jueves, octubre 23, 2014

Las mejores historias diabólicas (1975), antología de Albert van Hageland (primera parte)



La editorial Bruguera editó allá a mediados de los años 70 varias antologías de cuentos fantásticos seleccionados por Albert van Hageland, todas con una pinta estupenda y de las cuales sólo ahora he podido leer una de ellas: Las mejores historias diabólicas (1975). A pesar de este llamativo título, su contenido no se ciñe de manera estricta a la temática prometida. Hageland opta por considerar el Mal una derivación de la misma, o bien el término que resume la acción y el deseo de las criaturas diabólicas en su conjunto, por lo cual podemos afirmar que éste sería el nexo de unión real de los diversos relatos que componen el libro. En cualquier caso, lo ecléctico de la selección y la misma declaración de principios de Hageland en el prólogo, en el que anuncia que su única pretensión es ofrecer unas cuantas horas de buena lectura, hacen que importe poco que el tema elegido los englobe de mejor o más difusa forma. En Introducción: la huella demoniaca, el escritor belga realiza un diáfano, entretenido y no falto de humor recorrido por la concepción, la existencia y el sentido del demonio. Desde las civilizaciones y culturas antiguas, donde carecía de acepción peyorativa o maligna, hasta las diversas religiones que lo han adoptado y reinterpretado a su gusto, pasando también por la cultura popular, sobre todo la de tradición oral, la literatura y el cine. Y aclara, además de lo expuesto antes, que no pretende crear un corpus o una relación cronológica de relatos diabólicos, sino tan sólo reunir un buen puñado de historias con el demonio de protagonista estelar o bien de invitado especial, una “guest starring” de lujo. ¡Más que suficiente para este morador de las tinieblas!


La antología se abre, cómo no, con una Carta sobre demonología y brujería, en realidad un fragmento editado de la primera carta incluida en Letters on Demonology and Witchcraft (1830) de Walter Scott, un ensayo dedicado a las apariciones espectrales de todo tipo y no, como haría pensar su título, sólo a demonios y brujas, un poco como el mismo Hageland estaba haciendo aquí. El gran Scott no duda en considerar a estos entes y sus visitas como habituales en aquellos lugares donde triunfa la superstición, o bien que no son sino fruto de ella. Pero va más allá en su empeño en verdad cientificista y racional por explicar tales fenómenos: no le tiembla el pulso al afirmar que se deben a enfermedades, alteraciones de la consciencia y la imaginación cuando no del sentido de la visión, de algún desarreglo de los órganos oculares. Scott, para dar fuerza a sus opiniones, sazona su texto con múltiples historias de apariciones consideradas reales a las cuales da una explicación racional, bien por sí mismo o bien citando a reconocidos médicos o eruditos filósofos, y cuando no es así, sin dejar por un instante de plantear que el hecho de que un fenómeno espectral carezca de explicación no lo convierte en verídico, sino que estamos ante un caso de desconocimiento de sus causas, un desarreglo mental o físico. El no creer en el origen sobrenatural de las apariciones (no las niega: las explica ofreciendo una razón naturalista de origen fisiológico) no impidió a Walter Scott escribir algunos excelentes relatos de terror, distinguiendo a la perfección gusto y emoción de pedestre credulidad y superstición. Se incluye además de su autoría El demonio tranquilo (The Fortunes of Martin Walbeck), un cuento moral en el que un joven carbonero de los bosques de Hartz, en Alemania, ve ascender su fortuna con la misma facilidad y rapidez con la que caerá después. Sus tratos con un demonio local con forma de gigante no podían terminar de otra manera. Un funesto designio para quien se ha dejado tentar por el mal.   


Del excelente escritor francés Claude Seignolle se incluyen también dos relatos. El milésimo cirio (Le millième cierge, 1965) se publicó en su libro Histoires maléfiques. Partiendo de la historia ya típica de un enamorado arruinado, humillado y despechado por una tan hermosa como despiadada mujer, el autor da un bonito giro hacia la mitad del cuento embarcando a su más que desafortunado protagonista en un encuentro con el Maligno y sus funestas consecuencias. No se trata del consabido pacto entre un humano ambicioso y el diablo, sino de una casualidad desastrosa que convertirá a nuestro héroe en su esclavo, o al menos en esclavo de una acción que deberá repetir de continuo si no quiere morir: encender una vela tras otra para que así no se apague nunca la llama, la cual no sólo lo mantendrá con vida sino que le impedirá envejecer. Tiene tan mala suerte este hombre que esto le sucede a mediana edad, no es ningún joven, y con su espíritu ya derrotado por la vida. Su única ambición es ver cómo llega la desgracia en su senectud a la joven que lo engañó. Un buen relato en el que la tristeza y una mórbida melancolía se imponen a cualquier otro sentimiento. La posada del Larzac (L’auberge de Larzac, 1967) fue incluido originalmente en la compilación Les chevaux de la nuit et autres: récits cruels. Una espiral de crímenes espectrales se suceden, y los criminales gozan de una base de operaciones en una abandonada posada en una comarca vencida por la desolación. El fatalismo suele ser el denominador común en las historias protagonizadas por el demonio o que cuentan con apariciones de su satánica majestad. Aunque no se trata en esta ocasión de estrictamente eso, sucede como si tal fuera. Y es que tanto da que se nos aparezca el demonio como que de repente nos encontremos viviendo una existencia de ultratumba en el mismo infierno: Seignolle puede con ello.


Aparte de la introducción, Hageland escribe breves presentaciones de cada uno de los cuentos y sus autores. De El diablo Leeds (Cuento popular americano) (The Jersey Devil, 1903), nos explica que está “tomado de la obra de Charles M. Skinner American Myths and Legends (Mitos y leyendas norteamericanos)” (p. 63). Justo al contrario que la carta de Walter Scott, éste es un ejemplo del poder de la superstición. Se toma nota de la existencia de este terrible monstruo nacido de una comadre y que durante años se dedica a aterrorizar la comarca. Pareciera una noticia periodística en su breve exposición de los hechos, dando como verdaderos todos los rumores e historias contadas de padres a hijos, o bien un informe para conocer a este diablo cuya descripción da origen a todo un puzzle de lo extraño: “(…) teniendo la forma de un dragón, con cuerpo de serpiente, cabeza de caballo, pies de cerdo y alas de murciélago.” (p. 63) Algo así como el Padre Transformer de los demonios.

Un buen salto en el tiempo y nos encontramos con el escritor belga Michaël Grayn en Como un olor de azufre (Comme une odeur de soufre, 1967), dejando claro que el infierno es ese lugar donde las cosas que más te pueden gustar se tornan detestables. Entre burlón y terrible, Grayn construye una buena broma macabra. Otro cuento suyo cierra la antología, La hija del diablo (L’enfant du diable, 1967), del que resulta muy chocante que se hagan referencias a la profesión de psicólogo en una historia que se desarrolla en el año 1532… Aunque su estilo es algo precipitado, incluye una descripción de un aquelarre de brujas y demonios presidido por el mismo Diablo de verdad excelente, infernal, consiguiendo un gran efecto de extrañeza y desazón totalmente… sí, diabólicas.

“El relato que sigue forma parte de sus recuerdos sobre el París antiguo, Contes et facéties (Cuentos y fantasías)” (p.73), presenta Hageland El castillo del diablo (Le monstre vertLe diable vert, légende parisienne, 1849) de Gérard de Nerval. Éste nos introduce con gran intensidad en las catacumbas de la ciudad luz para ofrecernos una visión espectral cómica y terrible a la vez: ¡el baile de las botellas!


El ojo implacable (The Hungry Eye, publicado por primera vez en la revista Fantastic en mayo de 1959) de Robert Bloch nos narra la increíble aventura de un hombre que trabaja de humorista en un club (curiosa profesión para un relato de terror) al que va a parar a sus manos un extraño meteorito. Un meteorito asesino, nada menos, un ojo venido del espacio ávido de sensaciones fuertes, aquéllas que sólo el crimen puede proporcionar. Los humanos serán tanto víctimas como ejecutores a su servicio dando forma a sus anhelos de violencia. Al parecer ha habido muchos de estos ejecutores desde el inicio de los tiempos: ¡así explica Bloch por qué a Jack el Destripador le dio por matar a golpe de bisturí! En fin, ya veis que la cosa es delirante un rato. Llama la atención, si ya parecía poco, la furibunda andanada que de paso lanza Bloch contra los beatniks, la moda tontorrona del momento, y el alto contenido gore del relato. Este horror ultra físico no termina de encajar bien del todo con la trama de horror cósmico que lo envuelve, pero sin resultar un gran cuento sí que, desde luego, es muy entretenido. Quizá incluso debido a la incongruente mezcolanza de cosas tan distintas.

A continuación, la antología nos regala un relato del magnífico Joseph Sheridan Le Fanu: Ultor de Lacy (Ultor de Lacy: A Legend of Cappercullen, publicado en su origen por la Dublin University Magazine en diciembre de 1861). Le Fanu nos presenta en forma literaria lo que él mismo había oído narrar en su juventud en noches tormentosas junto a un acogedor fuego de leña. Espectros y tradiciones irlandesas que se desarrollan en un semi abandonado castillo donde las dos jóvenes hijas del señor venido a menos Ultor de Lacy serán acosadas por fantasmas vengativos del pasado, siendo el más terrible el que traerá la desgracia a la menor de ellas. Fatalismo no exento de un regusto romántico y lúgubre, que si bien no trasciende por completo su origen gótico sí que da muestras de cierto distanciamiento, eje de la obra de Le Fanu, de este estilo literario gracias a las notas de humor que puntean la primera parte del relato. El resto es desolación, y una maldición que se ceba sin piedad en la más inocente de las criaturas. 


jueves, octubre 16, 2014

No hay sangre como la sangre de la Hammer: Terence Fisher (2013), de Joaquín Vallet



Apabullante el trabajo de Joaquín Vallet en su libro dedicado al director británico Terence Fisher: sus inicios como montador, sus años en la serie b más oscura ya como director y su segunda llegada a la productora Hammer Films donde brillaría como uno de los mejores autores de la historia del cine. Análisis concienzudos y de pasión contagiosa de todas sus películas y un repaso a su devenir que, de alguna manera, también es el de la mítica Hammer. Imprescindible, en mi humilde opinión, para amar aún más si cabe a quien ha hecho felices a tantos apasionados del cine fantástico. Puedes leer la reseña en la página web de cine El antepenúltimo mohicano, AQUÍ.


Cualquier película con Peter Cushing, por muy mala que sea, ya nos parece buena sólo porque aparece él. Hala, dicho está. 


"De la perfección de su Drácula a la abstracción prodigiosa de El cerebro de Frankenstein (Frankenstein Must Be Destroyed, 1969), de la belleza mórbida de Las novias de Drácula (Brides of Dracula, 1960) a la que a mi gusto es tal vez una de las mejores películas sobre satanismo jamás rodadas, La novia del diablo (The Devil Rides Out, 1968). Joaquín Vallet ha escrito un libro a la altura de su protagonista que se lee con absoluto placer y que nos ayuda a conocer mejor a Terence Fisher y su obra." 


Unos candelabros igualitos, pero igualitos a esos lucen sobre la chimenea de mi gran mansión. La única diferencia es que a mí ni en uno de mis peores accesos de demencia se me ocurriría darles el uso que les dan en La novia del diablo (The Devil Rides Out, 1968).


Terence Fisher con la actriz Susan Denberg repasando el guión de Frankenstein creó a la mujer (Frankenstein Created Woman, 1967). 

VALLET, Joaquín. Terence Fisher. Madrid: Cátedra, 2013. 297 p. Signo e imagen / Cineastas; 96. ISBN 978-84-376-3164-6.

One of us!: Tod Browning (2011), de José Manuel Serrano Cueto



Tod Browning es un director de cine adorado en La décima víctima. ¡Cómo no! Comentamos para la página de cine El antepenúltimo mohicano el libro que sobre él ha escrito José Manuel Serrano Cueto, AQUÍ


Garras humanas (The Unknown, 1927) es una de nuestras películas favoritas de su filmografía. Lon Chaney, su aliado en el horror y el melodrama más descarnado, estaba en ella, una vez más, insuperable.


"El cine de Tod Browning está plagado de imágenes inolvidables, de escenas extrañas y fascinantes que se graban en la mente con la fuerza de un inusitado fuego: la oscuridad de la jungla punteada por las fosforescencias de sus miasmas en Los pantanos de Zanzíbar (West of Zanzibar, 1928); el rostro terrorífico de Lon Chaney en las fotografías que se han conservado de La casa del horror (London After Midnight, 1927); (...)." 


La verdad es que hay en su cine obras para elegir sin cansarse, pero dejadme que me decante por La marca del vampiro (Mark of the Vampire, 1935), tal vez no una obra maestra pero sí una película por la que sentimos un cariño especial. Y quizá también la película con la colección más impactante y gloriosa de fotografías vampíricas gracias a contar con nuestro admirado y mítico Bela Lugosi y la impresionante presencia hipnótica de Carroll Borland.





SERRANO CUETO, José Manuel. Tod Browning. Madrid: Cátedra, 2011. 267 p. Signo e imagen / Cineastas; 87. ISBN 978-84-376-2880-6.

La razón y la pasión: Michael Powell y Emeric Pressburger (2002), de Llorenç Esteve



Adoro las películas de Michael Powell y Emeric Pressburger, por lo que reseñar este libro para la página de cine El antepenúltimo mohicano ha sido todo un placer. Llorenç Esteve ha escrito un ensayo a mi gusto fundamental para conocer la obra de estos dos genios: profundo, documentado y apasionante de leer. Consigue lo más bonito que puede pretender un libro de este tipo, y esto es que amemos más aún la obra de sus protagonistas.


Dos imágenes de la prodigiosa e inolvidable secuencia del duelo en una de mis películas favoritas de todos los tiempos, Vida y muerte del coronel Blimp (The Life and Death of Colonel Blimp, 1943), obra maestra de Powell y Pressburger, 


"Muchas películas te marcan de niño. En mi recuerdo, brillan de manera especial dos de ellas: Las zapatillas rojas (The Red Shoes, 1948) y Narciso negro (Black Narcissus, 1947). Primero por su impacto estético: pocas había visto tan hermosas como aquellas. Y segundo porque hicieron que me fijara en quién las había hecho, su director, que en ambos casos eran dos, algo inhabitual."

Puedes continuar leyendo la reseña AQUÍ



Sé adonde voy ('I Know Where I'm Going!', 1945) es otra maravilla, una película quizá con un punto de partida algo más modesto pero que conmueve y emociona como la más grande. 


ESTEVE, Llorenç. Michael Powell y Emeric Pressburger. Madrid: Cátedra, 2002. 370 p. Signo e imagen / Cineastas; 55. ISBN 84-376-1950-5.

jueves, octubre 09, 2014

Hotel Infierno (1981), de Adam Surray



“Nicholas Grahame nunca fue un individuo atractivo.
Tenía los ojos demasiado saltones. Unos ojos de sapo adornados con unas cejas muy pobladas y negras. La frente abombada. Como si hubiera recibido un martillazo en ella. Pelo escaso. Tirando a semicalvo. De ahí que sus grandes orejas destacaran poderosamente.
No.
Nicholas Grahame no era atractivo.
Y ahora, en aquella caja de madera, lo resultaba menos.
Estaba muerto.” (p. 5)

Resulta del todo imposible que semejante comienzo para una novela no me resulte atractivo. Aunque nuestro admirado Adam Surray (sobrenombre de José López García) ofrece en esta ocasión sus galas más recortadas a lo Joseph Berna, la efectividad de su golpe macabro inicial es fantástico. Nicholas Grahame nos es presentado en el día de su triste y solitario funeral. Sólo su socio Walter Lemon le hace compañía en tan luctuosos momentos, y no muestra muchas ganas de estar con él. Eran socios de un serpentarium instalado en un destartalado edificio de tres plantas por el que Arthur Driscoll, el administrador de un gran hotel, ha hecho una oferta de compra que será efectiva justo al día siguiente al del entierro. El bueno de Lemon, ya en su deslucida casa cohabitada por toda clase de especies de serpientes en sus urnas, recuerda lo mal tipo que era su poco agraciado compañero de negocios. ¡Vaya elemento! Mejor que esté muerto y bien muerto. Pero Lemon apenas si ha podido dar un primer trago de güisqui en libertad cuando un visitante inesperado le interpela desde el sillón donde permanecía oculto. Y sí, habéis acertado: ¡se trata del mismo Nicholas Grahame de cuerpo presente! Pero ojo, que no está vivo. O eso le cuenta al estupefacto Lemon. El caso es que lo han mandado al infierno al morir, pero lo han echado porque no había plaza para él. Con semejante arranque no sé vosotros, pero yo ya estaba disfrutando como un poseso con este Hotel Infierno.

Surray continúa su relato fundiendo lo macabro y un humor negro desatado con una sencillez que no nos puede resultar más entrañable. Así, nos enteramos de que el malvado Grahame, ése al que no quieren ni en el infierno, ha sido reclutado por el mismo Lucifer para seleccionar almas, reclutarlas para, atención, hacerlas trabajar de albañiles en una nueva construcción del infierno para hacer sitio, que la cosa está apurada de espacio, ya lo vimos. Esto nos lleva a pensar para qué demonios, nunca mejor dicho, necesitan reclutar más condenados si ya sobran, pero dejemos esta cuestión en el aire mefítico de la nada y volvamos a este edificio infernal cuyos planos ha realizado Satanás, también arquitecto además de Príncipe del Mal al parecer, y que ha sido nombrado con el rimbombante título de Círculo de las Eternas Sombras: “Un nuevo círculo del infierno que jamás será colmado.” (p. 15)

Grahame tiene tres días para sembrar el caos en la Tierra, tiempo que es el que se demorará la construcción de este nuevo lugar de castigo infernal que superará todo lo visto hasta ahora en el infierno, y hasta puede ser premiado, cosa que Lemon no duda ni por un instante que su socio conseguirá, por su trabajo y pasar de ser un condenado de a pie y grillete a espíritu infernal de pro, además de guardián y castigador en el Círculo de marras. Las referencias a Dante, por descontado, se suceden. Siempre indicando, con toda la alegría del mundo, que el pobre bardo italiano se quedó corto en sus descripciones… Grahame se dispone a desatar el horror en el hotel cuyos dueños lo son ya también de su serpentarium, que para algo en su retorno del averno se ha traído consigo un montón de maléficos súper poderes. Y así descubrimos al fin cuál será ese Hotel Infierno que nos anunciaba el título.

Tras dos capítulos a modo de introducción presentándonos a los “malos” de la historia, Surray nos da a conocer a una joven pareja justo en el momento más inoportuno para ellos, vaya, pues están a punto de refocilarse entre las sábanas. Mickey Kellerman es el atractivo protagonista, el detective del hotel, de carácter burlón y algo traviesillo con las clientas. En fin, está más pendiente de dejarlas satisfechas que de atender las tartamudeantes y coléricas llamadas de su jefe. La chica es una belleza de gordezuelos y húmedos, como es de rigor en las chicas Surrey, labios. Walter Lemon a su vez también ha sido contratado por los gerifaltes del hotel para que instale allí su serpentarium. Hasta aquí todo resulta muy delirante y locuelo, por lo que me estaba gustando a rabiar. Pero, ay, a partir de este momento, y aún quedaba mucho por delante, todo deviene funcional y algo mecánico. La normalidad y lo previsible comienzan a campar a sus anchas, y si esto hace que la novela sea cada vez menos interesante según se avanza en ella, Surray sabe mantener el pulso. Tras unos excelentes capítulos iniciales, nuestro autor se dedica a contarnos tres crímenes horripilantes estilo giallo no muy diferentes a los que hemos leído en otras novelas suyas (destaquemos su perversa obsesión por las víctimas femeninas brutalmente violadas y asesinadas), como es de esperar con serpientes de por medio recurriendo al facilón truco de que el hecho de que aparezcan estos reptiles será suficiente para provocar el máximo horror. A esto debemos añadir un desenlace que por desgracia desmonta toda la trama fantástica. Como relato criminal es verdad que no disgusta, pero es una lástima que su locura inicial sea olvidada con tanta prontitud. Quizá empuja más a que la sensación final sea negativa el hecho de que el texto acusa un exceso de erratas tipográficas que afean el conjunto sin remisión.


SURRAY, Adam. Hotel Infierno. Ilustración de portada: Antonio Bernal. Barcelona: Bruguera, 1981. 94 p. Bolsilibros Bruguera, Selección Terror; 452. ISBN 84-02-02506-4.

jueves, septiembre 25, 2014

El libro de Lovecraft (1985), de Richard A. Lupoff



Nos hemos acostumbrado tanto a imaginar al maestro de la literatura de terror Howard Phillips Lovecraft (1890-1937) como una persona marginal y solitaria, rara, llena de complejos y miedos, que cuesta pensar que en realidad no era un tipo tan distinto a lo que somos los habituales lectores de este género: retraídos, algo ariscos, melancólicos y con una fuerte tendencia a detestar el contacto humano normal, eso que llaman socializar. Es más, si le preguntáis a cualquiera cómo se describiría no sería difícil comprobar, con las habituales excepciones que conforman ese grupo que hace que nos reafirmemos más en que no hay nada como la soledad, que casi todo el mundo se define así, bien sea verdad o tan sólo un deseo más o menos exteriorizado. Lovecraft se ha convertido en un personaje casi tan grande como su obra, por lo que no es sorprendente encontrárnoslo protagonizando novelas y cómics, casi siempre alimentando ese mito de individuo extrañísimo, pareciendo casi siempre más una especie de psicópata reprimido que un sencillo escritor de cuentos de miedo. Con rarezas notables, eso sí, pero vamos, estoy seguro que no muchas más o no muy diferentes de otras que padecemos (o disfrutamos) el resto de la humanidad. De hecho creo que hasta era más normal que la mayoría de sus lectores: ¡él tenía pareja!


Howard Philips Lovecraft y su esposa Sonia Green, 
arriba en plan formal y debajo casi desatados. 


Justo una de las cosas que más me ha gustado de la novela de Richard A. Lupoff El libro de Lovecraft (Lovecraft’s Book, 1985) ha sido que se aleja de esta visión estereotipada del bueno de Howard, presentándonos un tipo que sí, que algo rarito es, pero que ni se convierte en hombre pez cada noche ni tiene su hogar en una calle de la perdida R’lyeh. Lupoff construye una historia muy divertida, sobre todo porque parte de los habituales topicazos con que solemos imaginar a Lovecraft para jugar con ellos y acabar mostrándonos un personaje cercano al que es difícil no tomar cariño. Entremezclando ficción y realidad haciendo posible lo que nunca ocurrió pero que, vete a saber, bien pudo ser que sí, no podemos sino disfrutar con ese Lovecraft que se ve en el brete de escribir un remedo para el público norteamericano del nefando libro de Adolf Hitler Mi lucha (Mein kampf, 1925): New America and the Coming World Order. Todo un título. Aunque es bien conocida la ceguera ideológica de Lovecraft, Lupoff nos acerca a lo que probablemente, en este caso sí, hubiera podido ser su posición al respecto. La acción se desarrolla partiendo de la biografía del escritor para revivir encuentros que fueron, imaginar los que no y construir sobre todo esto una trama de hálito aventurero y corazón pulp.


No es un grupo post punk: son Donald Wandrei, H. P. Lovecraft y Frank Belknap Long.

Nos encontramos pues con la oportunidad de asistir en la ficción a uno de los encuentros que tuvo Lovecraft con el gran Frank Belknap Long, y contar además con las apariciones estelares de otros grandes escritores de la época como fueron Vincent Starrett, Robert E. Howard y Clark Ashton Smith. En todos estos casos, Lupoff sabe mostrarlos tan divertidos como entrañables, consiguiendo que sintamos no sin emoción que se nos ha dado una oportunidad única de estar cerca de estos autores que amamos. Sin embargo, el desarrollo de la historia, si bien muy entretenido, obliga a que el protagonismo de Lovecraft decaiga a partir de cierto momento para que pase a manos de Hardeen el Misterioso, escapista hermano del mítico Houdini y no menos genial que éste, y de la esposa de aquél, Sonia Greene. Si los apuntes biográficos, la realidad, ofrecen un buen punto de partida para elaborar una trama delirante, también es cierto que acaban por encorsetar su desarrollo pues debe mantenerse en ese punto en el que lo imaginado no acabe resultando increíble y destruya el puzzle. Una historia con espías nazis y mafiosos de por medio, que requiere de alguna que otra proeza casi inhumana, obliga a que Lovecraft quede aparcado para dar paso a un personaje bajo cuyo rostro sí que nos sea más sencillo imaginarlas. Así, si es divertida e imaginativa la forma en que Lupoff entrelaza a una gran cantidad de personajes en un alocado entramado totalmente basado en acontecimientos históricos, para que la acción tome forma y llegue a alguna parte tiene que elegir bien qué personajes prevalecerán. Al final, si ese bonito diálogo entre Lovecraft y Belknap Long es uno de los capítulos que más me ha emocionado del libro, junto a la aventura en solitario de Ashton Smith, no acaba de ser un desvío ocasional del todo prescindible si nos atenemos a la historia que se nos cuenta. Pero nos alegramos infinito de que esté ahí, claro.


Frank Belknap Long y Howard Philips Lovecraft. 

Según iba avanzando en la lectura iba perdiendo algo de interés, más que nada porque me estaba gustando mucho y el ver cómo Lovecraft debía ir quedándose al margen poco a poco, después de que Lupoff lograra una tan excelente recreación, me pareció una lástima. La novela se iba haciendo más trepidante, claro que sí, pero me habían cautivado tanto las partes que no lo eran que el estallido de ficción histórica pulp final no me apasionó de igual forma que lo acontecido con anterioridad. Así, si El libro de Lovecraft me ha parecido muy entretenida pero quizá algo falta de intensidad, el retrato que realiza Lupoff de Lovecraft y su entorno se me ha antojado soberbio, rebosante de vida y contagioso en su poderosa capacidad de revivir lo que, a partir de ahora, sólo podremos tener en mente poniendo siempre un ojo en la forma en que Lupoff nos los ha devuelto.       


LUPOFF, Richard A. El libro de Lovecraft. Ilustración de portada de Peter Goodfellow; traducción de Elías Sarhan. Madrid: Valdemar, 1992. 237 p. Avatares; 2. ISBN 84-7702-056-6.

jueves, agosto 14, 2014

De la luz a la oscuridad: Mario Bava (2013), de Carlos Aguilar



Si bien no es todo lo conocido que quisiéramos, entre los aficionados al cine fantástico y de terror la obra de Mario Bava es admirada con fervor. Incluso la crítica más seria muestra sus respetos por un director que nos dejó cuando menos un buen puñado de obras maestras del género. Mario Bava, de Carlos Aguilar, es un análisis de las películas y un recorrido por la vida de su autor escrito con una profundidad y una pasión en verdad contagiosas. Quizá era un libro así lo que nos faltaba para que Bava fuera reivindicado de manera completa. Aguilar no sólo nos introduce en el mundo del maestro italiano con precisión, sino que nos ofrece además un paseo apasionante por todo el cine europeo de la época. Un libro con el que he disfrutado y he aprendido en cada página. Lo comento con más detalle AQUÍ, en la revista de cine El antepenúltimo mohicano.  


Me gustan muchas pelis de Bava, qué os voy a contar, pero por Terror en el espacio (Terrore nello spazio, 1965) siento una debilidad especial. Y eso que Evi Marandi no está en pantalla todo el tiempo que me gustaría... Pero perdonemos a Bava por esto. ¡Nadie es perfecto!

AGUILAR, Carlos. Mario Bava. Madrid: Cátedra, 2013. 331 p. Signo e imagen / Cineastas; 94. ISBN 978-84-376-3096-0. 

martes, agosto 12, 2014

El baile (2014), de Rui Díaz



Nuestros amigos de la editorial El Verano del Cohete mantienen la sana costumbre de, entre sus publicaciones más importantes, seguir editando fanzines. Son ya cuatro libros, a punto de tener listo un quinto, y dos hermanos más pequeños. La aventura del Doctor Claudius Tanganika y su máquina del demonio, obra de Borja González y quien esto escribe, abrió el fuego de esta colección más modesta, casi secreta, que ahora se ve ampliada por el relato que a continuación vamos a comentar, El baile, que cuenta con una sensacional cubierta también obra de Borja González. Su autor, Rui Díaz, ya nos deleitó con su novela Los turistas. Ahora se ha embarcado en una historia más enraizada en el cuento fantástico de tradición europea, ésa que funde de manera única terror con fantasía sin dejar de tener nunca un pie apoyado en la realidad. En esta ocasión, la realidad histórica de un suceso tan increíble que pareciera fruto de la más delirante imaginación: una epidemia de baile que se desató en Estrasburgo a principios del siglo XVI. El propio Rui nos explica el origen de su relato en la web de la editorial (aquí).   

Con semejante punto de partida, Rui nos lleva a una pequeña casa rural en la que una familia sufre en su adolescente hija los efectos de este mal que es más terrible de lo que nos pudiera parecer. La fiebre del baile se adueña de su víctima y la convierte en una esclava sin voluntad que no puede detenerse ante el ritmo infernal que estalla en su cabeza. Asistimos impotentes a los intentos de un doctor por recuperarla a la cordura y al mundo racional y a la desesperación de sus padres que ven cómo éste fracasa una y otra vez en su lucha por lograr una curación. La niña se retuerce en espasmos, se aferra como una araña a las paredes e inicia un incontrolado baile ante el espanto de todos. La historia se desarrolla, pese a esto, en los límites de un realismo más o menos veraz (el carácter retrógado del padre es quizá demasiado recurrente), pero cuando menos (¡y de quien menos!) lo esperamos el relato rompe nuestros esquemas y nos introduce sin respiración en los senderos del fantástico. Porque ese doctor que hasta ahora sólo hemos visto sufrir y luchar incapaz de vencer el mal que está destruyendo a la joven no es un doctor al uso: puede desenvolverse en unos códigos temporales que no son los nuestros (como el Doctor Who) y realizar viajes astrales (como el Doctor Extraño creado para la Marvel por Stan Lee y Steve Ditko) en busca de explicaciones que le hagan entender el por qué de la enfermedad. Y es aquí cuando el cuento despega, abandona los terrenos más cómodos y nos deja con el alma en suspenso haciéndonos correr, como el mal hace a los demás bailar, sin poder detenernos hasta atisbar el corazón del horror.

Es en estas capacidades fantásticas del médico rural kafkiano atravesado por el hálito de lo increíble donde Rui nos regala sus mejores páginas: el alucinante viaje astral que nos arrastra hasta el corazón mismo del origen de la enfermedad ofrece una visión de horror genuina e impactante que enorgullecería al mismo Lovecraft. Nuestro doctor está en horas bajas y encarar el horror abisal no es algo como para vencer ni en los mejores momentos, pero al menos luchará por desentrañar la verdad. Gente bailando poseída, manicomios abandonados, un doctor con poderes sobrenaturales y el aliento de una criatura procedente de algún lugar más allá de la comprensión humana… Todas estas cosas nos encantan y en El baile se desencadenan con la fuerza y la trepidación que las hacen fantásticas. Rui afirma que ésta es tan sólo la primera de las aventuras de su misterioso doctor, las cuales se desenvolverán siempre tomando como punto de partida acontecimientos extraños tomados de la historia, sucesos reales e incomprensibles de los que ahora tendremos la oportunidad de conocer su verdadero y terrorífico origen. Esperamos con ansiedad la siguiente.



DÍAZ, Rui. El baile. (Ilustración de cubiertas de Borja González). (Badajoz: El Verano del Cohete, 2014). 32 p.  

viernes, agosto 01, 2014

Barsoom: la revista del pulp y la literatura popular, número 11 (primavera 2010)


Es sencillamente fantástico que este número de Barsoom dé inicio nada más y nada menos que con nuestro admirado Harry Stephen Keeler. Javier Jiménez Barco escribe una perfecta introducción tanto al escritor como a su obra, que en su caso lo primero también es importante: Estrambótico y sorprendente Harry Stephen Keeler. Un paseo quizá algo breve (de lo que nos gusta siempre queremos más, vaya, qué os voy a decir), pero desde luego suficiente para un primer acercamiento al que sin duda es uno de los escritores más raros del mundo. Y para redondear la satisfacción, a continuación se incluyen dos cuentos del maestro. Los servicios de un experto (The Services of an Expert, publicada en la revista 10 Story Book, de la cual Keeler fue editor de 1919 a 1940, en septiembre de 1914) es un buen relato, llevado con brío e interés y con un final sorpresa tan encantador como divertido. Una muestra perfecta, en pequeñito, del mejor Keeler. Del mismo también haría una versión en forma de minúscula pieza teatral que se publicaría en el año 1920 en la página editorial del semanario Chicago Ledger. El segundo relato, El expreso del valle pasa a su hora (Valley Express on Time, publicado por primera vez en el Ohio Farmer en 1913, después en la revista 10 Story Book en febrero de 1923), aunque escrito un año antes que el anterior es un buen ejemplo del Keeler más rebuscado y artificial. Si en el primero sorprendía la naturalidad con la que nos introducía en el engaño, aquí sucede lo contrario: todo es forzado y se nota la mano del autor empujando a sus personajes para que todo encaje en la sorpresa final. Pero no importa: Keeler también es así. Y ambas caras nos gustan.


Harry Stephen Keeler. Gran cantidad de fotografías en la página de Mark Allen dedicada a nuestro héroe, AQUÍ.

No puedo decir lo mismo de Sax Rohmer, un escritor que me suele aburrir bastante. Cierto que sus malévolos personajes orientales tienen su encanto, como es el caso de la protagonista de La llave del templo del cielo (The Key of the Temple of Heaven, publicado en The Story Teller en 1916), pero también este relato es una prueba un pelín dolorosa de sus limitaciones: trama de una simpleza soporífera, personajes adocenados, predecible hasta la extenuación y de una pobreza y una incapacidad notables a la hora de atraparnos en un ambiente de aventura o misterio. Siguen las secciones habituales de la revista: la reseña (más bien un resumen sin aparato crítico) del número 3, Buitres del mar, de la serie de libros Pabellón Negro obra de Arnaldo Visconti (Pedro Víctor Debrigode) de la mano de Alfredo Jiménez Cruz; y la segunda entrega de Tarzán: la aventura perdida de Edgar Rice Burroughs (acompañada de algunas ilustraciones de Tom Yeats). El artículo Mike Palabras: un héroe inclasificable, de José Ignacio Martínez Ruiz, dedicado a este más que atípico personaje dentro de la novela popular española es excelente en cualquier sentido: toda la información deseable sobre los diversos autores de la serie y comentarios a sus obras. Modélico en su combinación de pasión y documentación sin ceder a una fácil exageración reivindicativa.

Dos contra Tiro (Two Against Tyre) de Robert E. Howard es la dosis habitual en Barsoom del autor texano que hará las delicias de sus fans y que al resto de los mortales, qué demonios, nos resulta entretenido de verdad. La ambientación histórica no es más que un cambio de escenario para la ración esperada de leñazos que Howard sabía contar tan bien. Las páginas siguientes están dedicadas al gran H. P. Lovecraft (cada cual con su altar particular, es cierto). Tanto Fantasmagorías de linterna mágica de Óscar Mariscal, A propósito de los denominados “fenómenos paranormales” de Lovecraft, como Las casas de duendes de Providence, de nuevo de Mariscal, ya los habíamos leído en el libro El fantasma de la mansión Guir (The Ghost of Guir House, 1897) de Charles Willing Beale, en el cual se incluían complementándola. Nunca está mal volverlos a leer. 

Ya he comentado alguna vez (AQUÍ) que Lin Carter y Lyon Sprague de Camp no es que sean el colmo de la originalidad en sus historias adaptando e inventando nuevas aventuras para  Conan, el personaje de Robert E. Howard. Pero resultan efectivos y entretenidos y en La joya en la torre (The Gem in the Tower) una vez más consiguen ambas cosas con una aparente facilidad que no hace sino hablar muy bien de su trabajo. No es que el murciélago humano oculto en la torre de un mago y su secreto nos parezcan algo interesante. Ni siquiera con Conan de por medio. De ahí el mérito de los autores de este relato: consiguen atraparnos pese a nuestro desinterés inicial y nos conducen, con moderada emoción pero creciente atención, a través de una trama poco original pero con la magia que mantiene lo ya sabido cuando es narrado con clase y estilo. 


Strange Tales, octubre de 1932, cubierta de H. W. Wesso.

Y llegamos a una estupenda sección, para mí una total debilidad: Investigadores de lo oculto, centrada en esos personajes que se dedican a labores detectivescas relacionadas siempre con asuntos fantásticos y extraños. Esta vez el protagonista es Philip Hastane, creado por el magnífico Clark Ashton Smith. Hastane no es que sea el consabido detective de misterios, sino un artista, trasunto del propio Smith, que se ve envuelto en aventuras sobrenaturales. Javier Jiménez Barco de nuevo se encarga de escribir una excelente introducción al personaje incluyendo un repaso por todos los relatos protagonizados por él. Y como colofón al mismo se incluye Los cazadores del más allá (The Hunters from Beyond, publicado en Strange Tales en 1932). No es el Ashton Smith más evocador, capaz de esas evanescentes ensoñaciones terroríficas que nos apasionan, el que encontramos en esta ocasión, pero su capacidad para llevarnos en un solo párrafo a las puertas del horror se presenta poderosa hasta en este sencillo cuento. Y además se acompaña con ilustraciones de Virgil Finlay, así que no podemos pedir más. Complementa este apartado dedicado a Hastane un fragmento de una aventura protagonizada por él que Ashton Smith dejara inconclusa: La música de los muertos (The Music of the Dead).


Ilustración de Frank R. Paul.

Un breve y efectivo relato de terror de Carlos Saiz Cidoncha, La cueva del lobo muerto, escrita a la manera de “un suceso real” (o al menos así se me ha antojado), pone fin a la Zona Weird de la revista, la dedicada a la fantasía y el horror. La Zona Antares, la de ciencia ficción, se abre con una breve reseña dedicada a la utopía Montañas, mares y gigantes (Berge, Meere und Giganten, 1924) de Alfred Döblin: La fuerza de los volcanes islandeses en una novela oscura, barroca y salvajemente exuberante, de Augusto Uribe. Un espectacular portafolio de ilustraciones de Frank R. Paul ocupan las páginas siguientes. Son las que realizara para la novela de Hugo Gernsback Ralph 124c 41+: A Romance of the Year 2660 (1911), que por desgracia no he tenido la oportunidad de leer.


Startling Stories, otoño de 1954, cubierta de Alex Schomburg.

El manual de matrimonio (The Marriage Manual, publicado en Startling Stories en 1954) es un fantástico relato de una autora que siempre logra sorprenderme: Margaret St. Clair. La Ursula K. Le Guin de los pulps nos regala esta vez una historia desconcertante que mezcla sociología y xenobiología con cambios de sexo y ese afán locuelo de conocimientos que tan bien conocemos gracias a esos científicos dispuestos a todo que en número incontable nos ha ofrecido el género, también con su pizca de avaricia impenitente en su deseo de enriquecerse con ellos como sucede aquí, con unas formas sencillas pero de alcance profundo. Adoro a esta escritora, así que quizá me ciegue la pasión. Bienvenida sea.


Future Combined with Science Fiction Stories, mayo de 1951, cubierta de Leo Morey.

Firmado por Redacción de Barsoom, de nuevo tenemos ahora otra fantástica presentación de una serie de novelas que no puede resultar más prometedora: Dominic Flandry: espía intergaláctico. Confieso que no tenía ni idea de este personaje creado por Poul Anderson, pero sólo ya con el repaso breve a sus aventuras he disfrutado. Y como siempre en Barsoom, nada mejor para ilustrar un buen artículo que incluir un relato protagonizado por el héroe reivindicado. En Enemigos honorables (Honorable Enemies, publicado en Future Combined with Science Fiction Stories en mayo de 1951) es la primera vez que Flandry se enfrenta a su némesis, el agente mersiano Aycharaych de Chereion, y me ha parecido un cuento extraordinario. Primero, por presentar personajes tan apasionantes y con un “malvado” tan sensacional como el mentado agente mersiano. Y segundo, por ofrecer una de esas maravillosas historias donde la ciencia ficción va de la mano de una desbordante imaginación y una magnífica capacidad de mostrarnos otros mundos y lograr trasladarnos a ellos con una facilidad mareante. Un cierre genial que se certifica con la nueva entrega del Capitán Rido, de J. Hill y Julio Ribera, El rey de las montañas. Otra vez más Barsoom ha conseguido apasionarnos.


BARSOOM: la revista del pulp y la literatura popular. Número 11. Primavera 2010. La Hermandad del Enmascarado. 90 p.

lunes, julio 28, 2014

Los cinco frascos (1916), de M. R. James



El erudito Montague Rhodes James (1862-1936) es recordado hoy más que por sus ensayos sobre manuscritos medievales y su correspondiente clasificación por sus modernos cuentos de fantasmas. Modernos porque él introduce en la tradición de los cuentos de fantasmas clásicos, tanto los primitivos góticos como los aún para él no muy lejanos victorianos, de manera definitiva los ambientes y espacios cotidianos y de tiempo presente en ellos, un poco siguiendo la estela de su admirado Joseph Sheridan Le Fanu, alejándose de los entornos siniestros habituales aunque sin renunciar del todo a los mismos. En James una iglesia medieval o un pergamino antiguo son objeto de estudio o análisis, como él hiciera en la vida real, para a través de ellos o por su intermediación introducir el elemento espectral, le sirven de pie de entrada para, nunca sin una buena dosis de sentido del humor, llevarnos ante las presencias fantasmales. Es toda una alegría, casi una celebración (yo al menos así me lo he tomado), descubrir que al fin se edita en español uno de sus escritos inéditos. Y no una de sus colecciones de comentarios a los citados manuscritos medievales, a las que no nos importaría echarles un ojo, cuidado, sino un relato fantástico en toda ley. Aunque adscrito a esa tradición que toma el cuento popular, el folclore y el cuento para niños como marco, James nos deja aquí una novela bien breve en la que la fantasía y el horror se hacen compañía con la maestría y la elegancia habituales en el que sin duda es uno de nuestros autores favoritos de cuentos de fantasmas.

Los cinco frascos (The Five Jars, 1916, aunque no es publicado hasta 1922) adopta la forma de una carta que el propio James escribiera a su pupila en la vida real Jane MacBryde. Es maravilloso el tono bucólico y feérico que mantiene en sus páginas, entrelazando a la perfección lo fantástico con ese ya comentado humor con el cual James sabía impregnar de forma tan magnífica sus historias. El inicio es toda una delicia, con ese protagonista (James) paseando y perdiéndose entre la floresta y los umbríos bosques persiguiendo el rumor y la llamada de las aguas, emparentándose en forma e intenciones con los mejores relatos del romanticismo alemán. Un arroyo que se torna pletórico de vida y que guía al narrador a lo más profundo de su fuente, un manantial cristalino rodeado de ancianos robles que encierran un misterio portentoso. El cuento de hadas se torna en sus manos en una experiencia arrolladora donde lo imposible deviene realidad.

A partir de aquí conoceremos, con una narración en primera persona que favorece el tono de confesión en voz baja, de secreto compartido pues no de otra cosa se trata, estamos leyendo una carta, la que James aparenta escribir a su joven protegida, cómo el protagonista pudo conocer a la gente menuda, a las Criaturas Afables y a sus contrarios las Criaturas Aviesas, y cuál es el secreto de que pueda comunicarse con los animales, los ríos, las plantas del bosque y los árboles, siendo un pequeño lago o manantial, en la más pura tradición fantástica popular, el origen de los prodigios o cuando menos la fuente de ellos. Pero este mundo maravilloso y encantado también cuenta con su contrapartida maligna: son las mentadas Criaturas Aviesas quienes protagonizarán los momentos más terroríficos y escalofriantes en su deseo de arrebatar a James los cinco frascos mágicos. La progresión detallada, noche a noche, de cómo el autor va ingiriendo el contenido de los diversos frascos que le llevan y lo introducen cada vez más en ese mundo paralelo donde lo fantástico está más lleno de vida que nuestro cotidiano quehacer y lo que va aconteciendo en ellas, los descubrimientos, las amistades nuevas que hará y los enemigos desconocidos que lo acecharán, está narrada con una naturalidad que, perdonadme que lo diga de forma tan torpe, pareciera sobrenatural. Las grises columnas de niebla que avanzan en la noche arrastrándose hasta la casa del narrador para intentar arrebatarle los frascos, o el impresionante ataque de la bola de murciélagos en una lucha sin cuartel entre James y sus nuevos y jóvenes aliados, son dos de los más celebrados, con razón, capítulos en esta pequeña novela que no sólo nos habla de prodigios, sino que ella misma lo es por su perfección.


A modo de continuación de Los cinco frascos se incluye el relato El campo de juegos después de anochecido (After Dark in the Playing Fields, 1918), de nuevo con un búho como figura guía al mundo fantástico, rebosante de sabiduría ancestral y un divertido carácter malhumorado como corresponde al de un sabio que fuera interrumpido en sus reflexiones. Este relato muestra un aspecto más oscuro y adulto que el de Los cinco frascos, pero resulta muy afín a los momentos más siniestros y espeluznantes de éste. En su estructura básica ambos son semejantes, y ambos son herederos de tantos y tantos cuentos e historias provenientes de la tradición fantástica: el del caminante solitario que se topa de improviso con lo increíble.

James impregna este último relato de continuas referencias a El sueño de una noche de verano (1595) de William Shakespeare, no puede evitar su querencia más clásica y erudita, pero como nos comenta Óscar Mariscal (autor de esta traducción que no podemos dejar de definir como modélica) en sus no menos eruditas notas, en Los cinco frascos no hace sino posicionarse junto a otras fantasías infantiles que los adultos disfrutamos por igual: el clásico indiscutible que es Alicia en el país de las Maravillas (1865), de Lewis Carroll, o esa otra maravilla sin parangón que es Los niños del agua (1863), de Charles Kingsley. Acompañada de las ilustraciones de Gilbert James que iluminaban la edición de 1922, sólo podemos recomendar este libro absorbente, mágico y maravilloso. Su lectura ha calado hondo en este oscuro lector, y por eso no puedo sino instaros a que dejéis de lado cualquier otro libro que estéis leyendo, siempre habrá tiempo para ellos, y os detengáis en esta pieza exquisita y fulgurante que esplende como una pequeña semilla en el fondo de un manantial prodigioso.


JAMES, M. R. Los cinco frascos. Ilustraciones de Gilbert James; traducción y notas de Óscar Mariscal. (Córdoba): Berenice, 2014. 149 p. Los libros de Pan. ISBN 978-84-15441-49-6.  

viernes, julio 25, 2014

Puertas (1988), de Gene Wolfe


“¿Habría fuego en el purgatorio? No, el fuego era en el infierno.” (p. 105)

Fui avanzando en la lectura de Puertas (There Are Doors, 1988) como entre bloques de hielo, los mismos por los que escala el protagonista de la novela cuando debe acercarse a la playa que se extiende frente al hotel de la extraña ciudad donde se hospeda en su deseo de contemplar un mar que no pertenece a este mundo. Gene Wolfe comenzó tal que ésta fuera una de sus obras más asequibles tras el evidente esfuerzo de la monumental (por excelsa, no por su número de páginas) pentalogía El Libro del Sol Nuevo (1981-1987), pero no. Después de unos primeros capítulos en los que pareciera que nos movemos por tierras familiares, o cuando menos comprensibles, enseguida abordamos puertos complejos y enrevesados donde la potencia de las imágenes sugeridas por Wolfe nos impactan y desconciertan por igual. Da la sensación de que nos permitiera aferrarnos a un evanescente hilo argumental para arrastrarnos a una vorágine que no deja de avanzar paralela a la que padece el protagonista, el señor Green. Nos ciega e hipnotiza y seguimos adelante confusos y fascinados, sin saber bien hacia dónde nos dirigimos pero consiguiendo que esto nos dé igual. Sólo debemos disfrutar (y sufrir) el viaje.

Puertas parece ser un libro muy odiado por los aficionados a la fantasía, lo que hace que le tenga más cariño del que ya por sí le iba profesando según lo leía. Ojo, que entiendo este rechazo generalizado: no es una lectura fácil. Pero yo me lo he pasado de escándalo con esta rareza excepcional de un escritor al que admiro profundamente. En esta ocasión narrando una búsqueda desesperada a través de universos paralelos a los cuales se puede acceder, como se nos indica en el título, a través de puertas dimensionales que, no sé todavía si para bien o para mal, son difíciles de localizar, tratándose más de suerte o casualidad que de una certera posibilad el poder atravesarlas. Como es lo normal tratándose de Wolfe, el texto está atravesado y enriquecido por multitud de referencias de todo tipo. No es la locura referencial e inabarcable que encontramos en la saga del Sol Nuevo, pero estamos nadando entre las aguas de una realidad tan irreal como la que nos mostrara en ésta. Sin su grandeza: el Sol Nuevo es, a mi gusto, una de las más poéticas, sorprendentes y mayestáticas obras maestras que nos ha dejado la fantasía (y no sólo de la fantasía, quienes la hayan leído lo saben). La de más difícil acceso, pero sin duda una de las más gratificantes y poderosas del género.  

Quizá la referencia más evidente en Puertas sea la que se hace a la novela El castillo (Das Schloß, 1926), la genial novela que Franz Kafka dejara inconclusa a su muerte. De manera directa, encontrando el protagonista un ejemplar en alemán del mismo y con la aparición de un personaje llamado Klamm, siendo estas dos quizá las más superficiales. Una tercera y más profunda es que tal vez (y disculpad mi imprecisión, pero tratándose de Wolfe siempre existe el temor de quedarse uno corto en las interpretaciones) pudiera ser Green un moderno agrimensor K. perdido en un mundo que no entiende en el cual busca incansable a una persona que se nos antoja inalcanzable. Aquí se trata de una joven con la que Green, en el mundo “normal”, el que conocemos o identificamos como nuestro, estaba manteniendo una relación. Justo acababa de conocerla cuando, al atravesar una de las puertas del título que llevan a ese otro universo paralelo o quizá imaginado, la perdió. Una de esas puertas que desde el magnífico relato de H. G. Wells La puerta en el muro (The Door in the Wall, 1911), los amantes del género fantástico conocemos tan bien.  


No se trata, claro está, solamente de que Green pase por un portal a otra realidad, otro mundo o universo paralelo como hemos indicado, ni tan siquiera a muchos o a una sucesión de ellos. Esto sería lo normal o lo que cabría esperar de un relato de este tipo. Y lo normal o lo cómodo es enemigo de la obra de Wolfe. La sensación en algunos tramos de la novela es que llega un momento en que cada vez que los ojos de Green miran o se detienen en algo, lo que éste ve se asemejara a flashes o imágenes de aquello que observa, pero de forma enloquecida, alterado por su mente, sin orden aparente ni lógica conocida alguna. Todo se transforma en un carrusel continuo de visiones que en tres frases nos lleva a atisbar universos que otros autores desarrollarían y nos detallarían en varios tomos. Tal es así que nuestro protagonista cree estar soñando todo el tiempo, pues piensa que estas visiones y alucinaciones forman parte de fugaces sueños. El lector duda: Green, tanto en el mundo conocido como en el otro, acaba dando con sus huesos en sendas instituciones para enfermos mentales. Hay un conseguido tono de vigilia, de fantasmagórico duermevela que me ha parecido subyugante y maravilloso.

Algunas otras referencias. Una podría ser que la muñeca viva que lleva Green en un bolsillo durante casi toda la novela, Tina, consista en una broma privada (o no) con el episodio 6 de la temporada 5 de la serie The Twilight Zone (1959-1964), Living Doll (1963, dirigido por Richard C. Sarafian y con guión de Charles Beaumont), cuya coprotagonista, una muñeca llamada Talky Tina, se enfrentaba a un atormentado Telly Savalas mientras aquélla le espetaba una aterradora e inolvidable frase: “My name is Talky Tina and I’m going to kill you.” Otra: hacia el final de la novela se nos desvela el nombre completo de Green: Adam K. Green. No hay sorpresas en reconocer en él esa kafkiana K. Otra más: a Antinea, la mujer fatal por experiencia, como nos diera a conocer Pierre Benoit en su fantástica novela La Atlántida (L’Atlantide, 1919). Por último, Wolfe incluye un cuento que ignoro si es de su autoría o se trata de una adaptación: el de Jacob y Joseph en la Selva Negra. Pero por muchas obras ajenas que se traigan a colación, vengan a propósito o no, lo que de verdad importa es la novela de Wolfe en sí misma. Y Wolfe, cuando menos lo esperábamos, cierra y deja clara su historia en el desenlace de la novela (sí, lo habitual en otros aquí también es sorprendente). Todas las explicaciones se nos aparecen diáfanas, con emoción y transparencia, y si bien no alcanza las cotas de maestría absoluta de su Sol Nuevo sí que acaba resultando una novela excelente digna de su autor.

WOLFE, Gene. Puertas. Ilustración de portada de Michael Whelan; traducción de Celia Filipetto. Barcelona: Martínez Roca, 1994. 282 p. Gran Fantasy. ISBN 84-270-1826-6.