jueves, mayo 05, 2016

Cruzando la puerta mágica (1907), de Arthur Conan Doyle



Imaginad por un momento que podéis desplazaros en el tiempo y en el espacio y visitar el hogar de uno de vuestros escritores favoritos. Imaginemos. La casa de bambú y madera en las Islas Vírgenes de Henry S. Whitehead, con el aroma de la jungla y el vudú embriagando nuestros sentidos. La casa señorial de Mary Wollstonecraft cercada por una tormenta infernal en una noche de invierno, con el fuego de su gran chimenea del salón reconfortando nuestros corazones. La buhardilla bohemia y siempre abarrotada de gente estrafalaria y locura de Maurice Renard. O que visitamos la mansión victoriana y sobria de Arthur Conan Doyle de la mano del mismísimo Bram Stoker. ¿Lo estáis imaginando? Pues bien: una de estas cuatro visitas puede hacerse realidad. Solo hay que abrir las páginas de este libro, Cruzando la puerta mágica (Through the Magic Door, 1907), y enseguida el autor de Drácula, en fantástica introducción a lo que está por venir, nos acompañará al interior de la casa de Conan Doyle, nos hará avanzar por uno de sus pasillos hasta su biblioteca y nos dejará sentados frente a él, cediendo todo el protagonismo de este encuentro único al anfitrión.

Seguro que os sucede también: entráis en una casa por primera vez y vuestros ojos buscan casi sin querer las estanterías de libros. En muchas ocasiones supone una búsqueda vana. Casi más un deseo que una realidad de que ojalá haya allí algo con lo que entretenernos durante la larga velada en la que nuestra atrofiada y raquítica faceta social deberá abrirse camino por un muro de disgusto hasta lograr hacernos parecer medio humanos. Humanos sociables, se entiende, que para nada es el mejor tipo de humano, si bien desde luego sí el más aceptado. Esto último no nos preocupa lo más mínimo, seguimos mirando alrededor, un acto reflejo buscando la biblioteca. Y lo normal es que no la haya, o que si la hay resulte tan escuálida como nuestra capacidad de socializar, imposible detener la vista en ella más de un par de minutos o de mantener nuestra atención alerta. Pese a lo horrible que nos pueda parecer leemos todos los títulos. Sin embargo, hay veces que no sucede así. Hay veces en que encontramos unas librerías llenas de joyas conocidas o por conocer, donde perdernos sin tener en cuenta el tiempo, donde de repente esa tarde aburrida en la que uno tendrá que ser amable y sonreír y realizar otras cosas de mal gusto se transforma en un viaje plagado de libros maravillosos. Ahora estamos en una de esas mágicas tardes. Estamos en la casa de Arthur Conan Doyle. Y él mismo, el mismo Doyle en persona, nos va a enseñar una a una cada estantería de su biblioteca comentándonos los volúmenes guardados en ella. ¿Imagináis velada mejor? Yo tampoco, claro que no. Puedo imaginarla igual. Jamás mejor.

Tras la fantástica introducción de Bram Stoker al hogar de Doyle todo está preparado ya para atender a la relación de los volúmenes que adornan sus estanterías. Porque no otra cosa es este maravilloso estudio: un recorrido por los libros preferidos del creador de Sherlock Holmes y el profesor Challenger. Y resulta irónico que citemos estos dos ciclópeos personajes de su creación cuando sabemos que Doyle por lo que anhelaba ser recordado era justo por su otra faceta, la de autor de novela histórica, algo de lo que tomaremos prístina nota según avancemos en la lectura del libro aunque jamás se nos diga de manera explícita. Porque autores gigantescos, de pulcro renombre, autores de la novela más seria y del ensayo más reputado junto a tomos interminables de historia es lo que Doyle nos mostrará orgulloso y apasionado de entre su colección. Y su pasión es contagiosa, tenemos que decir. Así se suceden Macaulay, Walter Scott, Boswell, Samuel Johnson, Edward Gibbon, Samuel Pepys… Auténticos colosos ante los cuales no nos sorprende la admiración de Doyle por ellos ni que tengan un lugar destacado en sus filas, aunque sí nos hace desear que se detenga también en los más oscuros y menos reconocidos. Eso sí, un deseo casi etéreo porque la narración y las explicaciones de nuestro anfitrión son ajustadísimas y entretenidas, y sentimos de forma tan potente que estamos allí con él asistiendo a su amable charla que podríamos seguir escuchando horas y horas aunque nos empezara a hablar de la pesca de la trucha con mosca, de fútbol o hasta de boxeo. Pero vaya, justo esto último, otra de sus grandes aficiones, es el corazón del quinto capítulo: todo un repaso a la historia pugilística, a sus héroes y a los escritores que de todo ello nos dejaron constancia.

Por cuestión de afinidad, es el siguiente capítulo el que me llegó más hondo, pero que no signifique esto que me pareció el mejor. Doyle nos deja aquí sus opiniones sobre el relato, y son bien curiosas. Afirma que Dickens jamás escribió un cuento corto memorable (cuando al menos sí que nos legó uno genial: El guardavías, The Signalman, 1866), y salva por los pelos en este apartado a su idolatrado Scott. Justo lo contrario afirma de Poe y Stevenson: alaba sin fin sus relatos pero no así sus producciones más extensas. Tampoco importa: sus palabras sobre ambos escritores, aun cuando les saca algún defectillo, están tan llenas de amor que no podemos más que asentir en silencio y no decir ni una sola palabra pues justo ahora menos que nunca querríamos interrumpirle. Y a continuación ofrece una lista de sus relatos preferidos, unas páginas que se leen con las manos temblorosas de excitación y deteniéndonos a cada línea para apuntar los títulos, tanto los que ya hemos leído como los que aún no. Hay sitio para Bret Harte, Maupassant, Kipling, Nathaniel Hawthorne (del cual afirma hacérsele poco grato de leer), Bulwer-Lytton, el genial Quiller-Couch, Grant Allen y Ambrose Bierce. Una selección mareante, cuando menos.

Tras esta profunda andanada Doyle sigue con los libros de historia (apartado especial para las crónicas napoleónicas), los grandes novelistas del siglo XVIII (siempre anglosajones, claro, que para algo Doyle insiste sin cansancio en que la cultura dominante es la suya, la que representa el mundo civilizado), poca poesía y sí muchos libros de viajes, ciencia y ensayo (capítulo en el que de nuevo Doyle se inflama con encendidas palabras hacia Stevenson, ahora a propósito de su prodigioso Virginibus Puerisque). Llegamos al final y sentimos que debemos marcharnos, se nos ha hecho algo tarde y es hora de abandonar su biblioteca y sentirnos de nuevo otra vez más solos. Hemos echado un vistazo al maravilloso mundo que nos espera tras la puerta mágica, allí donde la literatura es un bálsamo, un refugio de belleza, una fuente cristalina de aguas puras que nos llena de fuerza y vigor para poder así enfrentarnos a nuestra aburrida vida cotidiana. Vemos por los ojos de Doyle, y a su lado hemos atisbado por unas horas el paraíso. Esta es la magnífica segunda entrega de la editorial GasMask Editores. Por unos días no ha podido hacernos más felices.


DOYLE, Arthur Conan. Cruzando la puerta mágica. Traducción de Carlos Pranger y Miguel Ángel Villalobos (introducción de Bram Stoker); notas de Carlos Pranger. Málaga: GasMask Editores, 2015. 256 p. Desiderata; 1. ISBN 978-84-944090-0-4.     

lunes, abril 04, 2016

La Reina Orquídea (2016), de Borja González



Los veranos interminables, cuando las vacaciones eran eternas y se llenaban los días leyendo cómics, paseando por la enorme casa de los abuelos, perdiéndonos en la ya entonces semi abandonada segunda planta, lugar idóneo para que los fantasmas acecharan detrás de cada raída cortina, de cada desvencijada puerta, para que se manifestaran a través de cada uno de los vanos que daban a un planeta diferente adonde huir. El sol pesado, la tarde silenciosa, podías revisar periódicos viejos buscando fotografías del pasado o también ponerles nombre a cada una de las flores que crecían en las siempre cuidadas macetas, lo único que parecía ser atendido en aquel sitio donde el tiempo se había detenido y el silencio era tan abrumador que el sonido de la respiración parecía retumbar en las paredes. Buscando un libro secreto entre los volúmenes abandonados de una estantería, encontrando una historia y quizá inventándola al contársela al oído a alguien, o tal vez poniéndole fin porque el original carece de él. Somos piratas, astronautas, detectives, bomberos y en ocasiones jóvenes que sin miedo nos atrevemos a cruzar el pasillo a solas, evitando echar a correr aunque por el rabillo del ojo veamos temblar el cortinaje. Duelos a espada y fieros tiroteos a muerte, y siempre volver a revisar ese libro ya leído mil veces o ese cómic con las hojas desprendidas de tanto pasar sus hojas. Porque había mil y un días en aquellos veranos, y eran vastos y apasionantes y aburridos. Y en uno de ellos viven Teresa y Matilde, las dos jóvenes que pasean por el jardín de un formidable castillo, uno de aquellos salidos de la mente delirante del rey loco Ludwig, una Baviera mítica donde el rey de las Hadas concede deseos, donde una reina puede florecer porque ya ha tomado forma en un sueño.


Teresa y Matilde en La Reina Orquídea hubieran sido nuestras compañeras perfectas para sobrevivir a otro de aquellos estíos si tal vez este cómic de Borja González hubiera existido entonces, aunque tal vez fuera así y solo ahora lo hemos encontrado. Así porque todo lo que se nos cuenta en él lo hemos vivido y al tiempo es nuevo, desconocido, un sueño que nos trae reminiscencias y en el que a la vez nos vemos incapacitados para reconocer nada. La fascinación es un envoltorio mágico y extraño que hace propio y familiar lo que otros han vivido trasladándolo a nuestro universo particular. Pareciera no que ha nacido en la mente de otra persona, alguien ajeno, sino que ese otro ha escuchado y atisbado y paseado por nuestras ensoñaciones para darles forma en dibujos sobre un papel. Somos nosotros pero también no, porque no dejamos de contemplar con los ojos asombrados ese mundo fruto de la imaginación prodigiosa de otro, de un demiurgo que por más que leamos su nombre una y otra vez sobre la tapa de ese libro de nuestra infancia no podemos creer que pueda sonar tan terrenal: Borja González. Puede que quizá hasta lo conozca en persona. Pero no puede ser. No así porque mientras pienso esto el libro se dobla sobre sí mismo, se flexiona y se retuerce y adopta la forma papirofléxica de un corcel que en su interior esconde un deseo. Tú también lo miras, Teresa, amiga mía, y es justo entonces cuando se mueve y se esconde desapareciendo entre la fronda del jardín.


La Reina Orquídea (2016) es un cómic maravilloso, mágico y extraño, escrito y dibujado por Borja González. Lo ha editado El Verano del Cohete. Ha sido una de las lecturas más absorbentes de las que he disfrutado en estos días tan lejanos a las vacaciones y tan poco amables para pensar y soñar otros universos. Ha disparado mi imaginación y el anhelo de pasear por un jardín solitario donde cada planta oculta un misterio, donde cada misterio posee un nombre inventado y donde cada nombre se resume en dos: Teresa y Matilde. Las conocí hace apenas un mes. Sin embargo han estado ahí, justo al lado, solo necesitábamos que alguien nos mostrara el camino y mirar para saber de su presencia. Por todo esto, pero no solo por todo ello sino también por lo que aún queda por descubrir, es y será un placer leer y releer esta obra que vive por encima de nuestro tiempo.





GONZÁLEZ, Borja. La Reina Orquídea. Badajoz: El Verano del Cohete, 2016. ISBN 978-84-942610-4-6. 




jueves, febrero 11, 2016

La saga de Telzey Amberdon (1962-1971), de James H. Schmitz


Telzey Amberdon tiene quince años, posee una inteligencia bastante superior a la media y pertenece a una familia acomodada. Sus padres ostentan altos cargos en la Federación del Centro. Esta Federación controla la galaxia, con sus problemas como todo imperio galáctico que se precie, y una de sus ciudades más importantes es Orado, donde vive la joven Telzey. Nuestra protagonista es estudiante de leyes, pero más importante que esto es su recién descubierto poder psi, esto es, sus capacidades telepáticas que le permiten leer mentes y alterarlas a su antojo. No penséis que esto es lo normal: no todos en el futuro disfrutan, o padecen, de esta sorprendente habilidad. Y menos aún con la fuerza con que parece mostrarse en Telzey. En el relato Novicia (Novice, publicado en la revista Analog en junio de 1962) encontramos a Telzey de vacaciones en Jontaru, un planeta de recreo, junto a su malévola tía Halet. Telzey se ha llevado con ella a su terrorífica mascota, un enorme gato salvaje llamado Tik-Tok, un animal de compañía que haría inofensivo a un tigre. Su especie es originaria de Jontaru, por lo que de algún modo Tik-Tok se siente en casa, si bien sus congéneres han sido dados por desaparecidos del planeta, es una especie extinguida. Sin embargo, Telzey en esta su primera aventura contactará con ellos gracias a su apenas estrenada habilidad psi y acabará convirtiéndose en su embajadora ante los humanos. Solo ella puede dar voz a los gatos “crestados”, ocultos a los ojos humanos y no desaparecidos como se les suponía, y ofrecer una solución que haría posible una convivencia pacífica entre especies que en el pasado se acosaron a muerte.

 Analog Science Fact-Science Fiction
junio 1962, portada de John Schoenherr  


Con una desatada atmósfera de space opera o aventuras espaciales, Schmitz crea paisajes fantásticos propios del género pero dotándolos de un aire familiar muy conseguido, como si a pesar de lo lejanos que se encuentran sus mundos todo no dejara de sernos muy cercano, con razón se dice de sus obras que presentan un futuro en el que querríamos vivir. Y esto quizás sea uno de los rasgos más atrayentes de estos relatos: esos planetas ajenos y extraños en los que Schmitz consigue que nos sintamos como en casa. Un futuro con sus problemas y sus enfrentamientos y odios y rencillas, pero donde nuestro autor hace prevalecer la comprensión y la aceptación del otro, de lo desconocido y diferente, frente al rechazo y la hostilidad. Así, leyendo Novicia desearemos que tanto Telzey como los terroríficos gatos gigantescos de Jontaru a los que representa logren vencer todas las trabas diplomáticas para que sean aceptados como especie inteligente y dejen de ser cazados como bestias. En fin, vivir en paz y en libertad, un deseo noble que también comparten muchos humanos.   

 Analog Science Fact-Science Fiction
mayo 1964, portada de John Schoenherr

Analog Science Fact-Science Fiction
junio 1964, portada de John Schoenherr

Telzey seguirá descubriendo nuevos aspectos de su capacidad psi y de paso ayudará a una compañera de internado, Gonwill, la cual tiene como mascota un espeluznante perro superdesarrollado genéticamente para participar en peleas a muerte, por suerte ya domesticado, llamado Chomir, en el colegio Pehanron a evitar una terrible vendetta familiar en Contracorrientes (Undercurrents, publicado en la revista Analog durante los meses de mayo y junio de 1964). Gonwill es la heredera de una gran fortuna y sus familiares más allegados buscan eliminarla para así quedarse con su legado. En su planeta natal esto es algo normal, casi aceptado socialmente, por lo que la familia solo tendrá problemas cuando intente llevar a cabo sus planes en Orado. También iremos descubriendo junto a Telzey que hay muchos más individuos con esa curiosa capacidad psi, pero pocos como la que parece desarrollar ella. Y que existe un departamento gubernamental, el Servicio Psicológico, que intenta mantener bajo control a los psi. Schmitz relata con ritmo pausado y elegante la compleja trama en la que deviene fundamental la comprensión del entorno y la naturaleza del futuro que nos describe. La inmersión es total y todo funciona a la perfección: una vez que el lector ha entrado en su juego, cualquier movimiento resulta subyugante.

Analog Science Fiction-Science Fact
julio 1971, portada de Kelly Freas

En Poltergeist (Analog, julio de 1971: la edición de La Biblioteca del Laberinto ha recopilado estos relatos siguiendo su orden cronológico y no el de su publicación, la mejor opción pues todos mantienen una continuidad) Telzey sigue dando pequeños pasos conociendo día a día los límites y alcances de su poder psi. Disfrutando de unas merecidas vacaciones dará con un individuo poseído por una extraña y violenta entidad. De nuevo el autor nos atrapa casi más que por la trama por su asombrosa capacidad de trasladarnos totalmente a esos mundos distantes pero cotidianos al mismo tiempo. Sentimos lo maravilloso casi como algo real.   

Analog Science Fiction-Science Fact
abril 1965, portada de John Schoenherr

La noche del trasgo (Goblin Night, Analog, abril de 1965) nos presenta a nuestra protagonista de acampada con compañeros del colegio en el Parque Melna, una inmensa reserva natural a los pies del cañón Cil. Telzey lleva consigo a Chomir, la mascota de su amiga Gonwill, y bien que ha hecho porque su intervención será decisiva en esta aventura. Veremos a Telzey enfrentarse en la soledad de los bosques a un cazador despiadado, un Zaroff lisiado, Robane, que se vale de la alta tecnología para sus fines: entretener sus aburridos días con la caza humana. La noche del trasgo es un relato apasionante, sin duda el mejor del libro. Schmitz ya nos ha instalado por completo en el mundo que ha creado y nos lanza a la cara una trepidante historia con una persecución incansable en la cual Telzey es la desprotegida presa. La conjunción de salvajismo primitivo representado por el terrorífico trasgo y de tecnología ultra moderna de la que se rodea el malvado Robane resulta perfecta y estremecedora. Sabemos que Telzey no va a morir, claro, pero no cómo diablos va a escapar de esta. Se lee con pura tensión, atrapados con ella en la espesura luchando por su vida, sintiendo su respiración agitada escapar de las páginas para envolvernos con su terror.

Analog Science Fiction-Science Fact
agosto 1965, portada de Kelly Freas

Analog Science Fiction-Science Fact
agosto 1971, portada de Kelly Freas

En su enfrentamiento con el maquiavélico Robane hay algo que no se ha cerrado del todo, y ese algo no deja dormir tranquila a Telzey. Aunque todos los relatos muestran cómo evoluciona nuestra heroína, No podrás dormir (Sleep No More, Analog, agosto de 1965) es el que más claramente hace referencia a los anteriores, en especial a La noche del trasgo, del que supondría una parcial continuación. El universo de Telzey se afianza y ya nos da igual si sus historias nos gustan más o menos: estamos atrapados en su mundo y seguir conociéndolo ya resulta suficiente atractivo de por sí sin necesidad ni tan siquiera de enmarcarlo en un relato deslumbrante. Aquí la joven psi se enfrentará a una temible bestia que se materializa junto a Telzey para matarla en cuanto puede localizarla. Y sus poderes son un rastro fácil de seguir. El grupo criminal que ha lanzado a la criatura tras ella nos será desvelado en el cuento siguiente, El juego del león (The Lion Game, Analog, agosto y septiembre de 1971), el más extenso del libro, y en el cual Telzey deberá pedir ayuda al Servicio Psicológico para luchar contra la perversa organización que la acosa. Y es que sentir que bestias teleportadoras devoran tu carne cruda no debe de ser algo del todo agradable… Con este punto de partida se desarrollará toda una imbricada trama que llevará a Telzey a trabajar en plan agente secreto para el dichoso Servicio en un planeta lejano, Tinokti, bajo el poder de un clan, el Tongi Fon, que vive en su propia burbuja aislado por barreras psi de la Federación. La muerte de algunos de sus líderes los obligará a colaborar con el Servicio Psicológico. Ha llegado la oportunidad de penetrar en sus defensas, de abrirse camino en el controlado e inhóspito paisaje mental de Tinokti, y allá que va nuestra Telzey para hacer de cebo. Schmitz debe desarrollar y plantear todas estas situaciones para dejarnos bien claras las claves y detalles del ambiente en el que se desenvolverá Telzey, solo así cuando se desate la acción podremos entender lo que pasa, porque de otra forma, si no mostrara este cuidado, esto sería un caos. No entraré más en contaros la trama porque es un lío de mil demonios, pero creedme que si seguís con la debida paciencia el camino que nos prepara el autor lo disfrutaréis con pasión. Lo más bonito de este relato es cómo nos sumerge en un mundo en el que los poderes psi han sido capaces de crear en este planeta una red de pasillos, estancias y lugares ocultos para los habitantes del mismo en la que los criminales se esconden de manera perfecta, invisibles a todos, y que solo Telzey logrará atravesar para a su vez verse atrapada en él sin escapatoria. Schmitz nos plantea una emocionante fuga de una prisión imposible que no puede resultar de lectura más deliciosa una vez que nosotros también hemos logrado romper las barreras que nos separan de un sitio tan extraño y logramos comprender su funcionamiento. Schmitz nos plantea una space opera alejada de batallas épicas y gigantescas para llevarnos a entornos más pequeños pero no por ello menos complejos. Fugas, huidas, asesinos psicópatas, luchas mentales a muerte, tramas criminales… Y la vida de Telzey, su día a día cotidiano, tan apasionante como sus aventuras en las que siempre prevalece su inteligencia sobre la maldad de sus enemigos y la probidad de sus amigos.

Analog Science Fiction-Science Fact
septiembre 1971, portada de John Schoenherr



SCHMITZ, James H. La saga de Telzey Amberdon. Ilustraciones de Frank Kelly Freas y John Schoenherr; traducción de Carlos Sáiz Cidoncha. Colmenar Viejo (Madrid): La Biblioteca del Laberinto, 2014. 316 p. Delirio, Ciencia Ficción y Fantasía; 82. ISBN 978-84-942096-6-6.           

viernes, enero 29, 2016

Toma tu hacha y corre: tres novelas de Adam Surray



Al curtido explorador y guía de safaris Keith Murphy le ha tocado en (mala) suerte hacer de padre de un grupo de niñatos ricachones que soltando billetes por doquier se dedican a disfrutar de “la verdadera África Negra”. Esto es, a pagar por espectáculos macabros y morbosos a costa de los nativos, los cuales se llenan los bolsillos de dólares a cambio de ofrecer shows delirantes de violencia, lo que estos pazguatos blancos esperan de ellos, dejando a un lado su orgullo. Los jovenzuelos se pasan de lo lindo con las bestialidades y los nativos encuentran cada vez más difícil dar gusto a esta pandilla de mequetrefes. El duro de Murphy, estragado por mil batallas, observa todo con profesionalidad, a él le han pagado, y muy bien, por cuidar de ellos, pero están tentando demasiado a la suerte. Así va discurriendo la primera mitad de El bebedizo infernal (1981), una de las tres novelas obra de Adam Surray (nombre real: José López García) que reseñaremos en esta entrada publicadas en la colección Selección Terror de Bolsilibros Bruguera, ofreciéndonos un retrato entre aventurero y salvaje de este viaje de placer por lo que aquí son todavía tierras ignotas y peligrosas.

El enfrentamiento de Murphy con los idiotas a los que debe acompañar y proteger va creciendo en tensión, pero como a él también lo han enterrado en dinero calla y aguanta como puede. Pero no todo va a ser alegría y francachela: el encuentro con el dios Yatrakan, los extraños miembros de su culto en procesión y su siniestrísimo Sumo Sacerdote, un señor con muy malas pulgas, supondrá un giro en la aventura que traerá funestas consecuencias. Este Sacerdote no quedará muy contento con la befa que tanto de él como de su dios hacen los extranjeros y los maldecirá por medio de una bella bailarina que, ya en la ciudad de Nairobi, dará a beber a uno de ellos el licor del título y lo transformará en una bestial fiera asesina. De vuelta el grupo a Nueva York se desatará una espiral de horror y violencia al más puro estilo Surray, esto es, el gore bestiajo de toda la vida. Resulta que el Culto de Yutrakan se extiende hasta el mismo corazón de Harlem, por lo que allí el maldito joven encontrará una hueste de negros que podrían ser miembros de los Panteras Negras si no lo fueran ya del culto de marras. El festival de sangre y mutilaciones se convierte en todo un carnaval que Surray nos detallará con delectación.

Como he dicho, la primera parte de la novela con sus aventuras desenvolviéndose en la jungla y la sabana resulta muy divertida y más que entretenida de leer. Surray consigue trasladarnos a un lugar donde el infierno late tras cada paso equivocado enmarcando la historia en una estupenda ambientación. Así resulta fantástica la descripción del garito en Nairobi donde se implantará el mal. El relato decae cuando el grupo llega a Nueva York, por desgracia, pues todo deviene más convencional, sustentando la trama en un misterio que apenas si lo es. Y así hasta llegar al desenlace, donde de nuevo Surray se muestra en verdad despiadado y la sangre corre a mares, incontenible en un salvajismo ancestral que si bien puede parecer exacerbado en realidad se adecua muy bien al trasfondo de la narración.


Si El bebedizo infernal destaca por el exceso, Mis amados muertos (1982) es toda una muestra de contención de Surray en un medido relato en el cual destaca su cuidada progresión. Victor Nilsson es un científico e inventor que ha creado gracias al mecenazgo del empresario capitalista Stephen Hancock el Cryonic Cemetery, un centro donde yacen hibernados, criogenizados claro, clientes que así por ello han pagado con enfermedades mortales esperando ser despertados en un futuro en el que ya exista una cura para sus males. En fin, lo habitual en estos casos de preservación: abrazar una vaga idea de inmortalidad a cambio de un sueño sin fecha fija de caducidad. El centro es un absoluto fracaso como negocio, y pese a que Nilsson insiste en que está a punto de descubrir algo que supondrá un avance considerable en sus métodos, el malvado y algo violento Hancock está hasta las narices y quiere cerrar el chiringuito. Para acabar de liarla, el dichoso Hancock está que se muere de deseo cada vez que ve a la esposa del científico, la joven y bella Paola, que esquiva como puede los continuos y, por decirlo de alguna manera, poco delicados y elegantes acercamientos del empresario en su afán por poseerla. La locura sexual de Hancock unida a su desesperación económica, pues necesita salir de las deudas que ha contraído con el centro experimental, lo llevan a asesinar a la pareja en una concatenación de dislates criminales que culminan con la destrucción de los pocos cubículos de criogenización que están activos (la clientela es escasa). Sus usuarios despertarán con una innatural ansia criminal y con un más lógico anhelo de venganza que se verá facilitado por el hecho de que vuelven a la vida convertidos en unos zombies gruñones, no es de extrañar porque cualquiera se hubiera cabreado de igual forma si lo llegaran a despertar tan a lo bestia, con una fuerza descomunal.

Hacia el tercio de la novela hará aparición el que acabará siendo el protagonista de la novela, recurso que no es ajeno a la narrativa de Surray, el periodista Patrick Gleason, el cual se empecinará en descubrir qué ha ocurrido de verdad en el Cryonic Cemetery. No se fía nada de la aparente beatitud de Hancock que llora ante todos la pérdida del matrimonio amigo y de su negocio. Pese a alguna salida de tono tan divertida como disparatada, así podemos leer con los ojos como bandejas que ante un ataque de uno de los cadáveres revividos Gleason responderá con una demoledora patada de kung-fú sin que en ningún momento antes ni después se mencione que el periodista practica y domina ese ancestral arte marcial, el relato avanza con interés. También encontramos algunas concesiones a escenas eróticas insertadas con escoplo, pero bueno, signo de los tiempos que corrían en España y que orillaban también en el mundo de los bolsilibros, por algo el objetivo principal de la literatura popular era dar gusto a los lectores.

En conjunto, Mis amados muertos es un relato terrorífico donde lo fantástico anida en la explicación pseudocientífica que sustenta la existencia de esos zombies con conciencia y que funciona muy bien gracias a la pericia narrativa de su autor. La historia, ya lo hemos comentado, progresa con medida eficacia, con una cadencia que nos mantiene atentos a cada meandro de la trama y con una contención, también lo indicábamos, que elevan su valor al resultar más sugerente y no precipitar los acontecimientos. Ejemplo de esto lo tenemos cada vez que algún personaje entra en el maldito centro criogénico, donde la soledad, el silencio y la destrucción que se adueñan de lo que debería ser el modelo de modernidad futurista deseado se perciben con fuerza creando escenas de gran tensión. Surray se permite además alterar el orden cronológico de la narración buscando ser más efectivo en sus golpes de efecto jugando siempre más con el suspense que con la sorpresa, lo cual favorece a una historia que no brilla por su originalidad pero sí por su conseguido toque fantástico.    


El mundo de las editoriales y los escritores de terror protagonizan Simposium del Horror (1983). La Crothers Editor es una empresa especializada en el género que empezó publicando cómics pero que tuvo que abandonar pues nada pudo hacer contra “las todopoderosas Warren Publishing y DC Comics” (p. 12) en simpática apreciación de Surray, que las conoce aunque es difícil que hagan competencia alguna al mismo tiempo pues no coincidieron en él. Guy Crothers es el dueño de la editorial, la cual convoca anualmente un premio de medio millón de dólares para el mejor relato terrorífico. Surray aprovecha esto para lanzar un incendiario venablo contra los detractores del género:

“Fueron muchos los intelectuales que, por supuesto bajo seudónimo, se presentaron al certamen literario de Crothers Editor. Fracasando. Es fácil criticar un género literario menor. Despreciar la subcultura que se encierra en la denominada literatura popular.

Ninguno de los intelectuales quedó entre los finalistas.” (p. 13)

Hachazo incontestable que nos hacía esperar todo un show de perlas de este estilo en lo que nos quedaba por leer. Lástima que no fuera así. La acción de la novela se desarrolla durante la celebración de este Simposium, que es el tercero como corresponde al III Premio Crothers de Terror, siendo su momento estrella la revelación del ganador. Una semana de coloquios, mesas redondas, proyecciones de películas y, como novedad, el Museo del Horror, una sala del hotel donde se celebra el evento dedicada a una exposición de figuras de cera con todos los mitos del terror. Ojo a este Museo que también expone incunables, obras satánicas, cabinas de vídeo para ver horrísonos filmes, memorabilia de todo tipo, aparatos de audio para escuchar bandas sonoras… En fin, el paraíso de manos del extravagante ricachón Crothers. Y vigilándolo todo, el detective venido a menos, por eso ahora es detective del hotel, Ronny Freeman, que se enfrentará a una serie de brutales asesinatos que empañarán el éxito del Simposium. Al menos en parte, porque al buitre de Crothers todo le viene bien para promocionarse… El durísimo y requete rebelde Freeman es también un ligoncete, creo que no sorprendo a nadie desvelando esto, aunque parece que muestra predilección por la hermosa Louise Wilson, una joven, como siempre en Surray, “de gordezuelos y carnosos labios”.

Algún capítulo destaca de entre lo que al final deviene un relato muy descafeinado, quizá el que más aquel en el que la momia del Museo, pura inspiración Boris Karloff, se adueña de un hacha robada a la figura de otro asesino clásico, el leñador de Blissburg, y la da con uno de los personajes, en concreto con el encargado del Museo. Surray resulta salvaje en estas páginas, impregnadas de una efectividad primigenia y básica que apenas volveremos a vislumbrar en la novela. Hay detalles de agradecer, así la aparición de la secta “Los adoradores de Satán”, que por algo la acción se desarrolla en Los Ángeles, pero nuestro admirado autor no aprovecha esta buena idea que habría añadido un toque delirante que hubiéramos agradecido infinito. Todo se queda en una sucesión poco emocionante de asesinatos con un escenario y un planteamiento de la trama que recuerdan poderosamente a su anterior Hotel Infierno (1981). Un Surray menor, entretenido pero sin la fuerza y la originalidad que demuestra poseer en otras de sus obras. Y en esta ocasión sacando su vena más Joseph Berna a costa de utilizar frases ultra breves y continuos puntos y aparte. Pero tampoco nos pondremos tiquismiquis con esto: aquí los Chuck Norris de la lengua sobran.


SURRAY, Adam. El bebedizo infernal. Ilustración de portada: Martín. Barcelona: Bruguera, 1981. 95 p. Bolsilibros Bruguera, Selección Terror; 450. ISBN 84-02-02506-4.     

SURRAY, Adam. Mis amados muertos. Ilustración de portada: García. Barcelona: Bruguera, 1982. 92 p. Bolsilibros Bruguera, Selección Terror; 509. ISBN 84-02-02506-4.

SURRAY, Adam. Simposium del Horror. Ilustración de portada: Antonio Bernal. Barcelona: Bruguera, 1983. 93 p. Bolsilibros Bruguera, Selección Terror; 520. ISBN 84-02-02506-4.  

jueves, enero 28, 2016

La estrella de Salomón (1917), de Aleksandr Ivánovich Kuprín


Podéis leer si os place la reseña de este excelente relato diabólico, La estrella de Salomón (Svezdá Solomona, 1917) de Aleksandr Ivánovich Kuprín, en la página de El antepenúltimo mohicano bajo el título Con el diablo a las espaldas, AQUÍ

KUPRÍN, Aleksandr Ivánovich. La estrella de Salomón. Traducción y notas de Alberto Pérez Vivas. Barcelona: Alba, 2015. 158 p. Rara avis; 23. ISBN 978-84-9065-105-6.

sábado, enero 16, 2016

Pioneros de la ciencia ficción rusa. Volumen II (1905-1929)


Podéis leer la reseña de la fantástica antología de relatos Pioneros de la ciencia ficción rusa. Volumen II en la página de El antepenúltimo mohicano, bajo el título Hijos del futuro, AQUÍ

PIONEROS de la ciencia ficción rusa, volumen II. Selección, traducción y notas de los perfiles biográficos por Alberto Pérez Vivas. Barcelona: Alba, 2015. 295 p. Rara avis; 21. ISBN 978-84-9065-069-1.

lunes, noviembre 30, 2015

EAM # 58-61: Doctor Who



Todos los Doctores y todos los Amos (Masters).


Jessica Rayne es la productora Verity Lambert en
An Adventure in Space and Time.

Ya sabéis, y si no es así os lo cuento ahora mismo, que Doctor Who es mi serie favorita. Ya sé que no es la mejor, pero eso no me puede importar menos. Esta serie que se emite en horario infantil, algo que sus detractores suelen olvidar con facilidad, es la que más amo, con esa pasión que solo los fans pueden sentir, esto es, por encima del bien y del mal. De hecho es la única de la que me considero fan en el sentido tradicional, pues ni lo soy de Star Wars, ni de Star Trek ni de otras que sí generan estas adhesiones tremebundas. Todo no es sino cuestión de, como escribió Goethe, afinidades electivas, dónde se instala el corazón de cada cual, y el mío está claro dónde vive en lo que a gustos catódicos se refiere. Para la página web de cine El antepenúltimo mohicano escribí una serie de artículos que ahora rescato aquí por si hay alguien a quien le apetezca leerlos. No tuvieron demasiada aceptación, la verdad, pero eso es algo habitual con mis artículos en general para EAM. Esto no hace sino que les tenga más cariño aún y me sienta profundamente orgulloso de ellos, algo que tampoco suele ser lo habitual. 


John Hurt es el más misterioso de los Doctores.

En noviembre de 2013 se cumplió el 50 aniversario de nuestra serie, fecha que dio lugar a multitud de eventos y celebraciones. Dimos cuenta de dos de ellas: de An Adventure in Space and Time (Terry McDonough, 2013), una película para televisión contando la génesis de este serial incombustible (AQUÍ), y de un episodio especial para la ocasión, el magnífico The Day of the Doctor (Nick Hurran, 2013) protagonizado por un espectacular John Hurt (AQUÍ).  


Carey Mulligan es Sally Sparrow en Blink,
ciencia ficción gótica en Doctor Who.


También me animé a realizar una selección de los mejores episodios de la serie en su nueva etapa (esto es, contando desde su renacimiento en el año 2005), y viendo la lista hoy me alegra comprobar que no cambiaría ni uno de ellos por cualquier otro. Hay muchos que me gustan igual que estos, pero ninguno más que estos. AQUÍ.  


An Unearthly Child, 1963, primer episodio de Doctor Who.

Por último, un cuarto artículo dedicado a la histórica primera temporada de la serie que se emitió en directo entre los años 1963 y 1964. Puedes leerlo AQUÍ. Y esto sería todo. Aunque este último se suponía que iba a ser la primera de una serie de entregas que... Bueno, quizás vaya llegando ya el momento de retomar esta idea. Veremos qué nos permite hacer el Tiempo. 

lunes, noviembre 23, 2015

¿Pero qué diablos era eso del “terror actual”? Por ejemplo: Las mejores historias de terror, volumen III (1979)



Cuando era niño y me iniciaba en la lectura de cuentos fantásticos, tiempos en los que las adscripciones genéricas no eran tan determinantes como ahora, allá entonces cuando todas las etiquetas eran absorbidas por el siempre más elegante y aglutinador de “literatura fantástica”, aquellos libros que prometían historias de “terror actual” me daban un repelús fuera de lo normal. ¿Cómo que terror actual? Pero si lo que molaba eran las catacumbas, las iglesias abandonadas, las ruinas, los fantasmas ensabanados y los esqueletos retozones. Cuanto más antiguo, todo era mejor. No dejaba de resultar chocante que por mucha modernidad que prometieran en sus coloridas portadas sus protagonistas eran los de siempre: vampiros, hombres lobo, brujas, zombies, practicantes de vudú y artes mágicas y arcanas, Cthulhus de todos los colores… En fin, lo que variaba era que salían pisos modernos y coches, televisores y demás aparatajes y decorados que cambiaban el telón pero muy poco de la obra. También empezaron a salir psicópatas asesinos, que dentro de la gama terrorífica para elegir siempre me han parecido los más aburridos porque rozan más la sociología que lo netamente sobrenatural. La editorial Martínez Roca con sus dos colecciones Súper Terror y Gran Súper Terror era el paladín de esta nueva forma de enfrentarse al género a la hora de venderlo, porque en su corazón anidaba lo de siempre vestido con ropajes de gran centro comercial. No me importa confesarlo y confío en que mis palabras sean leídas sin rechazo y sin rencor: era un niño y detestaba todas estas cosas nuevas.


De adolescente la cosa fue a peor, claro, que para algo se pasa por esa edad: para oponerse a todo y refugiarse en lo que nadie quiere, porque uno se ve a sí mismo como alguien a quien nadie quiere. Pero el tiempo ha pasado y ahora que soy un medio anciano con poco camino por recorrer como siga fumando estas cosas antaño “nuevas” pues resulta que son viejas también. Y no puedo evitar mirarlas con un cariño infinito. Esto me ha llevado a que poco a poco vaya leyendo los treinta libros que compusieron la colección Súper Terror de la mentada editorial Martínez Roca. Ya escribí reseñas de un par de ellos: Fiebre de sangre de Shelley Hyde y Miss Finney mata de vez en cuando de Al Dempsey. No lo hice de la mediocre y aburridísima Nómadas (Nomads, 1984) de Chelsea Quinn Yarbro ni de la anodina El susurro de la medianoche (The Sound of Midnight, 1978) de Charles L. Grant porque apenas se me ocurrió nada que decir salvo mantener un denso silencio tras su lectura. También porque me cansa escribir sobre cosas que no me gustan: es mucho más gratificante y divertido hacerlo sobre aquello que nos apasiona. Esto trajo consigo que mi idea original de comentar todos los libros de la colección en el blog se fuera al garete. Pero sí intentaré reseñar todos aquellos en los que encuentre algo que me guste (y de los que tengo, que todavía me faltan bastantes para completar la colección). Así ha sucedido con este Las mejores historias de terror III, una selección de relatos de la antología Nightmares de 1979, una compilación realizada por el mencionado escritor Charles L. Grant. Es un libro irregular, claro está, como no suele ser extraño en este tipo de obras, pero incluye un relato sensacional y un par de ellos muy buenos, por lo que ya tenemos golosinas para comenzar.


Aunque habrá que esperar, pues el libro se abre con un par de relatos que justifican con creces los peores temores. Impulsos desconocidos (Unknown Drives) está escrito por el hijo del gran Richard Matheson, Richard Christian Matheson, y al menos en esta ocasión demuestra estar a años luz de su padre. Una historia de horror en la carretera previsible y facilona que ni la supuesta sorpresa divertida y macabra del final ayuda a hacerla mínimamente simpática. Igual de desatinados se muestran J. C. Green y Geo W. Proctor en La noche de los piasa (The Night of the Piasa), que buscan en sus propias raíces, en su tierra natal, una trama no solo original sino que dé valor a su propuesta y la justifique. Ya sabéis: tirar del terruño para que parezca algo necesario. Pero en este caso y en cualquier otro, es la mano del escritor la que nos guía y construye y la que nos hace creer, no la temática escogida. Estos dos autores texanos beben de las raíces nativas de los indios americanos, de sus posibles ancestros, pero esto ni da profundidad ni credibilidad a una insustancial historia de teriomorfos. Aburrimiento a mansalva en estos acercamientos al “terror actual” que devienen más viejos que el más recóndito relato gótico. Pero no todo va a ser mala suerte, y el tercero ya es otra cosa. Ray Russell, el autor de los excelentes Sardonicus (1960) y Sanguinarius (1962), nos traslada en Los amantes fugitivos (The Runaway Lovers, 1967) a un pasado cruel donde reyes, nobles, reinas y trovadores no tienen nada que envidiar de los protagonistas de la celebérrima Juego de tronos (Game of Thrones, tanto da la novela que la serie de televisión), solo que con sentido del humor. Despiadado e irónico, sin que tampoco uno quede impactado por su lectura introduce al menos un poco de diversión a la tremenda en un libro que se había iniciado en un mortecino tono gris.     


Como si el relato de Russell fuera una premonición o supusiera una introducción suculenta, justo a continuación nos encontramos con los dos cuentos más brillantes, sin duda mis favoritos, de esta antología. El tronco del pescador (Fisherman’s Log) de Peter D. Pautz es una narración de densa y ominosa atmósfera donde una tranquila tarde de pesca ve rota su paz por lo extraño y lo inconcebible. Los dos niños protagonistas verán alterada su felicidad casi idílica por la irrupción de un ser de pesadilla que nos hará pensar en esos monstruos que pueblan nuestros peores sueños: la infancia invadida por el terror ancestral que acecha siempre alerta y dispuesto a turbar nuestra paz. Pautz nos traslada a la perfección a un mundo donde los temores infantiles se adueñan de la realidad y les da vida en un entorno luminoso y alegre como es la ribera de un río en un día estival, pero que también es la niñez de los protagonistas despedazada con brutalidad. Pautz hace explícito que los ritos de madurez implican la muerte de la inocencia. No puedo dejar de decir adiós (I Can’t Help Saying Goodbye, publicado originalmente en la revista Ellery’s Queen Mystery Magazine en su número de mayo de 1978) de Ann Mackenzie va aún más lejos en su reflejo de una infancia atravesada por el horror, o quizá mejor sería decir cómo la infancia es consustancial a él y lo lleva consigo. El entrecortado e inocente relato en primera persona de una niña de nueve años es sin duda el más estremecedor de esta recopilación. Mackenzie pone voz con maestría a esta niña que sin pretenderlo, apenas sin ser consciente de ello, lleva la muerte allá donde va. O quizá sea tan solo que puede anticiparla… En cualquiera de los dos casos, un cuento cuya mirada cargada de candidez multiplica la extrañeza con la que la autora nos obliga a mirar y a escuchar a esta sorprendente niña prodigio que nunca te llevarías a tu casa aunque sí al trabajo, claro, que allí sí que nos vendría bien. Todo en él es tan encantador como terrible, y como he indicado a mi gusto supone la pequeña joya de esta antología.    


Ramsey Campbell es un autor consagrado en esto del terror actual, pero por más que lo intento no hay manera de que me guste algún relato suyo. El vagabundo de medianoche (Midnight Hobo) es de una apatía tal que es imposible evitar que se contagie a su lectura y que aburra hasta lo indecible pese a su brevedad. No interesa la trama, una criatura que se oculta en un túnel a la espera de sus víctimas, ni su protagonista, un locutor de radio un tanto plasta, ni el estilo mortecino y pretencioso de Campbell. Cómo la cercanía de esta tontuela criatura que no produce el más mínimo espanto al lector afecta al protagonista, al que parece que sí atemoriza con su presencia, en su trabajo podría haber logrado funcionar en otras manos, quien sabe, si se le hubiera prestado un tono más angustioso. Pero esas peleas laborales en las que un trepa recién llegado hace la competencia al prota, el empleado de toda la vida amenazado por el nuevo como lugar común retrillado por Campbell, deviene una historia descafeinada contada sin el más mínimo espíritu, sin alma. Solo queremos terminar cuanto antes y pasar a cualquier otra cosa. Hasta me lo leí dos veces por ver si acaso era culpa mía no poder entrar en la narración. Sí, así puedo llegar a ser de ingenuo. Serpientes y tortugas (Snakes and Snails) de Jack Hadelman II va de vampiros en los pantanos sureños de los Estados Unidos. Así puede que hasta os suene bien, pero se queda a medio camino de todo. Otra lástima. Peor todavía me resultó Nápoles (Naples, publicado por primera vez en la antología Shadows en 1978) de Avram Davidson, del que lo único que se me ocurre decir es que en el libro su nombre aparece como Avran. Lo olvidé casi antes de haber terminado de leerlo. De nuevo lo actual estaba más muerto que una piedra. Menos mal que el final me reservaba si no ninguna sorpresa especial sí al menos un poco de diversión. Al viejo estilo, eso sí.


Portada: Ronald Walotsky. 

Lo mató con un palo (He Kilt It with a Stick, publicado por primera vez en The Magazine of Fantasy and Science Fiction en febrero de 1968) de William F. Nolan es un relato divertido protagonizado por un obsesivo y enfermo asesino compulsivo de gatos. Y en la postrera venganza de estos. No es ninguna maravilla, vale, pero es que con un título así solo podía recibir de nosotros nuestra mayor simpatía. Nolan es también el autor de La fuga de Logan (Logan’s Run, 1976) junto a George Clayton Johnson y de las dos continuaciones de esta en solitario. Y llegamos al fin con La criatura (The Ghouls, 1975) de R. Chetwynd-Hayes, otro relato en tono medio de broma sobre zombies modernos utilizados como mano de obra barata en nuestro mundo “actual”. Podría haber resultado una incendiaria salva contra el sistema capitalista que nos explota y nos exprime, pero no va más allá de la anécdota macabra. No pasa nada porque así sea, pero su carencia absoluta de la más mínima densidad y fuerza no ayudan a hacerlo perdurable en nuestra memoria. Charles L. Grant., el antologuista de este libro, nos prometía en su introducción que aquí íbamos a encontrar a los maestros de este terror actual que huye de lo viejo. Y lo cierto es que solo hemos encontrado historias viejas vestidas con ropajes modernos: pocas cosas hay que den más penilla. Pero nos quedamos con esos relatos que sí nos han gustado y que si bien no marcan ningún camino nuevo ni abren nuevas vías al relato de horror sí que nos han estremecido y apasionado hasta conmovernos. Al final no importa el tiempo: importan las sensaciones que perdurarán en él.


GRANT, Charles L. (comp.). Las mejores historias de terror III. Selección e introducción de Charles L. Grant; traducción de Hernán Sabaté; ilustración de cubierta de Salinas Blanch. Barcelona: Martínez Roca, 1984. 159 p. Súper Terror; 7. ISBN 84-270-0847-3.   

lunes, noviembre 16, 2015

El legado de Lovecraft (1990)



El legado de Lovecraft (Lovecraft’s Legacy, 1990) es un libro que nació bajo la excusa de que se cumplía el centenario del nacimiento del escritor Howard Phillips Lovecraft. Tan buena o tan feble como cualquier otra, pero que a nosotros nos vale y nos sobra. Más aun teniendo en cuenta la excelente calidad de los cuentos que lo forman, que si bien en muchos casos se alejan de lo que sería una influencia directa o evidente del homenajeado, es cierto que en todo momento se explica que este “legado” consiste sobre todo en una forma moderna de ver el relato de terror más que en meter a Cthulhu a piñón en los textos, más en una actitud a la hora de afrontar las historias y buscando un realismo y una verosimilitud donde enmarcar lo fantástico alejándose de los viejos (no por ello menos amados) goticismos. Deudores de su revolucionaria adscripción al género más que de sus temáticas, por más que de maneras subrepticias por algún lado se atreven a mostrar sus tentáculos primigenios. En fin, pocas alusiones directas a los famosos dioses míticos creados por Lovecraft encontraremos aquí, lo cual se agradece pues en ocasiones resulta cansino el leer historias que copian su temática pero que se ven impotentes de hacernos sentir el más mínimo escalofrío o esa agobiante y desesperante sensación de perdición y malignidad suprema que emana de sus mejores relatos. Y es que Lovecraft no se aparece solo porque escribamos Cthulhu ni por mucho que repitamos el nombre del mayor de los antiguos tres veces ante un espejo. Los cuentos de Lovecraft poseen una atmósfera única, enfermiza y surreal, y por eso es tan difícil recrear su esencia. Varios de los escritores aquí reunidos lo han conseguido. Solo podemos celebrarlo. 

El libro se abre con unas bonitas y sentidas palabras de Robert Bloch, Introducción: una carta abierta a H. P. Lovecraft, que de forma epistolar rememora la última carta que escribiera al que entonces era su maestro en marzo de 1937, poco antes de la muerte de este. El homenaje de Bloch nos recuerda las facetas más conocidas de Lovecraft, tanto en lo concerniente a su escritura como a su vida: sus solitarios paseos nocturnos, la convivencia con sus tías rota de manera breve por su estancia en New York con su esposa, su poco éxito mientras publicó en la revista pulp Weird Tales que sin embargo supuso el germen de lo que con el tiempo sería todo un culto, su labor de escritor fantasma… Y una conclusión más que certera: sabemos mucho de Lovecraft por sus cartas y artículos, pero a la vez en gran medida su existencia nos sigue pareciendo un misterio. Es increíble que con tanto material sobre él y escrito por él su vida esté llena de lagunas y secretos que no seremos capaces de desvelar del todo. En realidad, su leyenda no sería tan fuerte si todo estuviera iluminado por una potente luz.

Bloch no parece tener gran cariño ni por alguna obra de Otis Adelbert Kline ni por las de otros autores coetáneos a HPL que triunfaban en Weird Tales mientras que este seguía sumido en las sombras. Tampoco resultan de su agrado las portadas que la maravillosa ilustradora Margaret Brundage realizaba para la revista. Y aunque estas opiniones no podamos compartirlas del todo, sí desde luego su colofón: el éxito que se le negaba a Lovecraft sonreía a escritores que eran inferiores a él. La importancia de Cthulhu y los mitos a él ligados en la literatura fantástica, toda la obra de Lovecraft, son incuestionables hoy. Bloch así nos lo recuerda en esta carta escrita a su mentor con la esperanza de que, esté donde esté, si acaso estuviera en algún lugar, pudiera leerla y saber qué ha sido de su legado y de cómo este sigue vivo y con más fuerza que nunca.

«Bien, señor Lovecraft, vas a empezar tu segundo siglo como maestro indiscutido de la literatura fantástica…, y puede que en sí mismo eso sea una fantasía que jamás llegaste a imaginar.

Pero es una realidad más que merecida.» (Bloch, p. 13)

Pero pasemos ya a los relatos. El primero de ellos, Un secreto del corazón (A Secret of the Heart) de Mort Castle, en estilo más pareciera rendir vasallaje a Edgar Allan Poe que a Lovecraft. En cualquier caso el primero fue siempre reconocida influencia del segundo. Castle nos trae a esta antología un gran cuento que lo es principalmente por su urgente y angustiosa atmósfera, donde el mal y los dioses que lo reparten resultan más atisbados que vistos de verdad. La inmortalidad tiene un precio y al narrador por el momento le ha salido barata. Siempre que no cometa un error, claro. Estremecedoras son las páginas en las que el protagonista, niño aún, pierde la fe en Dios ante las clarividentes palabras de su padre o cuando asiste a la aterradora consunción de su prima, también apenas una niña, atrapada por oscuros efluvios del más allá. Como relato lovecraftiano resulta un buen homenaje, pues más que recurrir a los habituales lugares comunes utiliza tan solo algunos de ellos, en especial los concernientes a libros antiquísimos que esconden saberes ancestrales y prohibidos entre sus páginas, para ofrecernos algo distinto. No es una fotocopia enmohecida: es una historia con sabor puro a Lovecraft sin necesidad de revolcarse en su legado. Esto es, respetándolo.

En El otro hombre (The Other Man), Ray Garton nos narra una trama centrada en los viajes astrales con la aparición de una criatura demoniaca que ni de lejos nos provoca el intenso terror que nos hacían sentir las de Lovecraft. Deviene un chiste macabro sin chispa alguna que no deja de ser curioso por el morro que le echa el autor pero que no funciona lo más mínimo.

Y tras dos autores norteamericanos le toca el turno a un inglés, Graham Masterton. Su Will es un magnífico relato. Las excavaciones que están sacando a la luz el mítico Teatro del Globo de Londres desentierran también a un Antiguo que dormitaba por allí atrapado en el pasado por un escritor, quizá el más reconocido de todos los tiempos, cuya fama se debe a un trato infernal con esta criatura. ¡Toma ya! Me encanta. Libros, cartas y viejos manuscritos van revelando la verdad de unos hechos increíbles que vencen a nuestra incredulidad con progresiva convicción. El órdago de Masterton llega hasta el punto de apoyarse en textos del propio Shakespeare para probar esta alianza maligna que llegó demasiado lejos. Este delirante planteamiento está guiado con tanta seriedad y mano firme que funciona sin provocarnos demasiadas dudas en su desarrollo, y eso que estira la cuerda al límite. La habilidad de Masterton para en apenas unas líneas meternos de lleno en la trama y mantenernos en ella sin opción a huir es sobresaliente.

El Gran «C» (Big «C») es obra de otro autor británico, Brian Lumley. Inspirado en El color que surgió del espacio (The Color Out of Space, 1927) de Lovecraft, no he podido dejar de pensar, en atractiva conexión, durante su lectura en la novela de Dino Buzzati El gran retrato (Il grande ritratto, 1959) por más que hay diferencias evidentes. Es bonito dejarse llevar por la idea de que exista cierta concomitancia imaginativa entre dos escritores tan distintos, ¿no os parece?, si bien el referente claro de Lumley es Lovecraft. El gran «C» resulta un relato brutal y absorbente, un híbrido fantástico de ciencia ficción y terror que desemboca en una pesadilla vívida propia de una alucinación lovecraftiana. Este viaje al corazón del horror, y tal es así de manera literal, nos ha encantado y atemorizado por igual: se siente su poder cósmico, se respira su maldad, se comparte su desesperanza.

Vamos ahora con un pequeño bloque de cuentos que a mi gusto suponen lo más flojo del libro junto al de Garton ya comentado. Feo (Ugly) de Gary Brandner no deja de ser simpático pero se olvida nada más terminar. La historia de Murray y su lagarto conservado en un molde de plástico, ambos idénticos en su fealdad, ambos liberándose de sus cadenas para comenzar a vivir, no nos lleva muy lejos. Más pobres aún nos han resultado El guardián del alma (Soul Keeper) de Joseph A. Citro y Los papeles de Helmut Hecker (From the Papers of Helmut Hecker) de Chet Williamson. El primero se centra en un arrebato de locura mística que te deja más helado que un balde lleno de los cubitos con los que se arropaba en su bañera el protagonista del relato de Lovecraft Aire frío (Cool Air, 1926). Una tontuna narrada sin intensidad y sin convicción. En el segundo se agradece un poco el toque de humor, con Lovecraft reencarnado en un gato, animal al que adoraba: ¡nada pues más apropiado! Pero todo resulta burdo y demasiado forzado en este relato precipitado y poco elegante.


Entre medias de estos pudimos disfrutar de La hoja y la zarpa (The Blade and the Claw) de Hugh B. Cave, un escritor británico coetáneo de Lovecraft que publicó sin descanso en las más oscuras (por ende, atractivas) publicaciones pulp de la época. Estamos aquí ante un intenso relato de vudú, maldiciones y venganzas bien justificadas. Cave acierta sobre todo en su ambientación y tratamiento veraz del vudú (veraz en el sentido en que lo sentimos así al leerlo, que es lo que importa). Mezclar en el mismo saco a los despiadados Tonton Macoutes con unos simpáticos gatitos puede resultar chocante, pero Cave no pierde el rumbo y deja fluir su experiencia en atemorizar y sorprender al personal.

Merifilia (Meryphillia) de Brian McNaughton es un cuento en el que destaca de manera brillante el hermoso contraste, muy bien narrado, entre el romántico espíritu de la joven Merifilia y su condición de espeluznante gul. Puede desgarrar carne de cadáver para alimentarse sin perder por ello un ápice de su romántica tristeza. El punto de vista adoptado por el autor, el de Merifilia, hará que nos identifiquemos con ella, más aún para quienes hemos sufrido sus mismas tristezas, melancolías y soledades resignadas. Añadido esto siempre a ese rechazo que nos hace sentir como si fuéramos monstruos a ojos de nuestro ser amado y, al final, también a los nuestros al asimilar el dolor provocado como algo natural y justificado. Divertido, macabro y algo gamberro, su combinación con un hálito romántico soñador y oscuro engrandece este relato que parece pequeño, como su protagonista, pero que oculta una sensibilidad tan profunda como la que alberga su corazón antropófago. El tono socarrón también potencia esta veta romántica pues lo acerca a nuestra sensibilidad actual partiendo de unos hechos ambientados en el pasado en una tierra de nombres fantásticos. Como si todo este fruto de la imaginación no tuviera otro camino que el de la verdad y la sinceridad de los locos, evanescentes y algo tontorrones idilios adolescentes, pero a la vez toda su inocencia y su desgarradora pasión.

El Señor de la Tierra (The Lord of the Land) de Gene Wolfe es quizá uno de los más marcadamente lovecraftianos del libro en cuanto a temática y ambientación, aunque tratándose de nuestro siempre admirado Wolfe no puede faltar su toque raruno y dislocado, ese que tanto amamos. Los Estados Unidos más rurales y recónditos representados por una extraña familia de granjeros compondrán el escenario y los actores de este drama terrorífico, pero pasando por el filtro contagioso del legendario y misterioso pasado egipcio con sus deidades malignas.

H. P. L. de Gahan Wilson nos presenta al mismo Howard Phillips Lovecraft protagonizando una historia que es un homenaje sincero y muy divertido a nuestro autor. Longevidad extrema, una biblioteca de ensueño y la visita de los primigenios se funden en un cóctel de lo más agradable de leer, y que cuenta además con el coprotagonismo de un excelso Clark Ashton Smith haciendo de valet de Lovecraft. Wilson realiza un retrato fantástico y entrañable de los dos escritores ante el cual es imposible no sentir cariño.

Con El orden de las cosas desconocidas (The Order of Things Unknown) de Ed Gorman el nivel vuelve a descender aunque sin causar daños graves. Este relato de un asesino en serie poseído por podéis adivinar fácilmente quién no es de lo mejor de la recopilación, ya está dicho, pero aun así es entretenido y casi supone un descanso dentro de un conjunto de cuentos de un nivel excelente. ¡Alguno debía fallar! En la cuenta final, cuatro de trece es un más que magnífico resultado. Este rollo de psicópatas con descripciones de asesinatos de chicas en el que nos envuelve Gorman no es que sea algo que me guste demasiado, pero el obligado toque lovecraftiano le confiere cierta gracia.

Y para terminar un relato que ya había leído en otra recopilación (Cthulhu 2000, donde también se incluía H. P. L.) y que confieso que me encanta: Los páramos (The Barrens) de F. Paul Wilson. Me gusta de manera especial su inicio, con esa forma tan medida y clásica de irnos introduciendo en lo desconocido, aquí los desolados bosques de los Pinares de los Páramos de Jersey. Su cumbre, a mi sensibilidad, se encuentra en el tramo central, en el momento aterrador en el que la pareja protagonista se enfrenta con las “luces” de los Pinares, un capítulo que Wilson ha ido anticipando y preparando de manera magistral. Unas páginas de una intensidad terrorífica tan potente que a partir de ahí, si bien mantiene el ritmo y la tensión, y sobre todo el interés, su fuerza no vuelve a ser igualada. Es un relato que resulta mucho más efectivo cuando aún no sabemos qué demonios está pasando que cuando llega la hora de que lo sepamos. El misterio y la intriga potencian el horror: nuestra imaginación se dispara y la resolución acaba defraudando un poco. Pero dejando aparte su desenlace, que tampoco está mal, su desarrollo atrapa de forma tan arrebatadora que esto termina por darnos igual. Un excelente cuento al que quizá la falta de “nombre” de su autor mantiene en la sombra, pero que sin duda podemos contarlo entre lo mejor de este El legado de Lovecraft.    

Todos los relatos incluyen un “Posfacio” donde los diferentes autores escriben sobre su herencia lovecraftiana, su experiencia como lectores de Lovecraft o un agradecimiento por su obra. De forma independiente de que su estilo pueda verse marcado por el homenajeado, el escribir cuentos de terror se lo deben casi todos a él. Solo podemos añadir que esta compilación dirigida por Robert E. Weinberg y Martin H. Greenberg nos ha encantado y os animamos a que no dejéis de buscarla entre los montones de libros de saldo o de segunda mano. Como le corresponde, no es un mal lugar para él alojarse entre las mugrientas estanterías de una librería de viejo o entre las pilas olvidadas de cualquier mercadillo. Buscarlo y encontrarlo allí donde nadie se detendría a hacerlo es un placer añadido.


WEINBERG, Robert E.; GREENBERG, Martin H (sel.). El legado de Lovecraft. Traducción de Albert Solé; introducción de Robert Bloch. Barcelona: Martínez Roca, 1991. 333 p. Gran Súper Terror. ISBN 84-270-1557-7.