes, enero 19, 2010

Las vigilias de Bonaventura (1805)


Esta novelita aparecida de forma anónima en el año 1805 ha sido atribuida a Brentano, a Schelling e incluso al gran E. T. A. Hoffmann. Pero nada, parece ser que finalmente el gordo fue a parar a manos de August Klingemann (1777-1831), nombre menos llamativo para cualquier posible exégesis. No tengo capacidad ni conocimientos para decir mucho acerca de los dos primeros, pero desde luego sí que costaría relacionar el estilo y las maneras de este librito con la prosa rica, brillante y efusiva de Ernest Theodor Amadeus (ya sabéis, tercer nombre en homenaje a su adorado Mozart), más oscuro cuando se trata de oscuridad, más limpio y divertido cuando se trata de reír, y más agudo y elegante cuando se trata de ironizar sobre la vida. Y creo que ya se me va notando un pelín que mucho, lo que se dice mucho, estas vigilias del quejica Bonaventura no me han apasionado que digamos.

Considerada una joya algo desconocida del Romanticismo alemán, reconozco estar de acuerdo con lo segundo, pero para nada con lo primero. Desarrollada a lo largo de dieciséis capítulos, correspondientes cada uno de ellos a una noche de vigilia del protagonista, un vigilante nocturno (lo que aquí llamaríamos un sereno) se dedica a desgranar su visión de lo divino y de lo humano por medio de pequeñas historias, pensamientos y desgarradas peroratas sobre lo podrido que andaba el mundo ya por entonces. Vamos, que lo de quejarse de lo triste de una época no lo hemos inventado nosotros, aunque presumamos de ello.

La primera vigilia pone en escena la muerte del zapatero, teósofo y místico Jakob Böhme, el librepensador, de manera tan hermosa como lúgubre. El sacerdote presente en la escena asemeja la encarnación del mismo diablo: ya desde estas primeras se entiende que el autor optara por el anonimato. La crítica a la iglesia es acerada, pero ya conocéis el dicho, ¿no?: extremos opuestos, acaban tocándose. Pues esta soberana chorrada resulta que aquí es tan cierta como tópica. Ya veremos.

La segunda vigilia consiste en la visita del verdadero demonio al velatorio entre nubes de tormenta, truenos ensordecedores y rayos que rompen la oscuridad con su luz. Un tono poético macabro y desesperanzado domina la escena, pero sin renunciar a cierto sentido del humor. Este tono será el que marque toda la obra, la voz de un poeta descreído del mundo y sus habitantes. El lamento por la época prosaica y mundanal en la que le ha tocado vivir y que le ha llevado a trabajar de vigilante nocturno, para así evitar en lo posible el contacto con otros seres humanos, es continuo. Y no carece de momentos conseguidos. Así también el encuentro de Bonaventura con el Judío Errante en una catedral gótica, en la cual le cuenta a nuestro protagonista su vida como si de un teatro de marionetas se tratase. ¿Pero cómo demonios no me ha podido gustar? Macabro, divertido, con semejante ambientación y personajes, yo también me lo preguntaría si todo no fuera tan sencillo. Y es que todo lo fantástico, lúgubre de la narración es dejado de lado por el discurso moral: lo efímero del hombre, su gusto por hacer de cada acto una tragedia (una crítica incongruente con la propia obra) cuando no da ni para una mala comedia y cómo se aferra a lo terrenal incluso cuando afirma hablar de lo divino. Este discurso moralista no es de tono religioso eclesiástico en lo que se refiere al respeto por la jerarquía de la iglesia, pues sus representantes se llevan una considerable cantidad de palos, sino la del eremita que se ha apartado del mundo y lo juzga por su vacuidad. Su empeño por convertir cada capítulo en un discurso aleccionador es lo que impide que de verdad la obra alce el vuelo. Critica lo mundano, pero sus palabras se embarrancan allí.

Sólo cuando en algún aislado momento abandona lo discursivo sentimos la fuerza del porqué de su aislamiento y su oscurecerse ante el mundo. Lástima que se empeñe a cada línea por explicar lo que corresponde quizá más al corazón que al intelecto. Hay momentos en que uno parece estar escuchando a uno de esos vejetes que se sientan en los parques a criticar el mundo y sus obras.

Así, las aventuras de nuestro oscuro y llorica vigilante muestran casi siempre situaciones atrayentes, tanto cómicas como dramáticas, pero siempre empañadas por prestar más atención a su quejosa visión del mundo que a mostrárnoslo con sus ojos y hacérnoslo comprender. Deviene tristona y algo cansina pese a la brillantez de algunos párrafos y la belleza de alguna de sus imágenes. Lo dicho: aunque se nos presente como “una joya curiosa y obra maestra del Romanticismo alemán”, es más curiosa que joya. Exagerar su valor juega definitivamente en contra. Su gusto por lo macabro asemeja más al del sacerdote hablándonos del infierno que al del poeta desgarrado por visiones terribles: justo lo contrario de lo que el anónimo narrador se propone, o eso nos dice, que vete a saber. Hasta se nos presenta como justiciero en un caso de adulterio (más que justificado, se debe aclarar) castigando sin piedad a los malvados pecadores de crimen tal. No dejan de lloverle palos ni al marido, que es quien más los merece, pero aun así la pareja pecaminosa no son sino ejemplo de los males del mundo. Por suerte, lo mejor del Romanticismo, y en particular el visionario y enloquecido Romanticismo alemán, Hoffmann a la cabeza, no era tan pacato. Leed, leed de éste último su maravilloso libro, éste sí una obra maestra absoluta, impertérrita al paso del tiempo, Opiniones del gato Murr (1819) y contadme luego.

Aquí, en estas vigilias que llaman más bien al sueño, el autor no se cansa de invocar a la Poesía, nuestra salvación en un mundo vulgar y caduco. Pero, ¡ay!, a pesar de que no hay página en que no la llame a gritos, ésta no aparece ni para darse una vueltecilla por allí.

Tan del gusto del romanticismo los escenarios italianos y españoles, no faltan en esta ocasión un par de aventurillas ambientadas en los mismos. La aventura española está protagonizada por don Juan y doña Inés, nada menos, y de nuevo el carácter moral de la enseñanza del relato se sobrepone a la anécdota de éste. Y catedrales góticas, cementerios, conventos, manicomios: se suceden los escenarios más clásicos, pero resultan irrelevantes. Una tramoya en la cual el objetivo del autor es hacernos ver a nosotros, ciegos, lo que la necia ciencia (ya entonces una mala de cuidado, la pobre) nos impide: que detrás de todo está la todopoderosa mano de Dios. Una mano que arrea a la mínima, hay que añadir. En defensa del autor cabe decir que no toda la culpa es de esa cosa maligna y maquiavélica llamada ciencia, sino que también la iglesia y sus jerarcas gustan de cegarnos para medrar en lo terreno. En verdad, al final es que todo nos impide ver la verdad salvo las palabras del propio autor. Según él, se entiende. Cómo no. Modestillo nos salió el vigilante.

Una danza macabra que, como es normal en ellas, arremete con su fiero ritmo contra lo más detestable del ser humano, pero que termina, exacerbado su discurso, borracho de sus propias palabras, por arremeter contra todo aquello que es, simplemente, humano. La visión del mundo como un lugar donde penar, un valle de lágrimas, tan medieval, es un sitio en el cual, mal que le pese al autor, navegarían felices todos los sacerdotes de esas iglesias a las que critica. La muerte nos igualará a todos, reyes y mendigos, poetas y cocineros, filósofos y zapateros. Al final al autor le da por reír con risa de loco y la función se anima un tanto, pero el telón corre presto a caer y, por mucho que a última hora algo quiera salvar, ya es tarde.

LAS VIGILIAS de Bonaventura. Traducción de Marisa Siguan y Eduardo Aznar. Barcelona: Acantilado, 2001. 172 p. El Acantilado; 39. ISBN 84-95359-31-6.

miércoles, enero 13, 2010

De cine (1981), de Budd Schulberg



Puedes leer este comentario en la página de cine El antepenúltimo mohicano, bajo el título El fulgor efímero, AQUÍ.


Clara Bow.


Erich von Stroheim.


Herman Mankiewicz.


Colleen Moore.


Sergei M. Eisenstein.


SCHULBERG, Budd. De cine: memorias de un príncipe de Hollywood. Traducción de J. Martín Lloret. Barcelona: Acantilado, 2006. 732 p. El Acantilado; 136. ISBN 978-84-96489-71-4.

sábado, enero 02, 2010

La fórmula Hanzer, de J. Figueroa Campos (1943)


J. Figueroa Campos no es sino uno más de los muchos sobrenombres que utilizó el autor de novela popular José Mallorquí (1913-1972), más o menos recordado por ser el creador de las 192 novelas que forman la saga de su personaje más conocido, El Coyote. Novelas nada desdeñables, por cierto, al menos las poquitas que he leído. No es difícil detectar en él un estilo ágil, colorido, de rápida pero eficaz ambientación, personajes que, sin dejar a un lado su concepto de arquetipos, se permiten de vez en cuando algún instante de verdadera personalidad, siempre efectivos y carismáticos, y con un gusto por la metáfora y el cuidado en el cómo narrar una secuencia de acción que, no nos engañemos, no es lo más habitual cuando uno se enfrenta a este tipo de literatura. Literatura que en España de siempre ha sido la novela de a perra gorda, luego de a duro, y que en Estados Unidos goza de cierto prestigio gracias no sólo a tener un nombre aglutinador mucho más atrayente, pulp, sino que verdaderamente fue escuela de escritores que el tiempo y la influencia que han ejercido en otros autores y otras artes han terminado por demostrar su verdadera valía. Mientras, en España sólo queda el olvido y el sempiterno prefijo sub- al referirse a su trabajo. Porque si éste fuera un país serio, a la obra de Mallorquí se la tendría en algo de estima. Y no se trata de alabarlo como el gran autor desconocido y olvidado de la novela popular, tampoco hay que hacerle mil y un homenajes, sino tal vez simplemente que, igual que se reeditan las obras de Sax Rohmer decicadas a Fu-Manchú, a las cuales estilísticamente las de Mallorquí no le van a la zaga, reeditar su obra como se merece. Vamos, que en una recopilación de autores pulp como, por ejemplo, Los hombres topo quieren tus ojos y otros relatos sangrientos de la Era Dorada del Pulp, el bueno de Mallorquí superaría con creces la media en cuanto a calidad como narrador se refiere.


Relatos de acción, de deportes, del oeste, de aventuras, de misterio, de terror, en fin, de todos los géneros posibles dan forma a su dilatada obra. En esta ocasión nos vamos a detener en uno de sus personajes, Duke, cuyas aventuras podríamos enmarcar dentro del género de misterio, pero también gangsteril, de aventuras, algo de novela negra y hasta de casas encantadas si me apuráis. Y es que a nada hace ascos el devenir investigador de nuestro héroe. Tomando como modelo al Doc Savage de Lester Dent, también Duke es un tipo de una pieza, músculos acerados y mente… Bueno, lo de pensar mejor dejarlo para sus compañeros de aventuras, que para eso están.

Duke protagonizó diez novelas en la colección Hombres audaces: nuevos héroes publicada por la editorial Molino en el primer lustro de la década de los 40. Continuación de la colección Hombres audaces, también de Molino, que incluía novelas de personajes tan populares como Bill Barnes, Doc Savage, El Vengador o La Sombra, la nueva colección se dedicó a héroes creados por autores españoles, siempre escudados en seudónimos y en una obra que en todo momento no sólo tomaba como modelo a los citados, sino que debía asemejar tener un origen norteamericano, cuando menos sus protagonistas.


Así, la colección Hombres audaces: nuevos héroes tuvo como titanes del bien y el orden, junto a Duke, a Ciclón (de M. de Avilés Balaguer, Manuel Vallvé López en su casa, con seis novelas), Hércules (de Adolfo Martí, el mismo Vallvé López bajo otro nombre, con seis novelas), Yuma (de Rafael Molinero, que no es otro que Gustavo López Hipkiss, otro todo terreno de la novela popular y traductor además de las novelas de Guillermo el Travieso de la adorable Richmal Crompton, con catorce novelas) y Tres hombres buenos (de Amadeo Conde, otro sobrenombre de José Mallorquí, con catorce novelas).

La fórmula Hanzer fue la primera protagonizada por Duke, la número catorce de la colección Hombres audaces: nuevos héroes. Es así el último personaje incorporado a la colección.

La novela, qué os voy a decir, comienza de manera trepidante, y sin dar un respiro ya estamos en mitad de un desierto en el Tíbet que más asemeja el del Sáhara, entonces aún español, con nuestro héroe Duke Straley y su inseparable amigo Robert (Bob) Dennison repartiendo ñoños a unos malvados y fanáticos tibetanos que han acorralado su caravana de expedición al Himalaya en medio de una tremebunda tormenta de arena. En tres páginas nuestros héroes vencen el cerco, a la tormenta y al mismo Valle del Yaru en el que se encuentran sin apenas pestañear. Pero Mallorquí no sólo da al lector desprejuiciado lo que espera, sino que regala una perfecta presentación de los caracteres de sus dos protagonistas mostrándolos desde el inicio en una situación de peligro a vida o muerte, en la cual veremos de verdad cómo son estos dos hombres de los que sólo conocemos el nombre. Y si mientras Duke, como he comentado, es un roble de una pieza impertérrito al miedo, Bob Dennison es todo lo contrario, un personaje temeroso y vencido por el deseo de volver cuanto antes a su casa, pero que ante el ataque de los fanáticos, entre los disparos enemigos, se muestra con tanto valor o más que el propio Duke. Un valor que nace por el deseo irreprimible de salir cuanto antes del peligro. Y así, tan simple que parece hasta fácil, Mallorquí nos muestra a sus héroes, distintos, complementarios, la pareja que a día de hoy ya es lo normal en cualquier ficción aventurera que se precie. Bueno, en aquel tiempo ya lo era, pero hoy se repite de igual manera, infatigable el modelo al acoso de los años.



Ya en Nueva York, ambos mostrarán orgullosos la razón de su expedición al Himalaya: recuperar un jarrón chino de inestimable valor. Y todo para que… Pero no, no sigo contando porque de verdad que merece la pena leerse. Con esto sólo quiero abriros el apetito. Aunque sí comentaré alguna cosa más.

Porque me gustaría destacar otros personajes, ejemplos de la gran capacidad de creación de los mismos por parte de Mallorquí. Tenemos entonces a Dorothy Lasalle, una periodista que para nada desentonaría en cualquier programa de esos de cotilleos de la tele que en la actualidad causan furor, pintado con una mala leche nunca exenta de inteligencia que para sí quisieran los que critican esos programas. El capitán de policía Max Mehl, un valioso aliado de nuestros héroes que muestra tan buena disposición por ayudar como pocas luces, sin resultar tonto o caricaturesco: es tan sólo un hombre que pone de su parte todo lo que puede frente a otros que lo superan en arrojo. Si no fuera así, ¿para qué necesitaría a Duke? Lo dicho: un buen grupo de personajes en el que cada cual aporta su valía concreta. Hay más, algunos que duran lo que un suspiro antes de ser ametrallados sin piedad, pero sobre todos destaca la en verdad espectacular Elizabeth (Betty) Straley, la hermana pequeña de Duke, y aplico tal adjetivo no sólo por su presumible belleza, sino porque es de lejos el personaje más inteligente que aparece en toda la novela. Ejemplo de cómo, pese a los algo machistorros compañeros de aventuras que tiene, Mallorquí sabe cómo hacer un personaje femenino capaz de eclipsar al resto en cuanto habla. Lástima que se desdibuje un poquito al final, pero no quedaba más remedio: cuando entran en acción las balas y los puñetazos, las chicas seguían siendo chicas.


La novela se desarrolla mostrando múltiples elementos genéricos. Todo mezclado, un buen puñado de influencias que resultan tan curiosas de ver unas junto a otras como, en algunos momentos, estimulantes. Así, del relato de acción y aventuras se pasa a la intriga criminal, al relato de gangsters, detalles de la entonces más moderna novela negra, a una densa trama de espionaje industrial, elementos del más rancio pero maravilloso folletín (banda de desalmados bajo el nombre de La mano negra incluida) y, como dije al principio, los relatos de casas encantadas. Persecuciones en automóvil, ametrallamientos, asesinatos, una casa con más pasadizos ocultos y puertas secretas que un castillo de la Radcliffe y el brío de Mallorquí para lograr un todo trepidante, un ejemplo de novela popular que jamás debería caer en el olvido.



Queda como nota curiosa el ascendente español de Duke (literalmente, “por cuyas venas corre sangre de adalid del Oeste y de conquistador español”, p. 23) y la simpar Betty, cuya madre no era otra que “la inolvidable doña Isabel de Pozoblanco” (p. 21). En fin, concesiones, o no, a la raza.

Pero también se suceden los ejemplos de la fuerza narrativa de Mallorquí, su brillantez que refulge en algunos momentos con verdadera fuerza. Cuando un coche avanza entre la niebla, nuestros héroes “(…) tenían la impresión de atravesar una enorme esponja empapada en agua” (p. 45). O refiriéndose a la casa misteriosa en la que se desarrolla la parte final del relato, la gran Elizabeth la describe tal que así: “Parece como si la noche se hubiera metido dentro” (p. 49). ¿Acaso hay forma más gráfica y hermosa de describir cómo es el horror?

Magnífica aventura que iba acompañada de los grandes dibujos de Carlos Freixas, que he escaneado he incluido aquí.



FIGUEROA CAMPOS, J. La fórmula Hanzer. Ilustraciones de Carlos Freixas. Barcelona: Editorial Molino, 1943. 63 p. Hombres audaces: nuevos héroes, 14; Duke, 1.

jueves, diciembre 10, 2009

Hablando de la muerte con el matrimonio Lockridge

Un tanto a la manera de Nick y Nora Charles, el matrimonio protagonista de El hombre delgado inmortalizados por Dashiell Hammett, y representados de forma magistral por William Powell y Myrna Loy para el cine, el matrimonio Lockridge, Frances (1896-1963) y Richard (1898-1982), dio vida a su pareja de detectives particular: Mr. Y Mrs. North, Pam y Gerald (Jerry) para los amigos, también para los lectores. Si los primeros contaban como comparsa con la simpática presencia del perro Asta, los segundos no son menos y gozan de la compañía de, nada más y nada menos, tres gatos: Martini, Ginebra y Jerez. Todo un acierto los nombres, hay que reconocerlo. Lástima que no pasen de ser un mero adorno, pues la verdad es que si no aparecieran nada se notaría, al menos en las dos novelas que he leído protagonizadas por sus amos y que son las que aquí voy a comentar.

La muerte cita al bufón (1953) ha sido mi toma de contacto con ellos, y debo decir que el encuentro ha resultado un tanto gélido. El matrimonio North es de un soso que tira de espaldas. El pobre Jerry, de hecho, no pasa de ser un mero monigote que parece estar ahí para que la metomentodo de Pam no aparezca como una solterona aburrida. Tal y como está, no deja de ser una casada aburrida, vale, que es lo mismo, pero es que los buenos de los Lockridge, pese a algún apunte entretenido que nos los muestra en la intimidad, son incapaces de darles la más mínima apariencia de vida más allá de servir de resorte para iniciar la trama de misterio y hacerla avanzar como pueden. El protagonismo real pasa así a los que se supone son los comparsas habituales de la función, el Capitán de la policía William (Bill) Weigand y su ayudante el Sargento Aloysius Mullins. Según Pam, policías de los que no dan palizas. Ya lo dije: algún apunte gracioso no deja de tener la novela.

Con la pareja de policías la cosa discurre con más interés, aunque tampoco son personajes bien dibujados. Todos mantienen un perfil casi inexistente, dejando a la trama toda la posible fuerza de la historia, y en este caso ni la trama interesa demasiado. Porque es que ni los malos, ni los sospechosos ni los que por casualidad asoman por allí terminan de tener interés ni, lo dicho, personalidad. El bufón del título no deja de resultar un tipo curioso, pero por lo que hace. Uno no llega a conocerlo de verdad, a saber qué demonios pasa realmente por su histriónica cabeza. Ni por la suya ni por la del resto de los personajes. O eso, o es que por sus cabezas pasan muy pocas cosas. En fin, un espectáculo de marionetas pero sin su gracia.

Sí debemos reconocer el oficio a los Lockridge, que a pesar de no levantar el vuelo en casi ningún momento, tampoco dejan que la historia se nos muera en las manos, y eso que hasta yo adivino el pastel antes del final, con lo obtuso que soy para estos misterios: me lo creo todo, así que se me engaña a poco que uno se lo proponga.

Lo más chocante no es que la acción se desarrolle en un limitado espacio de tiempo, sino que los Lockridge dedican cada capítulo a un número determinado de horas, siendo lo mejor los títulos o epígrafes con que dan comienzo cada uno de ellos: “Miércoles, 1 de abril, de las 8.45 a las 11.46 de la noche” o “Jueves, de las 3.55 a las 5.15 de la tarde”. Y hay que reconocerles que saben encajar perfectamente a sus personajes en las horas establecidas sin que uno piense nunca en cuándo duermen, descansan o comen, defecto habitual cuando se plantean tramas que utilizan este recurso.

Así, pese a haberme resultado algo fría su lectura, reconozco que se llega al final sin demasiado sufrimiento. Se lee tan rápido como se olvida, lo cual borra lo malo y logra que el sentimiento de haber estado entretenido un par de horas persista sobre lo negativo.

Por eso me lancé a leer la siguiente novela de la extensa serie del matrimonio North: La muerte habla en voz baja, publicada originalmente el mismo año de 1953.

Y me alegro de haber sido un cabezota y no haberme rendido a la primera, porque en esta ocasión la trama que presentan Frances y Richard Lockridge es mucho más interesante. La pobre Pam lo pasa fatal y no pinta mal como heroína de acción, el bueno de Jerry, pese a seguir siendo poco menos que un espantapájaros, al menos se conmueve algo, y los policías Weigand y Mullins dan el color necesario. También porque el grupo de sospechosos habitual, sin ser nada excepcional, sí que tienen un poquito más de interés: un puñado de poetas, escritores y artistas de lo más repelente. Bueno, no sé si es así exactamente como querían pintarlos los autores, pero no parecen otra cosa. Cenas en el Algonquin, reuniones literarias, humos de artista, aires de poeta… En fin, cosas todas que resultan muy divertidas cuando en el fondo todos ellos tienen la mente al nivel del basural más miserable. Y aunque la profundidad psicológica brilla por su ausencia, cuando aun nos conformaríamos con que ni fuera profunda, al mostrarnos una trama con más emoción y desde luego muy bien medida en su desarrollo (aquí, los capítulos con el día y las horas resultan indicativos angustiosos pues realmente asemejan una cuenta atrás camino a la muerte), esta novela de los Lockridge nos lleva a tenerlos en mejor consideración.

No es que uno vaya a comprarles una tarta y festejarlo, pero al menos no queda el deseo de estampársela en la cara.

LOCKRIDGE, Frances y Richard. La muerte cita al bufón. Traducción de Anna Muria. México, D. F.: Editorial Cumbre, 1956. 150 p. Laberinto.

LOCKRIDGE, Frances y Richard. La muerte habla en voz baja. Traducción de Luisa Mª Álvarez. México, D. F.: Editorial Cumbre, 1955. 181 p. Laberinto.